| Colabora | Portada | Directorio | Buscador | Redacción | Correo |
|
|
|
| 26 de octubre del 2003 |
CCS. España, octubre del 2003.
Tres son, como poco, los datos que configuran el entorno de la Conferencia de Donantes que, en Madrid, debe tener a Irak como beneficiario y parece inequívocamente condenada al fracaso que a buen seguro se esconderá con un arrebato de retórica.
En primer lugar, en un escenario en el que buena parte de la población iraquí ve con malos ojos la presencia estadounidense en el país, ésta sigue careciendo de base legal alguna, y ello por mucho que Naciones Unidas se muestre cada vez más propicia a aceptar la ocupación como un hecho consumado. A finales de mayo, la ONU acató la presencia, con responsabilidades y obligaciones, de los contingentes militares foráneos, admitió que la explotación del petróleo iraquí quedase en manos de Estados Unidos y Reino Unido, procedió a nombrar un consejero especial para Irak y reclamó informes periódicos de los ocupantes. Aunque unos días atrás el Consejo de Seguridad parece haber dado un paso más en lo que respecta a un reconocimiento legitimador de la condición de los invasores, la violencia en lo que atañe al espíritu y a la letra de la Carta de Naciones Unidas sigue siendo evidente. En ese escenario, y en segundo lugar, el sentido común invita a reprobar la pedigüeña estrategia desplegada por Estados Unidos. Washington parece dispuesto a aceptar una mayor presencia de la ONU siempre y cuando la dirección efectiva de Irak no quede en manos distintas de las propias, y otros países se muestren inclinados a aportar soldados y recursos para la presunta reconstrucción posbélica. Parece obligado recordar que Estados Unidos rechaza de plano, sin embargo, cualquier proyecto que suponga alguna suerte de concesión en lo que atañe al control del petróleo iraquí y a la férula exterior ejercida sobre el país. En relación con esto último, Washington apuesta con claridad por crear varias bases permanentes que permitirían compensar la retirada de tropas que se registra en la vecina Arabia Saudí. La tercera observación: hay quien ha señalado que los costes de la operación militar en Irak, de la reconstrucción posbélica del país y del saneamiento de su industria petrolera están llamados a ser tan altos que a duras penas podrán compensarse con los beneficios allegados por esa industria. Admitamos que esto podría ser así y que es imaginable que -si la Conferencia de Donantes, como parece, es un fracaso- los ciudadanos norteamericanos se vean obligados a pagar la factura a través de sus impuestos o de una prolongación de la recesión. Mientras eso puede ocurrir, las grandes empresas estadounidenses del complejo industrial-militar, de la construcción civil y del petróleo se aprestan a obtener beneficios extraordinarios. Parece la aplicación de la vieja máxima: los beneficios se privatizan, en tanto las pérdidas se socializan. Entre esas empresas no faltan las próximas a dirigentes políticos como el vicepresidente de EEUU Cheney. El 8 de marzo, y por vía de urgencia, una filial de Halliburton consiguió un contrato clasificado relativo a la puesta en funcionamiento de pozos de petróleo. El 6 de mayo se supo que a la misma filial le había sido confiada la distribución de combustible. Las guerras de Afganistán y de Irak han permitido que Halliburton, que en 2002 declaraba pérdidas de 498 millones de dólares, pasase a exhibir beneficios de 26 millones en la primera mitad de 2003. Aunque, puestos a mencionar situaciones anómalas, lo suyo es recordar que el responsable inicial, y efímero, de la administración civil norteamericana en Irak, Jay Garner, era presidente en excedencia de una empresa, SY Coleman, que vendía al Pentágono tecnología de control de misiles: primero se procede a destruir lo que más adelante se reconstruirá, con el lucro consiguiente, desde un puesto de relieve. Agreguemos, en fin, que los primeros contratos de exportación de petróleo iraquí recayeron en una empresa estadounidense (Chevron Texaco), en compañías de países (España, Italia) que habían apoyado la acción militar de marzo y en una firma francesa que acaso se vio beneficiada por la progresiva recuperación operada en la relación bilateral entre Washington y París. |
|||