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La insignia
16 de agosto del 2004


El vertiginoso ascenso de Moktada Al Sader


Adrián Mac Liman
La Insignia. España, agosto del 2004.


Hace más de cinco lustros, un prestigioso intelectual iraní que, al igual que muchos de sus compatriotas, peregrinó a Neûfle le Chateau para rendir pleitesía al aún exiliado ayatolá Jomeini, confesaba a sus amigos europeos: "Ese santón es un viejo retrógrado y autoritario. Ojalá no gobierne nunca". Unos meses más tarde, el ayatolá se hacia con las riendas del poder en Teherán. Gobernó durante una década, poniendo en marcha su ambicioso proyecto: la revolución islámica, un movimiento de masas radical y violento que hizo temblar los cimientos del mundo árabe, provocando también algunas grietas en la diáspora musulmana de Occidente. Contaba el santón con un pudiente padrino: el entonces presidente francés, Valery Giscard d'Estaing, artífice la de Constitución europea.

Dicen que la historia no se repite. Sin embargo, quienes analizan el ideario y el discurso del líder radical chiíta Moktada Al Sader encuentran paralelismos entre las manifestaciones del joven iraquí y las intervenciones públicas de Jomeini. No hay que extrañarse sobremanera: la trayectoria política de Al Sader parece estar estrechamente vinculada a los designios del actual gobierno teocrático de Teherán. Y ello, pese a la tradicional enemistad que rige las relaciones políticas entre Irak e Irán. Desde el punto de vista religioso, ambos países pertenecen a la misma rama del Islam -el chiísmo- corriente abiertamente "hostil" a Occidente desde el inicio de la revolución jomeinista, que llegó a tornarse en la apuesta islámica de los asesores políticos de la Casa Blanca después de los trágicos atentados del 11-S, perpetrados por radicales sunitas.

Es preciso señalar que ni Al Yazira ni Al Arabiya estuvieron presentes en el alumbramiento mediático de Moktada Al Sader. Las primeras imágenes del joven clérigo iraquí llegaron a las pantallas del telespectador occidental hace unos meses, a través de la cadena libanesa Al Manar, controlada por el movimiento Hezbolá, agrupación islámica que recibe apoyo estratégico, diplomático y financiero de las autoridades iraníes.

Pero Moktada Al Sader no es un simple peón en el tablero iraquí. Descendiente de una prestigiosa dinastía de ayatolás, eruditos y "mártires del Islam", el joven clérigo emplea en sus discursos y llamamientos a la guerra santa contra el "infiel", un lenguaje sencillo, fácil de comprender en las barriadas pobres de Bagdad, en las ciudades santas del chiísmo -Nayaf, Kerbala- en el ámbito rural, que aún se rige por los viejos cánones del tribalismo.

Moktada Al Sader no pertenece a las altas esferas del estamento religioso; es, a todos los efectos, un mero mujtahid (estudiante graduado), que no tiene reparo en capitalizar el prestigio de su padre, Mohamed Sadik Al Sader, alto clérigo chiíta y fundador de una amplia y eficaz red de instituciones caritativas, asesinado en 1999 por los agentes del gobierno de Sadam Husein. Tampoco es Moktada un erudito de las escrituras coránicas, pero sus alusiones al herido orgullo nacional de los iraquíes encuentran el debido eco en las masas desconcertadas por la caótica situación interna del país. Aún así, hay quien no duda en comparar su trayectoria con la del ayatolá Jomeini. Pero Moktada contesta seriamente a quienes le atribuyen el deseo de crear un Estado islámico en la zona centro y sur de Irak que la situación actual del país, tanto a nivel político como social "nos obliga a descartar la posibilidad de emular la experiencia iraní". ¿Simple intento de tranquilizar a sus "queridos enemigos" del Consejo de Gobierno Provisional? ¿Maniobra destinada a despistar a las Cancillerías y los servicios de inteligencia occidentales que, en este caso concreto, están a punto de repetir el mismo error cometido en Irán a finales de la década de los 70, cuando apostaron por el moderado ayatolá Mohamed Kazem Sariat Madari como posible sustituto de Jomeini? Sabido es que Sariat Madari, único clérigo que trató de mantener hasta el último momento el diálogo con la monarquía persa, no dudó en convertirse en uno de los más cercanos y fieles colaboradores de Jomeini. En el caso de Irak, el papel de Sariat Madari está desempeñado por el gran ayatolá Alí Al Sistani, prestigioso aunque poco carismático líder de la comunidad chiíta, quien prefirió componer tanto con la nueva clase política de Bagdad como con las distintas corrientes religiosas que surgieron tras la caída del régimen de Sadam. Uno de sus favoritos era, sin duda, el joven y apuesto clérigo Abdel Mayid Al Joei, hijo del gran ayatolá Abú Al Kassem al Joei, mentor del propio al Sistani. Se cree que durante su exilio en el Reino Unido, Abdel Mayid Al Joei obtuvo el apoyo diplomático y financiero de la coalición, interesada en crear una corriente chiíta "moderada", es decir, pro occidental. Pero Abdel Mayid fue asesinado en Nayaf, pocos días después de su regreso de Londres, por los seguidores de Moktada Al Sader.

Alí Al Sistani mantuvo una postura muy ambigua: por un lado, permaneció silencioso ante la trágica desaparición de al Joei, por otro, se negó a recibir a Moktada en su residencia de la ciudad santa de Nayaf. Y ello, pese a las múltiples gestiones llevadas a cabo por los seguidores del carismático clérigo. Más aún: al Sistani abandonó la ciudad santa (para someterse a una operación quirúrgica en el Reino Unido) pocas semanas antes del inicio de la ofensiva contra el "ejército de al Mahdi", cuidadosamente planeada por las tropas estadounidenses.

Huelga decir que en las últimas semanas y, sobre todo, tras la radicalización del enfrentamiento entre las milicias de Al Sader y las tropas de ocupación, el gran ayatolá trató de iniciar un acercamiento hacia la postura de Al Sader, comprendiendo que los enardecidos discursos del clérigo habían surtido efecto: Moktada se ha convertido en un auténtico líder, capaz de movilizar a las masas.

La mayoría de los islamólogos que estudian el vertiginoso ascenso del joven clérigo coincide en que el "fenómeno Moktada" no constituye un peligro para la jerarquía religiosa chiíta de Irak. Sin embargo, su afán de protagonismo puede convertirle en la "antorcha" de la lucha contra la ocupación extranjera, en un nuevo líder islámico cuyo prestigio superaría los confines del país babilónico.

Moktada, vivo o muerto. Lo cierto es que vivo, puede causar muchísimos quebraderos de cabeza a quienes pretenden acabar cuánto antes con el caos que se ha apoderado de Irak tras el derrocamiento de Sadam Husein. Muerto, se convertiría en un problema, (otro más) para los objetivos de la política estadounidense en el mundo árabe-musulmán.

Moktada, vivo o muerto. La historia se repite. Pero de allí a decir que el Islam chiíta está a punto de tener a su propio Bin Laden hay un abismo. O tal vez… ¿no?


(*) Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París).



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