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La insignia
17 de agosto del 2004


Brigadista en Palestina (XII)

Camino de Calandia


__Especial__
Palestina
Alberto Arce
La Insignia. Palestina, 17 de agosto.


La marcha por la libertad, que desde finales de julio ha recorrido casi completamente los 180 km. ya construidos del muro con el que Israel aprisiona a los palestinos de los territorios ocupados, se acerca a su fin. Desde su comienzo en Jenín y a lo largo de nuestro paso por Tulkarem, Calquilia, Yayus, Kafer Yamal, Budrus y Bidu, han sido cientos las historias que hemos escuchado, miles las fotografías que hemos sacado e infinitas las sensaciones de rabia e impotencia que nos embargan cuando se aproxima la hora de llegar a Jerusalén y concluir esta campaña.

Es mas, la mayoría hemos estado a punto de abandonar la marcha en varias ocasiones. Para muchos de nosotros, la sensación agria que provoca la impotencia nublaba demasiadas veces el sentido político de largo plazo con el que había sido planeada la marcha. El ISM es una organización de acción directa que lucha contra la ocupación Israeli de Gaza y Cisjordania. Es conocido internacionalmente por ser responsable de acciones contundentes y eficaces contra algunos de los ejemplos más evidentemente violentos del comportamiento israelí. Son de sobra conocidas las fotografías en las que los brigadistas paran excavadoras frente a casas a punto de ser demolidas o acompañan ambulancias que, de otro modo, serían retenidas. Es sabido tambien que, en determinadas ocasiones, se han destrozado controles de carretera y se ha llegado a cortar la propia valla del muro en acciones colectivas que son siempre arriesgadas.

En cambio, la marcha por la libertad en la que estamos participando a lo largo de este mes se esta caracterizando por la ausencia de acción directa contra la ocupación y por el intento de potenciar o reforzar un nuevo modo de resistencia contra Israel: una resistencia pacífica que pueda recomponer la unidad de las diversas fuerzas políticas actualmente enfrentadas. El ISM es una organización con un mensaje político novedoso en el panorama político palestino. Pero para muchos de los habitantes de los territorios no es más que una lejana referencia en la prensa a unos cuantos locos extranjeros que vienen a jugarse el pellejo por una temporada en su país. Hasta ahora el ISM era una organización que funcionaba en grupos de afinidad de entre 5 y 12 brigadistas que, basados permanentemente en una comunidad, resistían junto a ella con una estructura temporal y geográfica muy limitada. A partir de la marcha por la libertad de este verano es una organización que ha demostrado a las comunidades por las que ha pasado que pueden contar con ella, que dispone de activistas suficientes para dispersarse aún más por el país y que está al servicio de las comunidades locales y no de los deseos de aventura de los activistas internacionales, siempre sospechosos de estar más pendientes de la búsqueda de historias que rellenen sus vacíos vitales que de apoyar coherentemente a la resistencia palestina.

Esta reflexión, fruto de la infinidad de conversaciones mantenidas con varios de los brigadistas que veían cómo se caminaba y caminaba a lo largo del muro sin que se planease ninguna espectacular acción directa, permite tener esperanzas en el futuro. Todos nosotros estábamos entrenados y mentalizados para desarrollarlas y, obviamente, a lo largo del recorrido, las oportunidades han sido abundantes. Cada puerta en el muro, cada control militar, cada bloqueo de carreteras y cada jeep israelí podían haber resultado objeto de sabotajes y no ha sido así. Las ocasiones en las que nos hemos enfrentado con el ejército han sido siempre provocadas por éste, en sus reiterados intentos por detener a algunos activistas y asustar al resto, pero sus esfuerzos han resultado absolutamente inútiles.

El porqué de nuestra inacción es evidente. La segunda intifada ha finalizado. La resistencia, entendida como la acción directa contra el ocupante, ya no ocupa un lugar prioritario en la agenda política de los palestinos. Dejemos de lado a las organizaciones armadas, minoritarias e incapaces de lograr ningún tipo de avance en la situación (aunque respetadas de manera abrumadora por la población). El muro ya ha sido construido. El daño está hecho. La tierra ha sido destruida, los olivos han sido arrancados, la población ha sido encerrada, el territorio ha sido cuarteado. Y más de 3000 palestinos han muerto y siguen muriendo cada día en los últimos y desesperados intentos por demostrar que la lucha continúa. La Autoridad Nacional Palestina (ANP) es un ente administrativo fantasma que en cualquier momento puede desmoronarse incluso más allá de la inactividad e incompetencia actuales. Y frente a este panorama, los brigadistas no podemos viajar a Cisjordania a imponerles a los palestinos nuestros métodos de lucha.

