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| 17 de octubre del 2003 |
¡Todo el poder a la Convención europea!
José F. Cornejo
Ha sido verdaderamente una sorpresa ver cómo el proyecto de una Constitución Europea ha sido recibido con tan poco entusiasmo, y sobretodo con tanta miopía política, por parte de algunos partidos de la izquierda democrática europea. Obsesionados en buscar un espacio de oposición y protagonismo en sus luchas nacionales internas, se han mostrado incapaces de comprender, fría y desapasionadamente, qué es lo que está verdaderamente en juego en los próximos meses con el futuro de la construcción de la Unión Europea.
Como todo texto constitucional, el proyecto presentado por la Convención es evidentemente un compromiso y refleja objetivamente el estado de las relaciones de fuerzas que existen actualmente entre las diferentes corrientes políticas en la Unión, incluida la de los futuros estados miembros. Precisamente por ello, el proyecto de Constitución Europea es un éxito parcial en la medida que defiende el modelo social europeo y establece así las condiciones de posibilidad de una lucha política por un Europa más social, más ecológica, más democrática; capaz de cumplir un papel protagónico en los grandes desafíos que se le presentan actualmente a la comunidad internacional. Quienes pretenden ver en el proyecto de Constitución Europea "un instrumento al servicio del neoliberalismo y el militarismo", o simplemente la "Constitución Giscard" deberían echar una ojeada a lo que dicen sobre la Constitución Europea los "think tanks" neoliberales estadounidenses, como el American Enterprise Institute o el Cato Institute, sumamente influyentes en el gobierno de Bush. Si los europeos dudan, los neoconservadores estadounidenses no: sin ningún complejo, éstos avanzan en una reorganización del mundo y deciden sobre el destino de pueblos y naciones, de las organizaciones multilaterales (especialmente la ONU) y de la validez de la legislación internacional. En un artículo titulado "La nueva Constitución europea", del 11 de marzo del 2003, P. Basham y M. Tupy -del Cato Institute- comparan la Constitución de EEUU con el proyecto de la Convención Europea. A diferencia de la Constitución estadounidense, señalan que "la Constitución Europea está escrita en un lenguaje legal impenetrable y constituye una proclama políticamente correcta de insensateces burocráticas, empapada del ideológicamente confuso izquierdismo europeo de la posguerra". El documento europeo ignora la economía de libre mercado, afirman Basham y Tupy, quienes no encuentran una sola palabra sobre la protección de la propiedad privada y un compromiso con la libre empresa. Según los ideólogos del Cato Institute, el proyecto de Constitución tiene como único objetivo "practicar una socialdemocracia centralizada" que "incrementará inexorablemente el poder de la burocracia europea." En otro artículo del 2 de julio 2003, "Nota de adiós al socialismo", Marian Tupy se refiere al proyecto de Constitución como "el último suspiro del socialismo europeo" cuya única razón de ser es "controlar el poder de los Estados Unidos". Para los neoliberales estadounidenses y sus acólitos europeos lo que la convención debería haber hecho es simplemente traducir la Constitución de EEUU a los diferentes idiomas europeos, como la mejor manera de proteger la "libertad individual", "la propiedad privada", "la vida" y la "libre empresa"; en vez de perder su tiempo en proclamar el derecho a la "justicia social", el "pleno empleo", la "diversidad cultural" y la búsqueda del "desarrollo sostenible" con un nivel elevado de protección y mejora de la calidad del medio ambiente (Artículos 2,3,4 del Título I de la Definición y los Objetivos de la Unión.). El objetivo claro de los neoconservadores estadounidenses, que se preparan por todos los medios posibles a permanecer 4 años más en la Casa Blanca, es ver una Europa reducida a una zona de libre comercio y que una vez fracasados los diferentes intentos de unión política, las divergencias internas sobre la estabilidad financiera, los fondos de compensación y la política agrícola común, etc., provoquen la crisis del euro y generen las condiciones para el desmontaje progresivo de la Europa de Bruselas. Es éste el verdadero telón de fondo del debate de la Constitución europea. Es por ello que en la fase actual de discusión del Proyecto de Constitución en el seno de la Conferencia Intergubernamental (CIG), en donde se están desarmando aspectos democráticos esenciales del funcionamiento de las instituciones europeas, como la supresión del artículo 49/2 sobre la transparencia de los trabajos de las instituciones de la unión que decretaba que las sesiones del Parlamento como del Consejo de Ministros sean públicas cuando estos adopten propuestas legislativas, se necesitaba una movilización activa de los partidos democráticos y de la ciudadanía europea en general en defensa de la propuesta de la Convención. Algunas propuestas de revisión presentadas por algunos gobiernos suenan más a maniobras de diversión para hacer fracasar el Proyecto de Constitución que a otra cosa. El escenario de un entrampe y fracaso de la CIG sería un golpe muy duro para la construcción de la Unión Europea de la que dudo mucho que se pueda levantar. Debemos por ello lanzar todas nuestras fuerzas en esta batalla y exigir una actitud responsable a la altura de los desafíos de la historia al conjunto de las fuerzas políticas y de la sociedad civil que aspiran a una verdadera Unión Europea. Si la CIG fracasa, exijamos a la Convención Europea y al Parlamento Europea, en tanto instancias que expresan hoy en día la forma más legítima de la soberanía popular de los ciudadanos europeos, que sean ellos los que convoquen un referéndum europeo sobre la futura constitución sometiendo a la consulta popular el Proyecto aprobado por la Convención. Que los ciudadanos de los 25 países decidan democráticamente sobre la Europa que desean. ¡Todo el poder a la Convención Europea y al Parlamento Europeo! ¡Sí a la Constitución Europea! Bruselas, 16 de octubre del 2003. |
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