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La insignia
29 de abril del 2004


El debate académico más allá de la simple diatriba (II)


Mario Roberto Morales
La Insignia. Guatemala, abril de 2003.

Introducción al libro «Stoll-Menchú: la invención de la memoria»
Ed. Consucultura (Guatemala), 2001.


En Guatemala, hay que decirlo, a muy poca gente le ha interesado realmente el llamado "debate Stoll-Menchú", sencillamente porque, muy a menudo, lo que los académicos estadounidenses "descubren" y en torno a lo cual debaten, en Guatemala es afirmado o desmentido por mera experiencia cotidiana. Es decir, lo que en Estados Unidos es objeto de investigación, a veces en Guatemala es saber cotidiano. Y lo que en Guatemala no es motivo de polémica porque es evidente, en Estados Unidos se convierte en munición de largas cuanto rentables cultural wars que producen toneladas de libros y papers para el mercado académico, los cuales nunca son traducidos al español ni se leen en los países que son su objeto de estudio. En general, así pueden ilustrarse las relaciones entre la academia dominante primermundista y la subalterna tercermundista, especialmente en lo referido a la estadounidense y la latinoamericana.

Es imprescindible apuntar aquí que en la "guerra cultural" desatada sobre los hallazgos de Stoll, él mismo tuvo una parte de responsabilidad por haber organizado su discurso como un vigoroso mentís a lo que él con toda razón detesta: las asunciones y preconceptos con que muchos de sus colegas políticamente correctos construyen sus carreras universitarias, dándose, además, aires progresistas y hasta apostólicos respecto de la subalternidad tercermundista (5). A pesar de que yo mismo he atestiguado estas puestas en escena en numerosos congresos y conferencias universitarias en Estados Unidos, no puedo dejar de señalar que el tono del libro de Stoll rezuma a menudo una innecesaria ironía pertinaz en contra de estos académicos superficiales (para decir lo menos), y que eso sin duda provocó muchas de las iras que los afectados disfrazaron de "defensa de Menchú y de los indígenas del mundo" cuando, a raíz de un artículo sobre los hallazgos de Stoll publicado en el New York Times (6), la Fundación Menchú contribuyó a orquestar una versión según la cual una conspiración contra los indígenas se desataba en Estados Unidos, y pidió solidaridad a sus incondicionales (7). En otras palabras, el tono de la exposición de Stoll implicaba de suyo el inicio de una "guerra cultural" estadounidense, de campus. Si el tono hubiese apelado menos a la superficialidad de los académicos "progres" y políticamente correctos que a Stoll evidentemente le fastidian (como les fastidian a mucha gente con sobrada razón), quizá la diatriba no hubiese alcanzado las honduras que alcanzó. Sin embargo, es difícil culpar a Stoll completamente por esto, ya que el precio a pagar por no haber hecho lo que hizo (tal como lo hizo) hubiera sido el reinado de la impunidad indefinida de estos scholars emotivamente solidarios con sus apasionadas causas y, a la vez, superficiales en sus investigaciones y exposiciones sobre problemas que abordan con preconceptos y asunciones bipolarizadas y facilonamente ideologizadas hacia una izquierda de campus. Si Stoll escribió "en contra" de alguien, ese alguien fueron sus colegas políticamente correctos, y no Menchú. El precio que ha pagado por ello ha sido alto, porque esta batería de colegas le ha impedido publicar sus libros, lo ha satanizado en círculos seguidistas y le ha imposibilitado participar en congresos y conferencias. Incluso el libro que el lector tiene ahora entre las manos ha sido censurado por estos círculos en Guatemala (8). En otras palabras, han querido arruinar su carrera. Así funciona el mundo académico políticamente correcto: como "comisaría del pueblo". Y es precisamente de ese mundo y de sus diatribas de lo que este libro quiere diferenciarse para plantear un debate académico de altura, alejado de la intriga de capillas y de la emotividad represiva. En otras palabras, quiere apelar a las honrosas excepciones de la academia estadounidense y mundial, y, sobre todo, a la intelectualidad guatemalteca responsable, la cual necesita involucrarse en estos debates porque le conciernen de manera urgente y absoluta. A esto obedece haber invitado a Stoll a participar en este volumen, y también a Elizabeth Burgos, que igualmente ha sido ignorada y a menudo insultada como parte de los remolinos que el puritanismo subalternista ha echado a rodar en los ámbitos universitarios dominantes. Ella, además, es la autora del libro cuyo contenido es el testimonio grabado y retrabajado (por Burgos) de Menchú, y es indudable que tiene mucho que decir en todo esto.

