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La insignia
7 de agosto del 2004


A fuego lento

Especie de amor


Mario Roberto Morales
La Insignia*. Guatemala, agosto del 2004.


Se sabe que Schopenhauer reduce el amor y la belleza a la voluntad de vivir implícita en el instinto de reproducción y pervivencia de la especie. De aquí que afirme que el enamoramiento y la ilusión de unicidad que respecto de la persona amada siente el enamorado, no sean sino capacidades que tiene la especie de disfrazar, sublimándolo, su instinto y voluntad de pervivencia y reproducción. Llega incluso a definir la voluptuosidad no como manifestación de una belleza per se, sino como un mero mecanismo enmascarado del instinto, no muy diferente del impulso que lleva a machos de variadas especies animales a morir después del apareamiento, y a dejarse devorar por sus implacables hembras. El instinto animal no sublima. El humano sí. Idealiza, espiritualiza, disfraza la voluntad de la especie y la vuelve belleza, enamoramiento, amor.

La misoginia y el pesimismo de Schopenhauer han sido demasiado señalados como para insistir en ellos. Más bien, la pregunta que se impondría ante una lectura suya desde esta época "posmo" -en la que el lema de la vida de millones de personas puede encapsularse en el viejo Let it be de los Beatles- sería la siguiente: si la ilusión de belleza y unicidad propia del enamoramiento tiene su base material en el instinto de reproducción, ¿qué hay con eso, y en qué afecta su aceptación al embrujo y torbellino de la voluptuosidad y el enamoramiento, a los cuales, después de todo, les podemos otorgar una validez en sí mismos aun si los aceptamos como subterfugios o máscaras del instinto animal?

Quizás si leyéramos la "pesimista y misógina" doctrina de Schopenahuer con el criterio del "let it be", es decir, con un sano relativismo situado por encima de bipolaridades maniqueas como las de optimismo-pesimismo, misoginia-filoginia, podamos comprenderlo a él en las condiciones determinantes de sus rasgos personales, y ubicarlo individualmente como misógino y pesimista sin por ello menoscabar su interesante doctrina. La cual, después de todo, se desarrolla con un rigor impecable cuyo único desliz sea quizás el del tono de su estilo, que a menudo hace pensar al lector que propone la brusca animalidad del amor "en lugar" de su socorrida espiritualidad.

Viene todo esto a cuento porque estoy asistiendo a la publicación de mis Epigramas de seducción, en la Editorial Praxis, aquí, en la ciudad de México. Y, releyendo mis piezas, de pronto me asaltó la interrogante obligada acerca de la naturaleza y el sentido del amor romántico, el enamoramiento e, incluso, "las penas de amor", los "sacrificios de amor" y las "muertes por amor", de las que los telenoticieros están plagados en estos confusos días en que amantes, maridos y novios asesinan a sus compañeras con lujo de argentino filo y gitana hemoglobina, para solaz, esparcimiento y entretenido escándalo de millares de televidentes del sexo agredido. La pregunta también se me impuso porque México quizás sea la ciudad en la que más se escuchan boleros y "música romántica". Schopenhauer vino en mi auxilio con su teoría del amor, el enamoramiento y la belleza física como ilusión enmascarada mediante la que la especie nos impone su voluntad urgente de inmortalidad.

Nada hay en el filósofo que vaya contra la vida. En él, el amor es voluntad y preservación de la vida, aunque a menudo a costa de sus formas de existencia individuales. Las patologías "amorosas" (como las mencionadas arriba) vendrían a ser, según él, producto de la incapacidad de algunos de seguir los dictados de la naturaleza (que siempre nos indica, dice, a la pareja adecuada en razón de la voluntad del nuevo ser que la especie busca crear), incapacidad que los hace escoger mal al amado o la amada, casi siempre por necedad, dando todo como resultado relaciones conflictivas e hijos insanos.

Schopenhauer dice que los poetas que cantan al amor les gustan a la gente porque tocan fibras del instinto en la especie. Menos mal, me digo, mirando mis epigramas impresos y escuchando un bolero lejano que dice: "Hemos jurado amarnos hasta la muerte/ y si los muertos aman/ después de muertos/ amarnos más..."


(*) También publicado en Siglo Veintiuno y A fuego lento



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