Uno de nuestros principios como brigadistas ha sido siempre el de respetar la decisión de las comunidades que nos alojaban antes de desarrollar cualquier acción. Nunca, y bajo ningún concepto, hemos hecho nada sin el consentimiento de nuestros anfitriones. Y nuestros anfitriones están cansados, derrotados y temerosos. El chantaje y la extorsión diaria que supone la arbitraria apertura o cierre de las puertas del muro y los controles de carretera de los que depende cada población, los mártires que presiden el salón de cada familia y la sensación de abandono y soledad que la comunidad internacional transmite con su inacción tienen efectos muy evidentes.

En estos momentos, la principal regla de comportamiento que sigue gran parte de los palestinos es la de no molestar al ejército ocupante. El temor a las represalias es tan grande que hemos presenciado cómo personas que llevan 20 años luchando nos impedían grafitear un jeep israelí con símbolos pacifistas con la argumentación de que no encontraban ningún sentido político al acto. Hemos visto cómo, en el caso de la detención en nuestras propias narices de un niño que presuntamente tiraba piedras contra los soldados, nos pedían que no elevasemos la tensión (aunque finalmente aceptaron emprender la acción para recuperar al chico). En la mayoría de las poblaciones que hemos visitado, el muro ya está contruido y la única expectativa para los jóvenes es emigrar, escapar de los guetos en los que Israel los mata lentamente. Dicen que volverán, que nunca olvidarán, pero ya han tirado la toalla: el ejemplo de quienes abandonaron en el 48 o en el 67 y continúan como refugiados en Jordania o el Líbano no sirve para atarles a sus cárceles. Poblaciones combativas como Budrus o Bidu, que lograron, luchando, empujar el trazado del muro hasta la línea verde, reconocen ya como única vía de reclamación posible la de los tribunales israelíes, los mismos que no les permiten acceder a su jurisdicción más que a traves de abogados israelíes.

Como brigadistas hemos aprendido mucho en Palestina. Hemos sido testigos de cómo se oprime a un pueblo. Sabemos cómo la propaganda israelí convierte injustamente a las victimas en terroristas. Hemos comprendido también por qué tantos de nuestros compatriotas han decidido "comprar" la versión de los dos demonios para acercarse a este conflicto y minimizar así su esfuerzo por comprender las raíces del enfrentamiento. La equidistancia y la falta de compromiso de la comunidad internacional han llevado a los palestinos a la derrota. Nosotros estamos aquí para ayudar a contrarrestar esa tendencia. Muchas veces nos sentimos derrotados.

Como colofón de la marcha, el día 18 de agosto llegaremos a Ramala. Allí, el presidente palestino, Yaser Arafat, nos recibirá entre los restos de la Mukata. Hace dos días que los 7500 presos palestinos que cumplen condena en las cárceles israelíes han comenzado una huelga de hambre indefinida. Ramala es el centro de las manifestaciones de apoyo, a las que nos sumaremos. Ese mismo día partiremos, a pie, en dirección al control de Calandia, el más importante de los territorios ocupados. En nuestro camino recogeremos los apoyos y, probablemente, la participación de los habitantes del campo de refugiados que se encuentra a las afueras de la ciudad. Atravesar Calandia en manifestación es imposible. No obstante, la mayoría de nosotros se niega a dar marcha atrás y obedecer una vez más al ejército. El debate está abierto. Y en esta ocasión no hay comunidad local que nos frene. Calandia esta en tierra de nadie. Tras Calandia se encuentran Aram, otro control de carreteras, y Jerusalén, destino final de la marcha, en el que sí que llevaremos adelante alguna acción sorpresa. Puede que seamos detenidos en alguno de estos tres lugares, pero a ninguno nos importa. Y esperamos que nadie, salvo los soldados, se interponga en nuestro camino. La suerte responde por cada uno de nosotros.



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