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| 4 de agosto del 2004 |
El comienzo de la marcha
La Insignia. Palestina, 3 de agosto.
Ha sido imposible llegar hasta Jenín. El riesgo de que el ejercito israelí nos detuviese a todos, incluso antes de comenzar la marcha, era demasiado grande. Tres furgonetas con 25 ciudadanos extanjeros que atraviesan los territorios ocupados son un blanco demasiado fácil para quien lo sabe casi todo sobre nosotros: horarios, nombres, nacionalidad, destinos, etc.. Así que mejor no arriesgarse Después de más de tres horas atravesando caminos de cabras para evitar los puntos de control israelies, al fin conseguimos -siempre con la ayuda de los niños de los pueblos, que nos explican cómo burlar al ejercito- encontrar al resto del grupo. Nos sumamos a ellos mientras comían en la escuela de Nassit Essa, localidad situada a unos 30 kilometros de Jenín. Somos, en total, alrededor de 70 personas las que finalmente recorreremos la parte principal del trazado del muro con el que Israel esta troceando el territorio palestino.
Después de pasar 48 horas en los territorios ocupados, ante un conflicto que no sólo mata sino que tortura día a día, lenta y constantemente, a quienes lo sufren, es imposible ser objetivo. Para empezar, ni siquiera los extranjeros tenemos libertad de movimientos en los pueblos en los que nos paramos a comer o a dormir, y cada vez que uno de nosotros quiere salir a comprar a tabaco, o simplemente a por una botella de agua al supermercado del pueblo, un grupo de niños nos acompaña. Ayer, despues de comer, mientras Adam y yo caminábamos por Sarkiya, un jeep del ejercito se cruzo con nosotros. Nos miraron, redujeron la velocidad y siguieron su camino. Podrían habernos detenido. Entonces comprendimos que pasear por el pueblo había sido un error estúpido por nuestra parte; quieren cazarnos lo antes posible, y ante la dificultad de hacerlo cuando estamos en grupo, nos merodean constantemente para intentar que no nos movamos. Como es lógico, las dudas sobre la utilidad de esta marcha nos asaltan con cierta asiduidad. Probablemente la mayor garantía sobre la eficacia de nuestra presencia nos la proporciona el hecho de que en cada pueblo tenemos una reunión con un grupo de líderes de la comunidad. En estas reuniones participan desde el gobernador de la región, de la ANP (Autoridad Nacional Palestina), hasta los representantes de los grupos del Frente Islamico Nacional. Ninguna de nuestras acciones, ni un sólo metro de nuestro recorrido, ni una sóla de nuestras pancartas sigue adelante sin el consenso de los líderes locales. No somos un cuerpo extraño insertado en la lucha del pueblo palestino. Desde el primer día nos han tratado como si fuéramos parte integrante de esa lucha, y los brigadistas no podemos -bajo ningún concepto- aceptar las camisetas o las gorras partidarias que continuamente nos ofrecen a lo largo del camino a menos que confirmemos previamente con alguno de nuestros acompañantes árabes que no pertenecen a ninguna organización concreta. Estamos aquí para protestar contra la ocupación, no para inmiscuirnos en luchas intestinas que por otra parte parecen haberse recrudecido en las últimas semanas. La marcha está siendo un éxito, aunque sólo sea porque ninguno de nosotros ha sido detenido hasta el momento. El ejército y la policía nos siguen a una distancia prudencial, midiéndonos, observándonos, intentando asustarnos un poco. Pero entre ayer y hoy hemos notado un pequeno cambio de actitud en los israelíes y esta mañana nos han lanzado un serio aviso: vamos a por vosotros. Se debe a lo sucedido en las dos puertas que hemos encontrado en nuestro camino a lo largo del muro: rompimos una y dañamos la otra. Mañana, a la salida de Tulkarem, nos encontraremos con un puesto de control en el que nos han dicho que pueden estar esperándonos alrededor de 100 soldados. Saben que vamos y saben lo que vamos a intentar. Nazzit-Essa es un pueblo partido en dos, cortado por la mitad como se corta una naranja con un cuchillo. Sus habitantes decidieron que debíamos conocer el pueblo antes de llevarnos al muro. Fuimos recibidos en la escuela del pueblo y todos los niños cantaron para nosotros. Izaron la bandera palestina en su mástil, nos dieron de comer, nos ofrecieron un concierto y nos invitaron a bailar. Nos pidieron que nos mezcláramos con ellos, en definitiva, para que comprendiéramos que son personas que, pese a la situación desesperada en la que viven, siguen adelante con una sonrisa en los labios. De hecho, creo que deberíamos aprender a divertirnos como ellos. Tras la fiesta de recibimiento y una corta noche en la que nos dividimos en grupos de cinco personas por las casas del pueblo, a la mañana siguiente vimos el muro. En esta población pasa, en al menos un par de sitios, a menos de dos metros de las casas. De hecho, una de las casas mas llamativas del pueblo se ha visto incluso incorporada al muro, del cual forma parte una de sus paredes. Es la mas alta del pueblo; por eso los israelies decidieron no derribarla, como hicieron con las que la rodeaban: les resultaba útil para utilizar su terraza como torre de vigilancia y ahorrarse la construcción de una torre propia. Así que ahora hay dos familias que se ven obligadas a convivir con un grupo de soldados que vive en su tejado. Cada tres dias, los soldados irrumpen con la mayor de las impunidades en sus domicilios para entrar y salir de la posición que mantienen en el tejado. ¿Puede imaginar una familia española que grupos de soldados irrumpan a cualquier hora del día en su hogar como si estuviesen en el patio de un colegio? No creo que sean necesarios demasiados comentarios para comprender las raíces del odio. El lunes, despues de comer, nos topamos con una puerta en el muro que aún no se ha cegado con cemento. Solamente había tres soldados custodiándola y los habitantes palestinos del pueblo nos contaron que llevaba mas de dos meses cerrada; dos meses en los que no logrado convencer al ejercito para que los deje pasar al otro lado para trabajar sus tierras. En una sociedad esencialmente agrícola como la palestina -al menos en su region más nórdica-, eso implica un inmenso perjuicio económico. Ni pueden conseguir alimentos ni pueden conseguir mercancías para ir a venderlas a los mercados de las poblaciones circundantes. Y la escasez comienza a aparecer. Tras una rápida asamblea, los brigadistas, acompanados por un grupo de pacifistas israelíes, decidimos correr hacia la puerta y echarla abajo. Fue todo un éxito. Los tres soldados no parecían demasiado seguros de sí mismos y no hicieron nada por impedirlo. Inmediatamente después, algunas mujeres que viven en los alrededores vinieron a felicitarnos y a relatarnos sus historias sobre el muro. Dicho y hecho. Hemos demostrado que no sólo pensamos caminar con pancartas y canciones sino que, a la más mínima oportunidad, pasaremos de la protesta pasiva al sabotaje no violento. |
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