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| 1 de agosto del 2004 |
Hacia Jenín
La Insignia. Palestina, 31 de julio.
En unas pocas horas emprendemos viaje desde Jerusalén hacia el norte. Nuestro destino es Jenín, un lugar donde la ciudad convive con un campo de refugiados y el muro de cemento convive con la valla metalica. Junto con Nablús y Calquilia es, probablemente, uno de los mejores ejemplos de lo que la ocupación militar está provocando en Palestina y el lugar en el que nuestros coordinadores palestinos han decidido que nos sumemos a la marcha.
Los dos días de entrenamiento me han mostrado uno de mis puntos débiles, probablemente el que más debo controlar a partir de ahora y mientras participe en las protestas. La mañana del viernes, mientras Mohamed, uno de los palestinos que han estado formándonos para afrontar lo que nos encontraremos en Jenín, nos relataba el comienzo de la primera intifada en 1987 y recorría la serie de humillaciones que provocó el levantamiento más importante de la población civil hasta la fecha, estuve a punto de romper a llorar. Afortunadamente pude controlarme y todo se quedó en un simple estornudo. No creo que sea el único de los extranjeros que ha sentido algo parecido a lo largo de estos días. Tal vez fuera una simple prueba del miedo que puede llegar a atenazarnos, pero prefiero inclinarme por la teoría de que mi cuerpo necesitaba descargar tensión. En todo caso, la sensibilidad sigue a flor de piel y creo que mantener la sensibilidad sera mi única y mejor arma a partir de ahora . Lo que nos cuentan tiene tanto de colérico como de útil; es, al mismo tiempo, tan frustrante como motivante. Es, para todos nosotros, la historia mas dolorosa que hemos oído en nuestra vida. Para llegar hasta el hotel 3 Kings en Beit-Sahour, al sur de Belén, hemos tenido que atravesar nuestra primera barrera de carretera. Era una de las sencillas, porque que no estaba cutodiada por soldados; sin embargo, fue suficiente para que todos comprendiéramos a la primera el concepto de "desmembracion del territorio" del que tanto nos han hablado. El autobús avanza hasta cierto punto en el que el camino aparece cortado por varios montones de tierra, escombros y basura de aproximadamente un metro de altura, seguidos de varios socavones de gran tamaño. Hay que bajarse del autobús, recogerlo todo, despedirse del conductor y caminar unos cientos de metros hasta otra serie de fosos y montículos tras los cuales espera otro autobús. Y todo esto, en mitad de un caos; niños y hombres por todas partes, apenas un par de mujeres y un par de puestos móviles que venden refrescos pretendidamente fríos. La temperatura ronda los 40 grados de un calor muy parecido al extremeño y el sol golpea con toda su fuerza. Esto sucede en la carretera de acceso a Belén, probablemente la ciudad más turística de toda Palestina, junto con Jerusalén. Hasta mañana -cuando tendré que enfrentarme a ello- no quiero ni imaginarme lo que sucede en poblaciones menos importantes y más alejadas de la capital. El gobierno israelí no sólo vulnera los derechos humanos de los palestinos sino que además destruye sus infraestructuras e imposibilita cualquier capacidad de desarrollo económico. Belén es una localidad de indudable componente turístico, aunque durante nuestra estancia en ella no creo que nos cruzáramos con más de tres o cuatro turistas orientales. Y eso es al mismo tiempo una piedra que lanzan contra su propio tejado, porque limitar el desarrollo de la zona resulta especialmente incomprensible cuando en Jerusalén, despues de varias horas de estar sentados ante el muro de las lamentaciones, apenas nos cruzamos con una docena de turistas que no fuesen judíos. Sin embargo, es absolutamente normal que nadie quiera ir. Tres compañeros de Zaragoza acaban de llegar al hostal Faisal con un ejemplo de las buenas formas de las fuerzas de seguridad israelíes. En el aeropuerto de Barajas, cuando se disponían a facturar su equipaje en el mostrador de las líneas aéreas El Al, fueron abordados por dos miembros de algún cuerpo de seguridad israelí que, contando con la evidente colaboración de nuestras autoridades (no entiendo como pueden tolerarlo) los separaron en tres habitaciones diferentes para interrogarlos sobre los motivos de su viaje y les hicieron perder el avión. El gobierno israelí sabe perfectamente a qué vamos. Sin ninguna duda. Y sabe también que en territorio español no pueden hacer esas cosas. Pero alguien se lo permite y lo hacen con el objetivo de intimidar y preparar a los activistas para lo que les espera en el aeropuerto de Tel Aviv. Digamos simplemente que los desnudaron a los tres. El resto es facil de imaginar. Volviendo a los dos días de entrenamiento, el hotel en el que nos alojamos en Beit Sahour no tiene nada que envidiar a ningún hotel de rango medio de la Costa Brava. Y hace mucho tiempo que no tiene clientes, así que han decidido ofrecerse como base para los activistas internacionales. Nuestra presencia es, ante todo, una muestra de solidaridad para un establecimiento que permanece tristemente vacío a apenas unos cientos de metros de la Basílica de la Natividad de Belén (parece imposible, pero es cierto) y a unos dos kilómetros de la antigua sede la Autoridad Nacional Palestina, primero de una serie de edificios públicos palestinos que veremos a lo largo de los proximos días. El proceso de formación ha resultado útil. No sólo hemos comprendido en profundidad el concepto de acción directa no violenta sino que hemos recibido instrucciones precisas sobre cómo reaccionar frente al ejército y la policía israelíes: desde cuestiones legales,hasta los tipos de armas con las que nos enfrentaremos, pasando por diversas estrategias de negociación. También hemos creado tres grupos de afinidad, de ocho personas cada uno, en los que se ha dividido el grupo inicial de 24 personas que manaña se incorporan a la marcha. María y yo hemos decidido quedarnos en el mismo grupo y trabajaremos con Adam, nuestro querido e irónico canadiense; Franz y Uwe, un par de tranquilos anarquistas alemanes; Kevin, un irlandés que parece directamente extraído de una novela de George Orwell que recordamos constantemente estos días; Niklas, un físico sueco; Piero (alias Jump), un informático italiano de Roma, y Ruth, una británica que no para de sonreir. Creo que hacemos un buen equipo. Y eso es realmente importante en un contexto en el que tendremos que tomar decisiones rápidas y confiar plenamente los unos en los otros, como si no nos conociésemos desde hace apenas 48 horas. Ahora sabemos exactamente a qué atenernos. Sabemos a qué y a quién nos enfrentamos y tenemos los instrumentos para hacerlo. En tres horas partimos hacia Jenín. |
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