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La insignia
31 de diciembre del 2004


Carta de un editor irritado
y cuarenta y un verbos de postre


Jesús Gómez Gutiérrez
La Insignia. España, diciembre del 2004.


Lo comprendo. A usted le parece que su continente, país, barrio, es el no va más, algo irrepetible e injustamente tratado por las agencias de viajes y por las guías gastronómicas, por ejemplo, aunque si lo piensa bien convendrá conmigo en que entidad tan magnífica no podría caber en elementos tan triviales. Ahora bien, dejemos esto claro: los gentilicios, en castellano, se escriben en minúsculas. Importa un bledo que pertenezca a un pueblo originario de los que estaban aquí antes que éste, ése y el de más allá, antes que el malvado hombre blanco y todas esas estupideces de películas de Tarzán, o que sea usted natural de un pedazo de tierra por donde pasó César y Julio Romero de Torres, pongo por caso. Usted será, amigo mío, francés, chino, peruano, español, mexicano, bonaerense, romano, vallecano, zulú o caucásico semítico con cien cañones por banda, como prefiera, pero en minúsculas. Y si quiere mayusculear, escriba títulos en inglés, que es de donde le viene tan singular vicio.

Tampoco estaría mal, ya que empieza un nuevo año, que refrescara un poco sus conocimientos de geografía. Por fin, después de mucho esfuerzo, ha logrado comprender que América es un continente entero y verdadero y no el nombre de un país sin nombre a quien se reconoce por una definición administrativa que tampoco es exclusivamente suya, ni por interpretación general (Estados y unidos los hay a patadas) ni echándole buena fe (me temo que hay otros «Estados Unidos»). Asumido esto, veamos: ¿está seguro de que en el norte de América sólo hay un país, el ya mencionado, el que no tiene nombre? Venga, échele imaginación, recuerde la hoja de parra. En efecto, Canadá. E incluso México, permítame añadir, que hasta hace poco estaba en Norteamérica y ahora se ha quedado en espera de colocación, porque si no es Centroamérica -que no es- y obviamente tampoco Sudamérica, me va a explicar usted dónde lo metemos. Perfecto, parece que no hay duda, México existe como existe Teruel. Entonces, ¿a cuento de qué se empeña en usar Norteamérica como sinónimo del país sin nombre? «Es que tendré que llamarlo de alguna manera», alega con típica preocupación de columnista. Pues llámelo Estados Unidos, que es lo menos grave, o por cualquiera de sus siglas. Y si le sigue pareciendo insuficiente, escriba al Congreso de EEUU y pida que adopten alguna cosa bonita y resultona para definirse, Yanquilandia, Anglostia, Waspbrón, que sé yo: es problema de ellos, señor mío, no nuestro.

Aquí, más cerca, en familia, recuerde que hasta en los errores se distingue a un simple burro de un canalla. Entre los equinos estamos todos alguna vez; pero entre los segundos, sólo un puñado. Dígame, si no me cree, a qué se debe esa interesantísima utilización de las mayúsculas en las profesiones y cargos, habitual en la América hispana y en mi opinión claro ejemplo de su estructura semifeudal y exageradamente clasista, que consiste en lo siguiente: cuando el tipejo en cuestión es un jerifalte, un mandamás, alguien en quien se advierte determinada importancia y que abreva en determinadas charcas del poder, usted le coloca una mayúscula y se queda tan fresco, estimado Presidente, glorioso Ministro, bendito y nunca suficientemente bienamado Coronel; cuando es un mindundi, un trabajador o un integrante de alguna profesión que no estuviera bien vista entre sus bisabuelos criollos del siglo XIX, le aplica la minúscula y santaspascuas. ¿Puede explicar el motivo? Lingüístico, no es; en español, los nombres de profesiones y cargos se escriben, al igual que los gentilicios, en minúscula: por muchas medallas que le ponga a un presidente, la «p» se le queda donde está, ahí abajo, con el resto de los trabajos, en soviet permanente. Pero usted, producto consciente o inconsciente de su muy discutible ideología, prefiere destrozar una norma tan lógica como justa y se convierte en tonto por partida doble: primero, por creer que el tamaño de una letra es equivalente al tamaño del respeto; segundo, por creer que sólo se debe respeto al poderoso.

Otro día, tras el beneficio de la duda que ofrece cualquier cambio de año, seguiremos con la lista. Lo de hoy es solo un piscolabis, aunque también un aviso: si no está dispuesto a cambiar de actitud por simple amor al idioma -o siquiera leve simpatía-, recuerde que no conviene buscarle las cosquillas a los editores. Son tipos extraños, proclives al puñetazo en la mesa, y andan tan liados entre unas cosas y otras que corre el riesgo de que, a falta de tiempo y a veces de paciencia, no pueda aplicarle el libro de estilo (contra facta non valent argumenta) y su texto, el de usted a quien tanto valoramos, acabe en la papelera.

Entre tanto, termino con una útil cita del escritor colombiano Jorge Zalamea (1905-1969). Es un fragmento de El gran Burundún Burundá ha muerto que ayer volvió a mí, muchos años después de haberlo prestado y perdido, gracias a un mensaje de correo de una de esas personas cuya opinión tengo siempre en cuenta y de quien siempre aprendo. Dice así, con sus cuarenta y un verbos seguidos:

«Y cuando su trompetería haya creado el universal y expectante silencio, que se congreguen en torno al féretro los millones de sus vasallos y, sopesando bajo las vestiduras sus calabacines de castrados, en bestial coro aúllen, rujan, chiflen, jadeen, ladren, graznen, ronquen, balen, cacareen, relinchen, tosan, berreen, roznen, bufen, croen, zumben, eructen, rebuznen, mujan, verraqueen, chillen, himplen, piten, gruñan, venteen, trinen, mayen, cloqueen, píen, gargaricen, crotoren, gañan, silben, voznen, gangueen, resuellen, pujen, gorjeen, parpen, bramen, y ululen... en póstumo homenaje y detallada necrología del gran charlatán que comenzaba a hacer la felicidad de los pueblos con la abolición de la palabra articulada.»

A usted, y a todos, feliz año.


Madrid, 31 de diciembre.



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