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| 14 de agosto del 2004 |
Un ejemplo de resistencia pacífica
La Insignia. Palestina, 14 de agosto.
El ejército de Israel no esta capacitado para conseguir la paz; ni siquiera puede garantizar una aceptable convivencia diaria con los palestinos, a los que mantiene encerrados en el gueto. Nuestra llegada a Butrus, un pueblo combativo que ha conseguido que el muro retroceda hasta la línea verde, no fue bien aceptada por el ejército; una vez mas, nos demostró que prefiere crear problemas antes que solucionarlos. Normalmente nos reciben en el patio de la escuela local. Allí, los líderes de la comunidad nos saludan y nos relatan la situación de sus habitantes. Ayer, mientras escuchábamos sus discursos, algunos sebab se dirigieron a los brigadistas que estabamos más cerca de la puerta y nos pidieron insistentemente que nos fuéramos con ellos. Estamos acostumbrados a que en estas situaciones no quieran más que posar ante nuestras cámaras y tendemos a escapar de las multitudes de niños que nos persiguen a todas partes. Pero uno de ellos pronunció una palabra que todos conocemos, "yehud" (israelí), mientras con sus manos representaba una metralleta. De inmediato, cinco de nosotros salimos corriendo en la dirección que señalaban los muchachos y nos vimos rodeados de soldados. Al menos diez de ellos habían tomado posiciones a unos cinco metros de la puerta de la escuela, y detenido a un niño en nuestras propias narices. En estas situaciones hay que ser precavido, porque los soldados se protegen fuertemente cuando practican detenciones; saben que pueden recibir una lluvia de piedras en cualquier momento. De todos modos, si se siguen algunas reglas básicas para quitar hierro, como caminar despacio gritando que somos brigadistas, con los brazos en cruz y el pasaporte visible, normalmente es posible acercarse a ellos. Al conocer lo sucedido, nos organizamos para la acción y decidimos que dos de los israelíes que nos acompañan hicieran las veces de interlocutores con el oficial de la patrulla. Mientras tanto, una chica debía acercarse al niño para explicarle que estábamos allí y que no pensábamos permitir que lo maltrataran, y otras dos personas debían dar vueltas en torno al jeep y mantener el contacto con el resto del grupo y los habitantes del pueblo. Para quien no se haya visto rodeado de soldados que apuntan con sus M-16, una situación como esta puede parecer extremadamente peligrosa. Lo es, pero si se sabe actuar y abrir una negociación, es fácil percibir que ellos están tan asustados como nosotros. El primer paso consiste siempre en identificarse y explicar que sólo buscamos informarnos sobre lo sucedido. En este caso, y una vez ganada la confianza de los militares, había que acercarse al niño y estar junto a él para evitar una posible agresión. Las palizas a los niños acusados de tirar piedras son habituales. Si finalmente son detenidos puede esperarles un año de detención administrativa, sin derecho a asitencia legal ni a juicio. Por tanto, es muy importante conseguir algún tipo de compromiso que devuelva al niño al pueblo antes de que se lo lleven. La imagen del pequeño Tarek maniatado y con los ojos vendados en la parte de atras del jeep es algo que difícilmente puede olvidarse. El niño tiembla y pregunta contínuamente qué está pasando. Suda y pide agua: los soldados se la niegan. Los activistas israelíes utilizan sus teléfonos móviles para llamar a organizaciones de derechos humanos que puedan realizar un seguimiento de la situación. Los soldados acusan al niño de tirar piedras. Nosotros intentamos explicarles que el niño estaba participando en una protesta no violenta y que garantizamos que la acusación es falsa y que hemos estado con él en todo momento. Pero se trata de la palabra de los soldados contra la nuestra y no hay nada que hacer; se niegan a identificarlo y nos avisan de que están esperando órdenes del puesto central para llevárselo a un centro de detención. Logramos conseguir la afiliación del chico, que nos da su nombre, su edad (14 años) y repite de forma insistente que no ha tirado ninguna piedra y que está muy asustado.
Sin embargo, los soldados nos ofrecen un primer trato: mantendrán al niño detenido para asegurarse de que no serán atacados por los "sebab" durante nuestra estancia en el pueblo. Es inaceptable. Entonces toman un rehén más y decidimos dar un paso adelante y aumentar la presión. Pedimos que se forme una línea de 15 brigadistas en torno al jeep y una segunda línea de jóvenes locales a varios metros de distancia. Ahora, alrededor de trescientas personas rodean a los quince soldados que retienen al chico. Nuestra contraoferta es la siguiente: nos llevamos al niño con nosotros y damos orden de disolver el grupo. Si intentan llevárselo, tendrán que detener a los brigadistas. Además, les avisamos de que sólo podremos contener a los amigos del niño unos diez minutos y subrayamos que, a partir de determinado momento, ningún brigadista podrá garantizar que el jeep no sea atacado. La amenaza parece surtir un efecto mucho más inmediato que la negociación. Los soldados son conscientes de que han cometido un error al pretender llevarse a un niño en nuestras propias narices. Finalmente deciden soltarlo cuando se percatan de que los brigadistas no vamos a permitir que el jeep se vaya y de que el pueblo entero está esperando a nosotros nos retiremos para atacar. Una hora de escalada y tensión controladas. Un ejemplo de resistencia pacífica de todo un pueblo que frente a una patrulla de soldados provistos de metralletas, gases lacrimógenos y bombas de sonido, sólo puede utilizar piedras y su presencia física. Otra victoria del pueblo de Budrus ante la ocupación israelí. |
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