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| 26 de abril del 2004 |
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El debate académico más allá de la simple diatriba (I)
Mario Roberto Morales
Introducción al libro «Stoll-Menchú: la invención de la memoria»
Es imprescindible empezar este libro clarificando qué es de lo que no trata, pues su título puede dar lugar a suponer que participa de algo de lo cual quiere alejarse y diferenciarse radicalmente. En efecto, este libro no se sitúa en el campo bipolarizado: "Stoll versus Menchú". El tema que nos ocupa a sus autores no es la conocida diatriba entre quienes se han constituido en defensores y detractores de Menchú o Stoll, y en la que se derechizan e izquierdizan las polaridades a discreción hasta llegar a ubicarlas en el Bien o en el Mal, según el bando de que se trate. Esa diatriba tiene muy poco que ver con el debate intelectual y académico, que es el que buscamos, y se reduce a la defensa de posiciones personales remitidas al carrerismo universitario y los protagonismos de salón, que necesitan de "causas justas" o "injustas" para poder existir y ser rentables. De modo, pues, que este libro de ninguna manera se inscribe en esa "guerra cultural", y por ello no debe ser ubicado en ninguno de sus campos polares.
Pero aunque el libro no trata ni participa de eso, resulta obligado para sus autores mencionar la diatriba porque de lo que sí trata este volumen es de las consecuencias que los descubrimientos de Stoll tienen para el establecimiento de la veracidad histórica de la más reciente dinámica insurgente-contrainsurgente en Guatemala, y para el establecimiento de la verdad testimonial en este contexto, así como para la determinación del papel que juega la memoria y la transmisión en las sociedades orales, de las que los testimoniantes suelen provenir. Igualmente, examina las consecuencias que la toma de posiciones políticas tiene en relación con la ética profesional de los científicos sociales estadounidenses que incursionan en terrenos y problemáticas altamente politizadas en países que no son los suyos y que no acaban de conocer a cabalidad (1). Asimismo, aborda la confrontación de las versiones de Menchú y Stoll sobre las causas de la violencia insurgente-contrainsurgente en los años ochenta en Guatemala, con las conclusiones de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH), que fueron aceptadas por las partes en conflicto, y cuya versión de los hechos históricos a los que aluden Menchú y Stoll es la versión generalizadamente aceptada tanto por los guatemaltecos como por la comunidad internacional. Como se sabe, los descubrimientos de Stoll tienen que ver con algunos hechos que se oponen a lo que Menchú afirmó en su testimonio (2). Por ejemplo, Stoll estableció que Menchú no fue una niña iletrada que ignoraba el castellano y la "cultura ladina", sino que asistió a la escuela bajo el tutelaje de monjas del Colegio Belga. También, constató que nunca fue sirvienta en una casa ladina de la capital, que no fue activista del CUC ni catequista, y que no presenció ninguno de los hechos de violencia que narra en su testimonio, pues se hallaba estudiando como interna en el Colegio Belga de la ciudad de Guatemala cuando ocurrieron las muertes de sus padres y hermano, lo cual hizo que las mismas monjas la sacaran hacia México, en donde se vinculó con el aparato internacional del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP). Según Stoll, bajo la asesoría de esta organización, ella empezó a ofrecer su testimonio acerca del origen de la violencia insurgente-contrainsurgente y acerca de su propia vida y la de los indígenas guatemaltecos, todo lo cual ella hizo coincidir con la versión de la guerra que el EGP necesitaba ofrecer a la opinión pública internacional para concitar solidaridad hacia la lucha guerrillera y repudio hacia las atrocidades que cometía el Ejército de Guatemala. Esta versión, dice Stoll, ya más afinada por su repetición constante en diversos foros para la solidaridad, fue la que ofreció en París a Elizabeth Burgos, quien, además, la interrogó sobre la cultura comunitaria de su pueblo, dándole así a la versión escrita del testimonio una frondosidad etnocultural que la versión oral primigenia de Menchú no tenía, ya que se circunscribía al relato de las atrocidades cometidas por el Ejército en contra de la población civil indígena que se asentaba en la zona de influencia de las guerrillas. El relato de Menchú también afirmaba que la insurgencia había comenzado con rebeliones indígenas en contra de terratenientes ladinos que les quitaban sus tierras. Stoll estableció que los litigios de tierras del padre de Menchú, que aparecen en el testimonio de ella como ilustrando este supuesto origen indígena y campesino de la insurgencia, fueron librados principalmente contra sus parientes políticos, los Tum, es decir, contra la familia de la madre de Rigoberta Menchú, y no tanto en contra de terratenientes ladinos que querían quitarle las tierras a los indígenas. Igualmente, corroboró el hecho ya conocido de que la violencia en la localidad la habían iniciado guerrilleros ladinos de extracción urbana, que habían llegado a la región a organizar a la gente para provocar al Ejército de Guatemala a fin de que éste se involucrara en una guerra popular prolongada que pretendía vietnamizar Guatemala y, a su debido tiempo, la región centroamericana, siguiendo lineamientos estratégicos de Cuba en el marco de la Guerra Fría. Es obvio que lo que Stoll estableció tiene consecuencias interesantes no solamente para matizar