Es necesario expresar también que la santificación de Menchú por parte de profesores universitarios políticamente correctos de Estados Unidos y Europa, no se comprende a cabalidad en Guatemala, donde Menchú es vista como una figura política y, por tanto, pública, sujeta --como todas las figuras públicas-- a aciertos, errores y críticas de todo tipo. Así, sus fallas políticas han sido duramente señaladas por diversos sectores guatemaltecos. Por ejemplo: cuando un movimiento civil derrocó al corrupto ex presidente Jorge Serrano en 1993, Menchú mantuvo una actitud de desconfianza hacia ese movimiento ciudadano debido a la rigidez con que la línea de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) --a la cual Menchú fue fiel hasta el final-- interpretó los hechos, los cuales vio como una maniobra del Ejército. El movimiento triunfó y ella se incorporó tardíamente al mismo. También, varios sectores solidarios con causas indígenas y ecológicas criticaron con severidad su postura de no apoyar abiertamente al movimiento zapatista de Chiapas y de no respaldar la lucha ecologista en contra de las detonaciones atómicas recientes por parte del gobierno francés. Su negativa en ambos casos se interpretó como debida a que tanto el gobierno de México como el de Francia habían sido decisivos en su obtención del Premio Nóbel de la Paz en 1992. Igualmente, cuando un sobrino suyo fue secuestrado en Guatemala el 4 de noviembre de 1995, ella se apresuró a inculpar al Ejército por el hecho y, al poco tiempo, se reveló que los propios padres del niño eran quienes lo habían plagiado para exigirle a ella una suma de dinero por su rescate. Aunque era de esperarse que el Ejército hubiese cometido un delito así por su largo historial criminal, el apresuramiento al señalarlo le valió a Menchú y a sus asesores una baja en la apreciación de su efectividad política. También, un banco guatemalteco transfirió por error una fuerte cantidad de dinero a la Fundación Menchú en 1994 y, cuando el banco solicitó la devolución correspondiente en 1998, la Fundación respondió pidiendo que la institución le donara el dinero, proyectando así una imagen de poca solvencia ética ante gran parte de la opinión pública, sobre todo porque el asunto fue llevado a los tribunales. Finalmente, Menchú se opuso en 1999 a una ley que cobraría impuestos a los grandes propietarios de bienes inmuebles, lo cual fue mal visto por sectores afines a ella, sobre todo porque se sabía que ella misma había comprado en fecha reciente algunas tierras y otras propiedades. Estos ejemplos de acciones políticas erradas y que le han valido duras críticas a la Premio Nobel, quieren solamente ilustrar el hecho de que, en Guatemala, lejos de ser considerada una especie de santa infalible (como en los círculos solidaristas y paternalistas de Estados Unidos y Europa), es vista como una figura política con filiaciones con la URNG (a las que, dicho sea de paso, tiene todo el derecho del mundo).

En su favor hay que decir que su lucha en contra de los militares genocidas y en defensa de los indígenas ha provocado la adhesión de amplios sectores progresistas. Si duda, su querella en España en contra de Ríos Montt y otros militares y civiles responsables de atrocidades durante el conflicto armado fue, a pesar de sus hondas caídas jurídicas, un acierto histórico.

Algunos apoyan incondicionalmente sus acciones de derechos humanos, y otros -sobre todo los miembros de la derecha de mentalidad racista- la atacan por principio. Estos últimos son los que se han valido de los descubrimientos de Stoll para lanzar una "leyenda negra" sobre ella, tildándola de mentirosa, como si el genocidio no hubiese ocurrido. Los primeros son los que se han lanzado a la cruzada de su defensa en contra del "infiel" Stoll, acusándolo de agente de la CIA y defendiendo la versión distorsionada que Menchú ofreció de los hechos históricos del pasado reciente de Guatemala. Nosotros creemos que la verdad reside en una zona gris, menos nítida que los extremos de derecha y de izquierda esencializados de quienes asumen vistosas posiciones "radicales" y violentas para llevar agua a su molino. Esta zona gris es la que explora este libro, y por todas las razones expuestas no trata ni forma parte de la conocida diatriba bipolarizada que con deformado salomonismo divide las partes según las sentencias: "Menchú es una mentirosa" y "Stoll es un agente de la CIA". Ninguno de los autores de este libro podemos tomar partido ante semejantes opciones maximalistas. Pero lo que sí podemos hacer es explorar las consecuencias de los descubrimientos de Stoll, ya que al hacerlo contribuimos a abrir el debate sobre cuestiones impostergables, como las que se enumeran a continuación.

Primero: el debate sobre la cuestión --largamente evadida por la izquierda oficial agrupada en la URNG-- de la actuación del vanguardismo de izquierda, así como sobre la evaluación militar de su conducción de la guerra.

Segundo: el debate sobre el establecimiento de una versión histórica ecuánime de lo ocurrido durante el conflicto insurgente-contrainsurgente en Guatemala en los años ochenta.

Tercero: el debate sobre la necesidad de estudiar el papel que juega la memoria y la transmisión cultural en las sociedades campesinas orales, para comprender por qué no se le puede exigir veracidad documental a un testimonio de esa extracción; lo cual sitúa al Testimonio, y a la testimonialidad en general, en un plano más amplio y flexible que el que le habían asignado los requisitos impuestos a él por académicos del primer mundo.

Cuarto: el debate sobre la posibilidad de elaborar una teoría del Testimonio más apegada a la realidad histórica y cultural de nuestros países (que son los que producen los testimonios que se estudian en Estados Unidos) y menos a las necesidades de ascenso escalafonario de algunos profesores estadounidenses y latinoamericanos en ese país.

