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La insignia
20 de agosto del 2004


Ecuador

Oportunidades y amenazas económicas de la emigración (I)


__Sección__
Diálogos
Alberto Acosta,
Susana López Olivares y David Villamar (1)
La Insignia*. Ecuador, abril del 2004.


«En primer lugar, más allá de explicaciones coyunturales como hacer depender las migraciones actuales de la etapa de globalización neoliberal, es preciso establecer un hilo conductor que relacione dichos flujos migratorios con la lógica salarial-social de revalorización del capital que constituye desde hace varios siglos el núcleo central y la matriz estructuradora principal de las relaciones sociales. En segundo lugar, y en coherencia con lo anterior, cualquier propuesta de transformación de las políticas migratorias que pretenda abordar los problemas de fondo que plantean las migraciones debe enmarcarse en el objetivo más general de los movimientos antisistémicos que persiguen transformar las bases del modelo capitalista en vigor.»
-Carlos Pereda y Miguel Ángel de Prada, (2004)-


1. La explosión emigratoria en Ecuador
como consecuencia de la mayor crisis de su historia republicana

Ecuador, país latinoamericano, el más pequeño de la región andina y con una población de poco más de 12 millones de habitantes, concluyó el siglo XX con una crisis sin precedentes. Luego de un prolongado período de estancamiento desde 1980 hasta 1998, en el cual la economía apenas creció a un 0,3% de promedio anual, al año 1999 se le recordará por registrar la mayor caída del PIB. Este declinó en -6,3% medido en sucres constantes, y medido en dólares en -28%: de 23.255 millones en 1998 pasó a 16.674 millones de dólares en 1999. El PIB por habitante se redujo en casi -30%, al desplomarse de 2.035 a 1.429 dólares.

No debe sorprender, entonces, que el país -entre el año 1995 y el 2000- haya experimentado el empobrecimiento más acelerado en la historia de América Latina. El número de pobres creció de 3,9 a 9,1 millones, en términos porcentuales de 34% al 71%; la pobreza extrema dobló su número de 2,1 a 4,5 millones, el salto relativo fue del 12% a un 31%. El deterioro de los índices de bienestar y por ende de la seguridad humana en todos sus ámbitos, como es fácil suponer, fue acelerado. Lo anterior vino acompañado de una mayor concentración de la riqueza. Así, mientras en 1990 el 20% más pobre recibía el 4,6% de los ingresos, en el 2000 captaba menos de 2,5%; entre tanto el 20% más rico incrementaba su participación del 52% a más del 61%. Esta inequidad es, sin duda alguna, una de las principales explicaciones de la pobreza. Esto es sobre todo preocupante, pues en este país la capacidad productiva disponible y más aún potencial podría satisfacer la demanda de bienes y servicios de toda la población, de existir una adecuada distribución del ingreso y de la riqueza, así como una estrategia que priorice el desarrollo humano y no simplemente la revalorización del capital.

La consecuencia lógica de la desastrosa evolución experimentada a fines del siglo pasado fue la quiebra de empresas, la destrucción de empleos, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, el empeoramiento de las condiciones de trabajo, el congelamiento de los depósitos, la caída de las inversiones sociales -salud, educación, desarrollo comunitario, vivienda-, el deterioro de los servicios públicos, un ambiente de marcada inestabilidad política y de creciente inseguridad ciudadana, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida y de la competitividad del aparato productivo, lo que condujo a la caída de la confianza en el país...

En este lapso se agudizó la inseguridad humana en general:

- Aumentó la precariedad laboral
- Se debilitaron los limitados mecanismos de protección social
- Disminuyeron las dotaciones alimenticias
- Se afectaron los niveles de nutrición
- Aumentaron las enfermedades infecciosas
- Se deterioraron los sistemas de salud
- Crecieron la violencia y la delincuencia
- La represión y la inestabilidad política estuvieron a la orden del día

El país, entonces, al registrar la mayor caída del PIB de su historia, inauguró un proceso inédito de emigración, una verdadera estampida, cuyas consecuencias recién se empiezan a entender. Las estimaciones sobre el movimiento emigratorio ocurrido desde que arrancó la ola fluctúan alrededor de un millón de personas. ¡Esto, en una Población Económicamente Activa (PEA) de algo menos de 5 millones de personas, representaría un 20%! Hay que anotar que la emigración, como fenómeno de alcance nacional, es un proceso reciente, pues si bien antes ya se había registrado una significativa salida de pobladores, éstos provenían especialmente del austro, concretamente de las provincias del Azuay y Cañar, sobre todo a raíz de la crisis en la producción de sombreros de paja toquilla en los años cincuenta y sesenta.