el estrecho criterio según el cual un testimonio tiene forzosamente que ser dado por un testigo ocular, sino también para el establecimiento de la verdad histórica reciente de Guatemala, sobre todo después de que Menchú reconoció haberse valido de experiencias y testimonios ajenos para tejer su versión de los hechos relativos a los orígenes de la insurgencia, y también de los que configuraron lo que hasta antes de Stoll todos considerábamos su experiencia vivida (3). El hecho de que columnas de guerrilleros ladinos de clase media estuvieran creando condiciones para que el Ejército se enfrascara en una guerra prolongada, era cosa sabida dentro de la izquierda guatemalteca desde principios de los años setenta. Asimismo, el hecho de que el testimoniante no sea necesariamente un testigo ocular de lo que narra sino que su versión pueda ser una ficcionalización personalizada de lo ocurrido, tampoco causa gran sorpresa en Centroamérica, donde el Testimonio y la testimonialidad, como ejes de la narrativa de los últimos veinte años, han explorado la relación entre historia y ficción con gran amplitud y exuberante riqueza de recursos, sin circunscribir jamás el género al requisito del testigo ocular. Lo que ha caracterizado al Testimonio centroamericano ha sido su carácter imaginativo y multivocal, lo cual implica que de hecho puede ser una expresión multiclasista, multiétnica e intercultural, y no exclusiva de la subalternidad iletrada y oral, como exige la teoría estadounidense del Testimonio, que los descubrimientos de Stoll vinieron a desmantelar (4). De hecho, los requisitos de la subalternidad absoluta o de la presencia ocular, jamás se le habrían ocurrido a un centroamericano que escribe, habla, lee o escucha testimonios, sobre todo si tomamos en cuenta que en Centroamérica hay, por un lado, testimoniantes que han sido víctimas de la violencia (soldados o guerrilleros, indígenas o no) y, por otro, novelistas o aspirantes a serlo (indígenas o no) que escriben testimonios de sus propias, o ajenas, experiencias como protagonistas en los conflictos armados de la región, sin pensar en nada más que en transmitir su vivencia con fines ideológico definidos y sin victimizarse. Repitamos que el hecho de que la violencia no empezó con insurrecciones de indígenas en contra de ladinos que les quitaban sus tierras sino que fue iniciada por guerrilleros ladinos de extracción urbana, del EGP, lo sabía en su momento cualquiera que estuviese vinculado a la izquierda, y agreguemos que lo sabe ahora cualquier guatemalteco medianamente informado; además, aparece relatado vivencialmente en otros dos testimonios: Los días de la selva, de Mario Payeras (La Habana: Casa de las Américas, 1981), y La guerrilla fue mi camino, de César Montes (Guatemala: Piedrasanta, 1997), quien iba al mando de la columna (de la que Payeras era miembro) que inició la violencia guerrillera en el área quiché, cerca de donde se ubica la historia de Menchú. Cabe entonces preguntarse: si los descubrimientos de Stoll --tanto para el Testimonio como para nuestra historia inmediata-- son cosa sabida en Guatemala, ¿por qué hubo tanto escándalo en torno a ellos? La respuesta es que lo hubo en Estados Unidos, en donde mucha gente hizo carrera universitaria propagando en sus cátedras, publicaciones y congresos académicos, la versión de los hechos dada por Menchú, según la cual el conflicto armado era una confrontación étnica entre indígenas y ladinos, que se había iniciado por medio de rebeliones indígenas a las que se habían venido a sumar eventualmente los guerrilleros. En esta versión, la Guerra Fría no tenía ni siquiera una incidencia mediana en lo ocurrido. Pues bien, los académicos en Estados Unidos, partiendo de que Menchú había sido testigo ocular de los hechos de violencia que relata, instauraron su versión como la única verdadera acerca de la historia reciente de Guatemala y postularon al Testimonio como la forma literaria "verdadera" de la subalternidad, opuesta a la forma literaria "falsa" de los escritores "letrados" (valga la redundancia), como Asturias y demás, cuyas versiones de lo popular fueron consideradas "paternalistas". Al aceptar y propagar la versión de que la violencia armada en los años setenta se había originado con insurrecciones indígenas en contra de ladinos que les robaban las tierras, a estos académicos les fue muy fácil identificar a todos los ladinos como los enemigos a vencer, noción etnicista de donde surge la furiosa satanización que de la ladinidad hacen algunos pertinaces antropólogos estadounidenses cuyo objeto de estudio es Guatemala, sustituyendo el análisis clasista por el culturalista.
Notas (1) Muchos de los malentendidos acerca de la problemática guatemalteca se originan en la dificultad que tienen sus estudiosos estadounidenses para transmitir sus conocimientos en castellano. Esto es fácilmente observable en algunas de las ponencias que presentan en los congresos académicos en Guatemala. Los pocos latinoamericanistas estadounidenses que de verdad comprenden la idiosincrasia y la cultura locales, son los mismos que hablan y escriben correctamente el castellano. En su ensayo en este volumen, Elizabeth Burgos nos ilustra acerca de los malentendidos que ha causado la traducción al inglés del testimonio de Menchú. Yo mismo he insistido en Estados Unidos en que, por ejemplo, la palabra agency no debe traducirse "agencia" sino "gestión", cuando se refiere a la capacidad que tienen los grupos sociales de hacer avanzar sus exigencias en materia de poder. |
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