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La insignia
28 de septiembre del 2003


Matar al mensajero


__Especial__
EEUU en guerra
Adrián Mac Liman
CCS. España, septiembre del 2003.



Extraño mundo éste, en el cual el discurso triunfalista de los adalides de la nueva cruzada se entremezcla y confunde con el llanto de quienes difícilmente aguantan el yugo de la supuesta "liberación", en el cual el recién estrenado vocablo "democracia" coincide, curiosamente, con la adopción de medidas de corte totalitario. Extraño mundo, sí, en el cual se exige a los gobernantes de grandes potencias venidas a menos a apoyar un esfuerzo bélico impopular, una guerra desencadenada sin el consentimiento de las altas instancias internacionales, sin el respaldo de la opinión pública. Extraño mundo, que pretende convertir los fracasos político-militares de algunos estadistas en estrepitosas victorias en la lucha contra el Mal. De un Mal encarnado por otras razas, otras culturas, que los cruzados no dudan en condenar sistemáticamente, en demonizar a su guisa.

A comienzos de la pasada semana, mientras el presidente de la nación más poderosa del planeta se dirigía a los participantes en la Asamblea General de las Naciones Unidas solicitando fondos y carne de cañón para llevar adelante su ofensiva "pacificadora" en tierras de la antigua Babilonia, el mayor rotativo estadounidense, "New York Times", que había censurado la política de la Administración Bush en Oriente Medio, publicaba un artículo de opinión avalando la tesis de la "democratización" paulatina de la vida publica iraquí. Otro diario, no menos prestigioso, el "Washingon Post", convertido en heraldo de las tesis gubernamentales antes del inicio de la conflagración, expresaba sin embargo sus dudas frente a la incapacidad del Presidente de convencer a los líderes mundiales sobre la necesidad de unirse a su causa. En efecto, Bush se limitó a facilitar la versión obsoleta de sus motivaciones, sin molestarse en ofrecer contrapartida alguna a los potenciales socios que acudieron a la cita anual neoyorquina. Y ello, sabiendo positivamente que EEUU necesita dinero, mucho dinero, para mantener su presencia en Irak; que la coalición anglo-norteamericana debería duplicar los efectivos militares para controlar eficazmente la totalidad del territorio iraquí.

Hoy por hoy, el inquilino de la Casa Blanca parece descartar la posible devolución de la soberanía al pueblo de Irak. Tampoco se plantea seriamente la opción de ceder parcelas de poder a terceros o de asociar a las Naciones Unidas al proceso de transición.

Por otra parte, el Consejo Provisional de Gobierno iraquí, integrado en su gran mayoría por personalidades pro-americanas, dictó la pasada semana una serie de medidas poco populares, entre las que destacan el cierre de las delegaciones de las emisoras de televisión árabes Al Yazira y Al Arabiya en Bagdad. Las cadenas están acusadas de "incitación a la violencia" y de llevar a cabo "actividades irresponsables, que constituyen un peligro para la democracia y la estabilidad del país".

¿Un peligro para la democracia? No hay que olvidar que pocas semanas después de los atentados del 11-S, Bush le pidió al emir de Qatar que "corrija" la línea editorial de Al Yazira. Pero el príncipe, copropietario de la inusual empresa periodística, hizo oídos sordos, alegando su profundo respeto a la… libertad de prensa. Argumento éste, que no resultó ser del agrado del presidente de los Estados Unidos. La postura independiente de la emisora, su empeño en facilitar información alternativa a las masas árabes, sus contactos con todas las partes en el conflicto, su capacidad de tener acceso directo a los contrincantes de Bush: Osama Bin Laden o Sadam Husein, acabaron convirtiéndola en la pesadilla de Washington. Obviamente, había que matar al mensajero.

En este mundo extraño, que se rige por incomprensibles impulsos, las dos cadenas árabes cuentan con un inesperado defensor. Se trata del Comité para la Protección de los Periodistas, organización con sede en Nueva York, que califica de "sumamente inquietante" la reciente decisión del Consejo de Gobierno. Recuerdan los partidarios de la libertad de información que durante la era Sadam los iraquíes no tenían acceso a la información de fuentes extranjeras. La simple posesión de una antena parabólica constituía un delito contra la seguridad del Estado.

¿Matar al mensajero? Aparentemente, la decisión del Consejo Provisional de Gobierno contaba con el visto bueno del administrador estadounidense, Paul Bremer, garante de los valores democráticos de importación.

A finales de 2000, en el umbral del tercer milenio, el escritor libanés Amin Maalouf nos sorprendió con sus vaticinios, al afirmar que la humanidad se estaba encaminando hacia un nuevo tipo de sociedad, "con más libertad y menos democracia". Obviamente, se equivocó. Pero en este caso concreto, la culpa no la tienen Osama Bin Laden ni el 11-S.



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