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La insignia
8 de septiembre de 2003


Un mundo sin Arafat


__Especial__
La segunda Intifada
Adrián Mac Liman (*)
La Insignia. España, septiembre del 2003.


A finales de noviembre del 2001, los responsables de política exterior de la UE sorprendieron a propios y extraños al comentar que, tras la guerra de Afganistán y la erradicación de la red islamista Al Qaeda (¿?), Estados Unidos centraría sus esfuerzos en la solución del conflicto palestino-israelí. Aparentemente, la Casa Blanca tenía interés en acelerar el proceso llamado a desembocar en la creación de un Estado palestino. Pero, eso sí, de un Estado cuyo líder no sería el "corrupto y autoritario" Yasser Arafat.

Curiosamente, la tesis estadounidense era idéntica a las exigencias formuladas, desde septiembre del 2000, por la clase política israelí, empeñada en persuadir a la Administración Bush y a la opinión pública internacional de que Arafat no era un "interlocutor valido" o que el histórico líder de la OLP se podía vanagloriar de ser un "segundo Bin Laden". En efecto, a las virulentas críticas del seudopacifista Ehud Barak se sumaron los ya de por sí poco sorprendentes insultos de su viejo amigo y compañero de armas, Ariel Sharon. Lo cierto es que, en menos de un lustro, los dos ex generales reconvertidos a políticos lograron acabar con el espíritu y la letra de los Acuerdos de Oslo.

Huelga decir que el desmontaje del proceso de paz empezó en 1999, tras la victoria electoral del partido laborista, cuya plana mayor se había comprometido a retomar la senda del diálogo y la concertación abandonada por Tel Aviv cuatro años antes, tras la desaparición de Isaac Rabín.

¿Corrupto, Arafat? Ni más ni menos que cualquier otro estadista árabe "amigo" de Estados Unidos. Los argumentos esgrimidos en reiteradas ocasiones por Tel Aviv son una simple cortina de humo, que pretende disimular los verdaderos temores de las élites sionistas: la aceptación par parte de la comunidad internacional del derecho del pueblo palestino a la autodeterminación.

Curiosamente, la tesis de "un mundo sin Arafat" logró imponerse en el documento elaborado en 2002 por el pomposamente llamado Cuarteto de Madrid, versión moderna, cutre y multicéfala de la diplomacia del imperio. En este contexto, la dimisión del primer ministro palestino, Mahmud Abbas, aparece como la "crónica de una crisis anunciada". Una crisis que nada tiene que ver con el tono sensacionalista empleado por los expertos en manipulación o los comentaristas poco (o nada) conocedores de la realidad de Oriente Medio.

Para comprender las múltiples y variopintas reticencias de Arafat, conviene remontarse a las negociaciones palestino-israelíes de Oslo. A finales de 1992, cuando el entonces jefe de la delegación palestina en las consultas llevadas a cabo en la capital noruega, Mahmud Abbas (Abu Mazen), presentó a sus compañeros de la Ejecutiva de la OLP la lista de condiciones sine qua non elaborada por los interlocutores hebreos, los radicales consideraron que las exigencias de Tel Aviv superaban con creces el limitado margen de maniobra de la central palestina. Sin embargo, Abu Mazen encontró un inesperado aliado en Yasser Arafat, quien aceptó la propuesta, alegando que la OLP acabaría imponiendo "su" dinámica al proceso de paz. Se equivocó. Aun así, tras la firma de los Acuerdos de Oslo, confió a Abu Mazen, tecnócrata sin carisma, pero eso sí, su mano derecha en la OLP, el seguimiento del proceso, tarea que éste desempeñó de manera modélica.

Los roces entre el "rais" y su hombre de confianza son relativamente recientes: tienen como punto de partida los intentos de Ariel Sharon de aprovechar el aislamiento físico y, ante todo, político de Arafat en Ramala, para dialogar con personalidades palestinas "independientes". En la lista cuidadosamente filtrada por la presidencia del Gobierno israelí figuran tres nombres: se trata de Mahmud Abbas, Mohamed Dahlan y Ahmed Qrei (Abu Alá). Los tres se entrevistaron con el primer ministro Sharon o con miembros de su ejecutivo; los tres aparecen como "futuribles" en los documentos elaborados por las autoridades hebreas.

La apuesta de Tel Aviv por Mahmud Abbas (Abu Mazen), así como el aval de Washington a su candidatura para el cargo de jefe del Gobierno palestino, algo tiene que ver con sus innegables cualidades de político-eminencia gris y su "don" de aceptar el papel de subordinado en las negociaciones con Israel.

Por otra parte, el hecho de haberse empeñado en nombrar a Mohammed Dahlan, joven y ambicioso experto en asuntos de inteligencia y seguridad (léase represión), provocó los recelos de Arafat, que tiene sobradas razones para no confiar en este antiguo preso político, que pasó demasiado tiempo en las cárceles de alta seguridad israelíes. No hay que extrañarse, pues, de la decisión del "rais" de no entregar el mando de la totalidad de los servicios secretos (se calcula que hay unos 13, como en cualquier país árabe que se precia) en manos de Dahlan. El control por parte de éste de la infraestructura que vela por la integridad física de Arafat podría suponer, tal vez más a la corta que a la larga, la desaparición del presidente de la ANP y, con ella, del proyecto nacional palestino, no encarnado por los "futuribles" de Tel Aviv y de Washington.

En algo debemos coincidir con quienes señalan que la dimisión de Abu Mazen asesta un duro golpe a la llamada hoja de ruta. En efecto, la retirada del primer ministro palestino abre la vía a nuevos, impunes y mortíferos operativos bélicos por parte de Israel, como el perpetrado contra el jeque Ahmed Yasín, líder espiritual de Hamas, escasas horas después de la dimisión de Abu Mazen. ¿Y si, en definitiva, todo fuera una simple y tal vez deseada estratagema?


(*) Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)



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