Hoy se calcula que en el exterior deben vivir entre 2 y 2,5 millones de ecuatorianos, principalmente en los EEUU: hacia el 2001 se hablaba de 600 mil personas en Nueva York, 100 mil en Los Ángeles, 100 mil en Chicago y unos 60 mil en Washington. En España, se estima que el colectivo de ecuatorianos, que ocupaba un discreto décimo puesto entre las comunidades extranjeras en 1998, está ya en el primer lugar en la actualidad con cerca de 500 mil personas (de las cuales tan sólo 180 mil tendrían papeles). En Italia ciertas fuentes estiman hasta 120 mil emigrantes, aunque quizás una cifra realista podría bordear las 60 mil personas. A estos números habría que añadir otras estimaciones de ecuatorianos y ecuatorianas residentes en otros países, como Bélgica, Chile o Venezuela, así como la constitución de flujos transmigratorios de compatriotas que transitan entre diversos países y que son aún más difíciles de registrar. Las dificultades para determinar con exactitud el número de personas que emigran y en dónde se radican obstaculizan una mejor comprensión del fenómeno migratorio y complican también la medición de sus efectos; esto se debe a las deficiencias y limitaciones de los registros oficiales y al elevado número de personas que viajan de manera irregular.


Entretelones de una macro crisis

Las cifras expuestas demuestran la gravedad de una situación dramática, explicable por una serie de factores coyunturales y también estructurales que se potenciaron mutuamente. Los detonantes de la mencionada crisis se los puede encontrar en diversos ámbitos:

- De orden natural: el fenómeno de El Niño
- De orden económico: la caída de los precios del petróleo, la desestabilización financiera internacional, el salvataje bancario
- De orden político: cinco gobiernos en cinco años

En este contexto, la ya de por sí crítica situación explosionó con el congelamiento de los depósitos bancarios en marzo de 1999. A esto se sumó la reducción de las inversiones sociales con el fin de financiar el servicio de la deuda externa. Así, mientras la sociedad, por un lado, era literalmente esquilmada para sanear la banca, concretamente para entregar recursos a los banqueros corruptos, por otro, el gobierno suspendió, en el año 1999, por varios meses, el pago de sueldos y salarios a maestros, enfermeras, médicos, policías y militares tratando de sostener el servicio de la deuda externa. Este esfuerzo colapsó en agosto del año 1999 cuando el gobierno tuvo que suspender el servicio de dicha deuda. Fue una decisión inútil al no ser parte de un estrategia activa para enfrentar el tema del sobreendeudamiento externo y al no estar enmarcada en una propuesta económica diferente a la seguida desde inicios de los años ochenta. Además, fue una decisión tardía, pues el país había entrado ya en la mayor crisis del siglo XX. Así las cosas, en 1999, el peor año de la crisis, el servicio de la deuda externa consumió más de las tres cuartas partes de los ingresos corrientes del Estado, es decir, de los impuestos recaudados y de los ingresos del petróleo.

Algunas cifras permiten comprender de mejor manera la magnitud de la sangría experimentada por efecto del servicio de la deuda externa. El Ecuador, desde 1982 al 2003, pagó por concepto de capital e intereses 97.069 millones de dólares y en el mismo lapso recibió como nuevos desembolsos 86.330 millones. Lo cual generó una transferencia neta negativa de -10.737 millones, a pesar de lo cual la deuda creció en 9.962 millones, pues pasó de 6.633 millones en 1982 a 16.595 millones en 2003. Al haber definido como prioritario el servicio de la deuda se marginó a la inversión social, tal como se puede apreciar en el cuadro 1, en el que además, se introduce la evolución de las remesas enviadas por los emigrantes, como un adelanto que permite entrever su importancia para la economía del país.

Aquí cabe recordar la acertada afirmación de UNICEF en medio de la crisis, cuando señaló que Ecuador deberá escoger entre "pagar la deuda externa o realizar inversión social". Y con razón sentenció que "se equivocan quienes dicen que deben arreglarse primero los problemas de la deuda para luego atender las necesidades sociales". Justamente el haber priorizado el servicio de la deuda desató esta ola emigratoria sin precedentes en Ecuador.

A la sangría crónica de recursos provocada por la deuda externa se podría añadir la transferencia de recursos por el deterioro de los términos de intercambio, la fuga de capitales, el pago de regalías, la remisión de utilidades y la transferencia de capitales por concepto de inversiones extranjeras.

Todo este esfuerzo no pasó desapercibido. La sociedad se resintió. La deuda estranguló la economía. El gasto social se redujo de manera alarmante y las cuentas externas experimentaron presiones cada vez mayores. La pobreza se incrementó en forma continuada, sin que deje de aumentar la inequidad. La seguridad humana sufrió un severo golpe. Y la emigración, por otro lado, se convirtió en una válvula de escape para evitar una explosión mayor.

