Colabora Portada Directorio Buscador Redacción Correo
La insignia
22 de agosto del 2004


Brigadista en Palestina (XIV)

El control de Calandia


__Especial__
Palestina
Alberto Arce
La Insignia. Palestina, 21 de agosto.


Quedaba pendiente la historia de lo sucedido en Calandia. Estaba previsto que, tras una marcha que se ha caracterizado por su tranquilidad y ausencia de confrontación directa con el ejército ocupante, Calandia se convirtiese en el "momentum" de nuestra presencia en Palestina. Y así ha sido. Calandia ha supuesto una rotunda victoria sobre los israelíes y la posibilidad de que, al menos durante unas horas, los palestinos retomasen localmente su capacidad de resistencia.

Durante dos días, el grupo de activistas preparó todo tipo de posibilidades de confrontación para atravesar el control de carretera más grande de los territorios ocupados. Contábamos con ochenta brigadistas y un número indeterminado de palestinos que se nos unirían a medida que nos acercáramos. El trayecto entre Ramala y Calandia no es largo, apenas tres kilómetros, pero atraviesa un campo de refugiados en el que viven muchas personas que no tienen demasiado que perder y están dispuestas a retar al enemigo a la primera oportunidad. Además, el mismo día que se desarrollaba la acción, estaba prevista una huelga general en Palestina en solidaridad con los presos políticos que permanecen en los campos de detención israelíes.

Nuestras previsiones eran las siguientes: que el ejército tratase de detenernos a bastante distancia del control, que nos esperase directamente en Calandia o que nos dejase pasar para evitarse problemas. Para la primera posibilidad teníamos preparada una estrategia de bloqueo, mediante líneas paralelas de brigadistas que se sentarían en el suelo inmediatamente, dificultando así la detención. Para la segunda, contábamos con un grupo de personas decididas a avanzar hasta llegar al cuerpo a cuerpo. Y para la tercera e hipotética posibilidad de que nos dejasen pasar, habíamos decidido llevar pintura para llenar el control, los jeeps militares y a los propios soldados de pintadas pacifistas. Pretendíamos provocar al ejército para que nos detuviera y nos deportara a todos, como estrategia para atraer la atención mediática hacia la humillación que sufren diariamente los palestinos en este tipo de controles.

Como habíamos previsto, la participación palestina fue multitudinaria. Una jornada de huelga es la mejor circunstancia para cualquier tipo de movilización; pero lo que supone un éxito por una parte, eleva la situación de riesgo por otra. Aunque nosotros siempre hemos intentado evitar que los niños lancen piedras a los soldados durante nuestras manifestaciones, sabíamos que sería un objetivo difícil de conseguir con semejante multitud. Y desde el momento en que tuvimos Calandia a la vista, la lluvia de piedras elevó la tensión hasta límites bastante peligrosos.

La primera línea de brigadistas logró avanzar a través de los controles. Empujones, gritos, culatazos, bombas de sonido, gas lacrimógeno, lo habitual en estas situaciones. Los problemas comenzaron cuando nos dimos cuenta de que, pese a que nosotros ya habíamos pasado, unos 300 niños se enfrentaban al ejército a nuestras espaldas. Los soldados estaban utilizando balas de goma y fuego real contra ellos, así que tuvimos que dar la vuelta, no sin antes decorar profusamente todo el equipamiento militar a nuestro alcance con símbolos pacifistas.

Es sorprendente la frialdad con la que se puede pintar un Hammer israelí mientras un soldado te grita y te apunta con su M-16. Se sienten impotentes y desconcertados ante nuestras acciones. Tienen prohibido disparar a los brigadistas y sabemos que no lo harán, así que se trata simplemente de mirar al soldado a los ojos y decirle: ¿no preferirías tener una vida en paz, con tu novia o novio en la playa, a tener que servir en los territorios ocupados? La batalla psicológica es necesaria. La mayoría de los soldados tiene entre 18 y 23 años y nos ve como sus iguales. Cuando no estamos desarrollando alguna acción, hablan con nosotros, tratan de practicar su inglés y se interesan por nuestros países; incluso es posible que alguno de ellos llore cuando tiene que enfrentarse a los activistas internacionales. Es fácil diferenciar entre los sádicos y los pobres infelices que sólo quieren volver a casa. Muchos de ellos deben comprender que si estamos dispuestos a interponernos entre los palestinos y sus ametralladoras, es que existen poderosas razones que quizás desconozcan.

