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| 24 de agosto del 2004 |
La Insignia. España, 24 de agosto.
Al finalizar el descanso estival, la diplomacia israelí se ha fijado una nueva y ambiciosa meta: derribar el muro. Pero desengáñese, estimado lector; no se trata de la conflictiva "valla" de Cisjordania, sino de otro infranqueable obstáculo: el muro de suspicacia que separa al Estado judío del establishment comunitario y de la opinión pública europea. Un ejercicio que se ha convertido en opción prioritaria de los politólogos de Tel Aviv, conscientes de los peligros que implica el cada vez mayor aislamiento de Israel en el Viejo Continente.
Pero, ¿cómo se ha llegado a este distanciamiento? ¿A qué obedece el aparente rechazo de los europeos, poco propensos a aceptar y/o hacer suyos los argumentos esgrimidos por las autoridades hebreas? Tras la llegada de George W, Bush a la Casa Blanca y, concretamente, después de los atentados del 11-S, Israel no ha tenido dificultad alguna en persuadir a los estadounidenses de que la lucha contra los "terroristas suicidas" palestinos forma parte de la cruzada global lanzada por el gobierno republicano. O que el Estado hebreo, rodeado por potencias enemigas, es la punta de lanza de Occidente en el llamado "choque de civilizaciones". Sin embargo, los europeos parecen más escépticos, más reacios, más difíciles de convencer. La UE no sólo condena la edificación (en tierra palestina) del muro de Cisjordania, sino que tilda de belicista al primer ministro Ariel Sharon, acusándole de violar sistemáticamente los derechos fundamentales de la población árabe palestina o dudando de su buena fe a la hora de divulgar el plan de retirada unilateral de la Franja de Gaza. Ésta es, al menos, la impresión de algunos analistas políticos hebreos, reflejada estos días en las páginas del prestigioso rotativo "Haaretz". En efecto, para muchos pobladores del Viejo Continente, el actual Gabinete israelí se distingue ante todo por su brutalidad, por el deseo de proseguir la ocupación de los territorios palestinos, por la voluntad de llevar a cabo una soterrada política de colonización, por… la construcción del "muro". Huelga decir que el gabinete Sharon confiaba en un espectacular cambio de actitud de la Europa de "los 25", depositando sus esperanzas en los nuevos socios de la Unión -Polonia, Hungría, la República Checa- más proestadounidenses y, aparentemente, más antipalestinos que los integrantes del "núcleo duro" de la Unión: Francia, España, Grecia, etc. Sin embargo, en la reciente votación sobre la ilegalidad de la "valla", que tuvo por escenario la Asamblea General de las Naciones Unidas, la UE se limitó a condenar unánimemente la política israelí. Los países del este se sumaron -disciplina obliga- al consenso comunitario. No quedaba más remedio que escudarse en las viejas y socorridas quejas: Europa es antisemita y antiamericana, defiende ciegamente a Yaser Arafat, hace caso omiso del odio visceral de los árabes, cree erróneamente que los valores universales pueden imponerse al terrorismo. Es cierto que la opinión pública europea es menos ingenua que la estadounidense, que la clase política del Viejo Continente sabe distinguir entre el terrorismo cobarde practicado por los "hombres bomba" y las exigencias legítimas del pueblo palestino, entre la violencia feroz y la necesidad de buscar una solución duradera, capaz de acabar con el conflicto de Oriente Medio, una salida basada en la seguridad de Israel y en el derecho de los palestinos a la autodeterminación. También es cierto que, para muchos europeos, las maniobras políticas de Sharon, abandonado por las bases de su propio partido al anunciar la retirada de Gaza, resultan más que desconcertantes. Hay quién se pregunta si el tan cacareado proyecto no pretende ocultar otros designios, como la posible y cada vez más probable anexión (eso sí, por razones de "seguridad") de un 25-30 por ciento de Cisjordania. ¿Desconfiar de Arik? ¿Por qué no? A la hora de la verdad, las autoridades de Tel Aviv no dudan en descartar la participación europea en el desprestigiado "proceso de paz", recordándole a Javier Solana, máximo representante de la política exterior de la UE, que no ven con buenos ojos su presencia en la zona. No, no se trata de una mera percepción distorsionada de la estrategia empleada por Sharon; los propios comentaristas israelíes se hacen eco de ello, lamentando la rigidez del gabinete para con los europeos. Apostar sóla y únicamente por Washington significa, en definitiva, decantarse por el "más fuerte". Pero sabido es que en la diplomacia el más fuerte no es, forzosamente, en ganador. Europa tiene intereses específicos (aunque no divergentes de los estadounidenses) en la cuenca sur del Mediterráneo. El rechazo sistemático de la presencia europea podría tornarse en un obstáculo para la política israelí. Y no sólo para la política. La UE es el primer socio comercial de Israel. Las relaciones entre Bruselas y Tel Aviv no se limitan a un simple acuerdo de libre cambio. Se han negociado varios protocolos de cooperación en materia de inversiones, intercambio de tecnología puntera, sanidad, etc. Pero hay más: Israel aspira a formar parte de la "Europa ampliada", es decir, del grupo de países ribereños dispuestos a adecuar su normativa jurídica, adaptándola a la legislación comunitaria. La iniciativa, ideada hace un par de años por el canciller germano Gerhard Schröder, cuenta ya con el visto bueno de varios países extracomunitarios: Marruecos, Jordania, Moldova…¡Rusia! Los analistas israelíes denuncian (y lamentan) la aparente incoherencia de la política de Tel Aviv para con las capitales del Viejo Continente. Estiman que sería conveniente fijarse objetivos a medio y largo plazo, definir el tipo de relación entre Israel y la UE. Algunos van incluso más lejos, aludiendo a la posibilidad de solicitar el ingreso en la Unión. O tal vez, en el caso de no poder demostrar la "europeidad" del Estado judío, a negociar la unión económica y aduanera con Bruselas. Para lograr esta meta, es preciso dar el primer paso que consiste en derribar el muro. El muro político, claro esta. Sólo en este contexto, la retirada de Gaza o la modificación del trazado de la "valla de seguridad" podrían interpretarse como gestos de buena voluntad. (*) Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París). |
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