Quinto: el debate sobre el problema ético de los científicos sociales estadounidenses que se ven involucrados en sucesos de fuerte contenido político en un país en el que Estados Unidos ha tenido y tiene una injerencia enorme, y sobre cuya historia ha incidido de una manera trágica. El orden de estos temas puede variar según el punto de vista del análisis. Pero todos forman parte de una misma problemática: la de la fijación de la historia política y cultural inmediata de Guatemala, en la que los guatemaltecos tenemos que participar activamente mediante un diálogo crítico constante con la academia dominante que nos estudia y clasifica, y a menudo impone sobre nosotros sus particulares polémicas. Este libro quiere formar parte de ese diálogo. Y sus autores creemos que lo logra.

Todo esto nos lleva a la necesidad de recordar que no fue el libro de Stoll como tal lo que empezó la diatriba de la que queremos alejarnos, sino el artículo que Larry Rohter publicó en el New York Times, el cual resultó de un viaje de constatación de los descubrimientos de Stoll que el diario neoyorquino financió, y cuya publicación provocó el comunicado de reacción de la Fundación Menchú, denunciando una supuesta conspiración de la derecha estadounidense en contra de los indígenas del mundo, y solicitando solidaridad. Fue a esto a lo que brindaron atropellada y romántica respuesta de apoyo una serie de incondicionales menchuístas que se lanzaron al ataque sin haber leído el libro de Stoll, el cual --como cualquiera que sí lo haya leído puede corroborar-- no surge de una voluntad de ataque a los indígenas ni a Menchú, como la Fundación del mismo nombre apresuradamente difundió, sino fue el resultado del contacto de Stoll con testimoniantes cercanos a Menchú, quienes le dieron una versión distinta de los hechos que ella narra en su testimonio. Este hallazgo no era como para refundirlo en el baúl de la represiones ideológicas y moralistas. Afortunadamente Stoll no lo hizo, porque eso nos permite abordar ahora los temas y problemáticas que surgen de sus descubrimientos.

A pesar de que la mayoría de detractores de Stoll no ha leído su libro y de que los menchuístas estadounidenses lanzaron la consigna de no leerlo, la aceptación que Menchú hizo de que las experiencias relatadas en su testimonio no eran suyas, ha llevado a las mentes más lúcidas a revisar las preconcepciones comúnmente aceptadas acerca de la guerra en Guatemala y de la participación indígena en la misma. Unos pocos permanecen aferrados a una versión que en mucho fue desmentida, directa o indirectamente, por su propia autora. Son los participantes de la diatriba de la que este volumen no forma parte. Los autores de este libro hemos pretendido arrojar una luz distinta sobre caminos a la vez más ecuánimes y fértiles para comprender la problemática que nos ocupa. Sinceramente creemos que lo hemos conseguido, y con ese espíritu lo entregamos al lector.


Notas

(5) La corrección política o political correctness, además de ser un útil expediente carrerista, brota también de la dificultad de concientizar a los europeos y estadounidenses sobre la situación de los países tercermundistas. De ahí que la existencia de figuras emblemáticas de la subalternidad les sean tan appealing a los intelectuales solidaristas y políticamente correctos, pues mediante ellas su llamado de atención a la inconciencia ciudadana puede apelar a razones moralizantes y de enmienda de las atrocidades cometidas por la razón colonialista occidental. Este es el caso del uso políticamente correcto que se hace de Rigoberta Menchú por parte de ellos, quienes de esta manera alivian un poco los molestos cargos de conciencia que les produce el pasado colonialista e intervencionista de sus países. Por mi parte, creo que la political correctness, con toda su carga de autorrepresión conductista, es una ética profesional que se corresponde con las agitadas pulsiones de la moral puritana y con los mandatos autoritarios de la filosofía pragmática. El delirante culto a "Marcos" así lo corrobora.
(6) Larry Rohter, "Nobel Winner Accused of Stretching Truth in Her Autobiography", New York Times, December 15, 1998.
(7) Fundación Rigoberta Menchú Tum, "Rigoberta Menchú Tum: una verdad que desafió al futuro", México, enero 1999.
(9) La censura al debate libre sobre estos temas se ha vuelto institucional y me ha alcanzado a mí también: la FLACSO-Guatemala incumplió su ofrecimiento inicial de publicar este libro argumentando que su recién formado consejo editorial (parte de una nueva administración políticamente correcta que asumió la dirección de la institución en 2001) había dictaminado en agosto que, aunque se trataba de un texto altamente académico, tendría muy pocos lectores en Guatemala. El "dictamen" no merece comentario. Lo que sí es necesario indicar, como parte de la censura académica, es que dos meses después de rechazada la publicación de este volumen, al indagar en la FLACSO sobre la reedición de mi libro La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón, cuya primera edición se había agotado, me informaron que pese a tratarse de un "best-seller" para los estándares locales, no había financiamiento para reimprimirlo. No cabe duda de que la verdad factual mete miedo a quienes gustan de sustituir el debate académico por la diatriba porque ésta no implica riesgos intelectuales.



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