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| 30 de septiembre del 2003 |
Estrella Digital. España, septiembre del 2003.
La retirada es una de las operaciones militares de más difícil ejecución. Su peligrosidad es máxima cuando el enemigo ataca y hostiga sin descanso a quienes se retiran. Se dice que un auténtico general sólo muestra su plena valía cuando ordena retirarse a sus tropas y es capaz de mantener la iniciativa en tan delicada maniobra, sin sufrir un número excesivo de bajas. El mítico Erwin Rommel no ha pasado a la historia de las guerras por su brillante actuación en 1940, en la invasión de Francia al mando de una división acorazada con la que revolucionó las tácticas ofensivas. Tampoco ha quedado registrado en el libro de los grandes estrategas por su espectacular ofensiva en el norte de África en 1941, donde, para ayudar a los italianos derrotados en Libia, avanzó imparable desde Túnez hasta las puertas de Egipto, aunque fue entonces cuando ganó el sobrenombre de "el Zorro del Desierto", al frente de su famoso Afrika Korps, y creció como la espuma su popularidad en el mundo árabe, que le veía como el debelador de la Inglaterra colonial.
Rommel mostró su verdadera capacidad de mando cuando, derrotado por los británicos en El Alamein en octubre de 1942, tuvo que ordenar la retirada definitiva de sus fuerzas, porque Hitler le negó todo refuerzo, empeñado como estaba en el frente ruso. Ni siquiera la paranoia del dictador nazi, que le ordenó resistir a toda costa (el mismo empecinamiento que causaría poco tiempo después la catástrofe de todo el 6º Ejército alemán en Stalingrado), le impidió salvar los restos de su Afrika Korps en una ardua retirada de 1.250 kilómetros a través de áspero desierto, con sólo 38 vehículos acorazados de los 260 que poseía antes de su derrota, escaso de víveres y combustible. En quince días Rommel, hostigado de cerca por Montgomery, puso a sus soldados en Túnez, desde donde se replegarían luego a Sicilia. Fue la más brillante operación del incomparable general que, menos de dos años después, se vería obligado a suicidarse al descubrirse su implicación en el atentado contra Hitler de julio de 1944. De él pudo decirse con propiedad el viejo aforismo de que "los viejos soldados nunca mueren: simplemente se desvanecen...". La retirada se disfraza a veces de "repliegue", porque es una operación que debilita mucho la moral de las tropas que la ejecutan. No es lo mismo abandonar hacia adelante una posición en la que se ha combatido durante algún tiempo, que hacerlo hacia retaguardia. Para no desmoralizar a los combatientes, los estados mayores también la suelen llamar "rectificación de líneas", aduciendo que con ella se mejoran las cualidades de las posiciones propias, aunque curiosamente siempre se ejecuta hacia atrás, perdiendo terreno. Cosa parecida a lo que sucede cuando se anuncia un reajuste de precios en el ámbito comercial, pues suele implicar un aumento de los mismos y no una rebaja. Las tropas españolas ahora desplegadas en Irak habrán de retirarse inevitablemente algún día. Si se quiere efectuar esta operación en las mejores condiciones, es preciso pensar ya en ella y planificarla muy por anticipado. Podrá ser una retirada voluntaria o forzosa. En cualquier caso, sólo una consideración es esencial: la protección y la seguridad de las fuerzas implicadas. Tanto más cuanto que éstas no están empeñadas en el mandato constitucional de la defensa de España, sino simplemente ayudando a los ejércitos invasores de Irak, en una operación de más que dudosa legalidad y que hasta el presente cuenta con muy limitado apoyo internacional. Las retiradas no sólo tienen lugar en el ámbito militar. En una pelea callejera entre golfillos que se apedrean recíprocamente, el que avanza dirige todos sus sentidos hacia el rival, mientras que éste, si se retira, ha de dispersarlos: mira hacia adelante, para ver por dónde debe huir y dónde puede encontrar algún refugio que le permita rehacerse, y también hacia atrás, para intentar contener la aproximación del que le ataca y poder responder a sus golpes. Podría, pues, establecerse la conclusión de que la naturaleza de toda retirada debilita siempre al que la ejecuta y refuerza al rival. De ahí que conducirla con éxito sea doblemente meritorio. Pero hay otras retiradas muy complicadas, como las que implican pérdidas de poder, de influencia o de posición en el ámbito de la sociedad humana, política, económica o financiera. Cuando un director general abandona su despacho, retirándose, puede hacerlo voluntariamente o forzado por las circunstancias. En todo caso, ejecutar esa operación requiere mucha más habilidad personal que mantenerse en el cargo. También se ponen más en evidencia las imperfecciones y defectos del que, hasta entonces, estaba protegido por la adulación, el interés, el nepotismo, el clientelismo y toda esa vasta red de posiciones defensivas que el poder permite crear en torno a quien lo ostenta. Raras veces se retira uno voluntariamente del poder: el caso más evidente hoy día es el del Papado. Pero cuando eso ocurre, como sucede con el presidente del Gobierno de España y algunos destacados dirigentes de ciertos partidos políticos, pueden surgir situaciones imprevistas que conviene observar detenidamente. Retirarse a una segunda línea, desde donde se controla mejor el frente de contacto, puede ser una solución temporal. El desgaste de los combatientes en primera línea puede exigir, con el tiempo, la intervención de quienes están en reserva. Esto forma parte también del abecé de la táctica del combate en retirada. Las diversas operaciones de retirada que en el panorama de la política española se anuncian en un futuro inmediato permitirán añadir nuevos datos empíricos al estudio de esta interesante opción estratégica. Permanezcamos atentos a lo que pueda suceder, sin olvidar los principios esenciales de toda retirada. (*) Alberto Piris general de Artillería en la Reserva del Ejército español y analista del CIP-FUHEM. |
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