Situaciones como la vivida en Calandia comportan mucha tensión y un riesgo ciertamente elevado. Pese a estar teóricamente protegidos por nuestros pasaportes, alguno de nosotros ha sentido las balas tan cerca que incluso ha cerrado los puños y se ha tirado al suelo pensando que le habían alcanzado. Y el riesgo no procede únicamente de los soldados: si lo que pretendemos es proteger a los niños del fuego real del ejército, no nos queda más remedio que situarnos de cara a los soldados, a una distancia lo mas corta posible y de espaldas a los chavales; en consecuencia, los brigadistas también quedamos expuestos a recibir pedradas, en general bien escogidas y bien lanzadas.

Mi participación concluyó cuando una piedra me alcanzó en la pierna y me dejó fuera de juego. Inmediatamente, los propios palestinos que la habían tirado corrieron hacia mí para pedirme disculpas, darme un masaje y sacarme de en medio. Después de un buen rato de descanso, y cuando comenzaba a recuperarme de la pedrada, me di cuenta de que el culatazo a la altura de los riñones que me había dado un soldado al atravesar la barrera, también me había hecho bastante daño. Tres días después aún camino con dificultad, y teniendo en cuenta la comprometida situación que se sufre en Nablús, me veré obligado a empaquetar mis cosas y retirarme a Jerusalén. Eso significa volver a caminar por las montañas, cambiar cinco veces de vehículo y contar unas cuantas mentiras a unos cuantos soldados que saben de sobra que miento cuando afirmo ser profesor de español y estar aquí con una organización pacifista que trabaja en los campos de refugiados gestionados por Naciones Unidas.

Estos últimos días han transcurrido con demasiada rapidez. Tras atravesar el control de Calandia, tuvimos que retroceder para evitar que los soldados disparasen contra los niños. Nunca había oído tan de cerca el sonido de una ametralladora. Nunca había contemplado a tan corta distancia la saña con la que un israelí de 18 años puede disparar contra una multitud de chicos que en ningún caso alcanza su edad. Nunca había sido testigo de una lucha tan desigual entre un David que agoniza y un Goliat cada vez mas crecido e inhumano. A pesar de la sorpresa que pueda sentir por la eficacia de los niños frente a los jeeps, las últimas batallas de esta intifada me parecen perdidas de antemano. La única manera de detener esta carnicería es forzar a nuestros gobiernos a oír los gritos de los palestinos. El compromiso y la solidaridad internacional es lo único que puede detener esta injusticia.

Hemos recorrido el territorio, hemos roto puertas en el muro, hemos forzado la apertura del control más grande del país, hemos parado excavadoras. La marcha por la libertad ha concluido. La presencia de activistas internacionales en Palestina, durante este verano, será un hecho lejano dentro de un par de semanas, una anécdota en una conversación que algunos se colgarán como medalla en sus chaquetas de activistas. Los bares de nuestras respectivas ciudades oirán nuestras historias, regadas en mi caso con un buen Fernet y una buena cerveza en Barcelona. Y mientras tanto, alguno de los niños que ahora puedo ver a través de la ventana y que esperan para preguntar mi nombre o pedirme que les saque una fotografía, será asesinado en una nueva operación militar israelí.

Todavía no hemos descansado, ni tenemos ocasión de organizarnos de nuevo, cuando nos avisan de que el ejército ha irrumpido otra vez en el campo de refugiados de Balata. El odio y la impotencia nos nublan cada vez más. De nuevo, toca echarse las mochilas a la espalda. No hay tiempo para pensar.



Portada | Iberoamérica | Internacional | Derechos Humanos | Cultura | Ecología | Economía | Sociedad Ciencia y tecnología | Diálogos | Especiales | Álbum | Cartas | Directorio | Redacción | Proyecto