Por cierto, uno de los factores que explican la gravedad de la crisis, y que merece ser resaltado por separado, radica en el ajuste estructural y en las políticas de estabilización de inspiración fondomonetarista aplicadas desde inicios de los años ochenta. Aunque hay quienes sostienen lo contrario, la economía ecuatoriana, como la de otros países de la región, ejecutó y sufrió el recetario del ajuste. Así, con diversos grados de coherencia e intensidad, en el Ecuador se adoptó una concepción aperturista y liberalizadora tanto comercial como financiera de inspiración fondomonetarista/bancomundialista, impuesta a través de múltiples mecanismos (por ejemplo las "cartas de intención" del FMI) y hasta recurriendo a diversos chantajes externos e internos. Según John Williamson, quien acuñó el término de Consenso de Washington a inicios de los años 90, salvo los Estados Unidos y Cuba, todos los países del hemisferio ejecutan dicho Consenso.

Tampoco pueden quedar al margen los efectos nocivos de la dolarización. A los más de cuatro años de su imposición, sus resultados son preocupantes, por decir lo menos. Si nos atenemos a las promesas iniciales, la dolarización no cumplió lo ofrecido. Basta recordar que la inflación y las tasas de interés en dólares se mantienen en niveles elevados, la recuperación económica se desvanece, la competitividad decrece cada vez más, los desequilibrios externos podrían volverse insoportables, las remuneraciones reales se deterioran, el país sigue desindustrializándose, la pobreza continúa en aumento, la concentración del ingreso y la riqueza en pocas manos no deja de crecer, el poder económico mantiene su tendencia concentradora (al tiempo que se desnacionaliza), el sistemático deterioro ambiental no se detiene... En este entorno, asoma la emigración como una alternativa para salir de este círculo vicioso.

Para concluir este punto, es importante entender cada decisión tomada por un ser humano como un acto consciente, determinado, entre otras cosas, por su percepción de la realidad, su estabilidad emocional y sus expectativas. Es decir, el ser humano tiene muchas maneras de enfrentar su realidad, dependiendo en gran medida de la forma como percibe los hechos a su alrededor, de la interpretación que les da y de las conclusiones que saca para sí. Estos elementos forman en las personas un conjunto de ideas que, junto con sus expectativas, determinan sus estrategias para alcanzar el bienestar económico y social, tanto individual como colectivo.

Este conjunto de percepciones y expectativas, entorno a la crisis desatada en 1999, conformó una visión negativa del país, como un escenario sin oportunidades para el desarrollo de un proyecto de vida. Y aunque el factor económico es -no hay duda- un elemento esencial en la explicación del proceso migratorio, no deben dejarse de lado otras variables determinantes para la comprensión de cualquier proceso social.

Al transformarse la decisión migratoria, de un deseo individual de superación, en una estrategia familiar de subsistencia, se estableció una característica clave del proceso emigratorio ecuatoriano, en tanto la unidad primaria del proceso migratorio no es simplemente el individuo, sino la familia. Ante la idea de ausencia de oportunidades, la migración -externa y también interna- pasó a ser una opción racional para alcanzar el bienestar. Se puede afirmar que los ecuatorianos entendieron la crisis de dos maneras: Primero, como una drástica reducción del marco de oportunidades para la producción de los planes de vida en Ecuador. Y segundo, como un espacio para la innovación de estrategias familiares para la reproducción social y subsistencia, que podían ser cristalizadas fuera del país.

El factor psicológico en la toma de decisiones es esencial. Éste se complementa con los llamados "imaginarios sociales", que son ideas, verdaderas o no, que un grupo determinado tiene sobre un hecho, en este caso la emigración. Tales ideas están basadas en elementos racionales e irracionales, objetivos y subjetivos, reales o ficticios.

A partir de las redes, sobre todo familiares, la migración se convierte en un movimiento circular y continuo, generado y alentado por la acción efectiva de dichas redes que facilitan el desplazamiento de la población y refuerzan lazos económicos y sociales entre el país de origen y de destino. Esto hace que el proceso se facilite y se incremente.


Notas

(1) Alberto Acosta es economista. Dirección electrónica: alacosta48@yahoo.com
Susana López Olivares es estudiante de economía. Dirección electrónica: susana_lopez_olivares@hotmail.com
David Villamar es economista. Dirección electrónica: villamardavid@hotmail.com
Los autores de este artículo vienen trabajando en forma sistemática el tema de la migración en el marco del Plan Migración, Comunicación y Desarrollo.

(*) El presente estudio forma parte de "Migraciones: un juego con cartas marcadas", texto colectivo editado por Francisco Hidalgo y publicado por Pontificia Universidad Católica de Ecuador, CINDES, Plan Migración, Comunicación y Desarrollo y Abya-Yala. También apareció una versión preliminar en "Emigración, pobreza y desarrollo", editada por Antonio Alonso y publicada por ICEI y Comunidad de Madrid (2004).



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