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La insignia
8 de octubre de 2003


Unipolaridad: ¿Realidad, o autoimposición?


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EEUU en guerra
Augusto Zamora R. (*)
La Insignia. España, 8 de octubre.



Se ha hecho lugar común hablar de mundo unipolar. De igual modo que ocurre con la mal llamada globalización, pocos parecen dispuestos a poner en duda lo que, según los datos y hechos más visibles, parece inobjetable. EEUU, país vencedor de la guerra fría, es hoy la única superpotencia mundial y el país en torno al cual gira el mundo. Pero, ¿es esto una realidad o responde a una construcción ideológica? ¿Es, efectivamente, EEUU el único polo de poder o su hegemonía responde a una suma de hechos circunstanciales que desaparecerán en los próximos años y décadas? Es decir, ¿reúne EEUU las condiciones intrínsecas para dominar el mundo o su hegemonía actual es más efecto de la inercia de los hechos que derivación de un poder objetivo? Intentaremos dar respuesta a estas preguntas.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, EEUU fue beneficiario pasivo de las guerras entre las grandes potencias europeas. País volcado hacia sí mismo y con escasa proyección exterior, capitalizó con eficacia admirable aquellas guerras, multiplicando su riqueza, poder y territorio. Las guerras napoleónicas hicieron crecer la demanda de productos agrícolas norteamericanos, provocando un boom exportador que permitirá, en las décadas siguientes, la industrialización del país. La extensa Luisiana fue vendida por Napoleón tras frustrar la marina británica su intento de rehacer el imperio colonial. La Florida cayó como resultado de las guerras de independencia americanas. Alaska fue adquirida por obstinación rusa, cuyo gobierno recurrió al sobornó para convencer al gobierno de EEUU de adquirirla. El caos mexicano puso en sus manos Tejas y la mitad del territorio de ese país. La ceguera española en Cuba, finalmente, servirá en bandera un imperio colonial, de Filipinas a Puerto Rico, posiblemente el imperio que con menos costo haya obtenido potencia alguna.

Durante la Primera Guerra Mundial, EEUU comerció con los bloques en lucha y no entró en guerra hasta meses antes de su final. Su comercio con el bloque británico pasó de 824 millones de dólares en 1914 a 3.215 millones en 1916. Sus ventas a las potencias centrales pasaron de 169 millones a 3.214 millones en el mismo periodo. Las tropas de EEUU entraron en Francia en junio de 1918 y Alemania, agotada y sin reservas, se rindió en noviembre de ese año. EEUU combatió cuatro meses y perdió en total menos soldados que franceses o alemanes en una única batalla. De 115.000 muertos, sólo 50.000 lo fueron en combate. El resto murió por enfermedades. Europa quedó en ruinas y endeudada con EEUU, cuyo PIB pasó de 33.000 millones de dólares en 1914 a 72.000 millones en 1920.

La Segunda Guerra Mundial obligó a EEUU a un esfuerzo mayor y más temprano, pero, aún así, le dejó inmenso beneficios. Bastó que la guerra empezara para que su producción industrial aumentara un 20%. En abril de 1940 había superado el nivel existente en 1929, cuando la Gran Depresión. Al concluir el conflicto, los muertos de EEUU no llegaban a 300.000 soldados, un tercio de las bajas soviéticas en Stalingrado. Era el único país cuyo territorio no había sufrido ningún daño. Su marina mercante significaba el 66% del tonelaje mundial y su superávit comercial era, en 1945, de 40.700 millones de dólares. Europa, en cambio, estaba destruida. La producción industrial había descendido más de un 40% y la agrícola hasta un 50%, además de despertar a la paz ahogada en deudas. El Plan Marshall acrecentó esta riqueza y llevó al establecimiento de empresas norteamericanas en Europa, acta de nacimiento de las transnacionales. Y con Marshall la OTAN, organización que tradujo a términos militares la hegemonía política y económica de EEUU en la región.

La expansión mundial de EEUU fue, hasta ese momento, un proceso que arrojaba ganancias sin cesar. En Iberoamérica, donde la guerra había dejado importantes beneficios, EEUU impuso un sistema de libre comercio que, dada la inmensa asimetría comercial e industrial, hizo que los países pasaran de unas reservas de 3.340 millones de dólares a quedar endeudados con EEUU. Ahí el origen de la deuda externa que sigue pagando hoy.

Otro factor a considerar es que EEUU nunca se ha enfrentado, solo, a adversarios de entidad equivalente. La expansión territorial -su mitificada y hollywoodizada conquista del Oeste- fue el primer genocidio planificado de la era moderna. Siguieron México, sumido en el caos, y una rezagada España, derrotada en 1898. Luego Cuba, Haití, Nicaragua, Panamá... La participación de EEUU en la I Guerra Mundial fue simbólica y en la II Gran Guerra, aunque con una implicación mucho mayor, participó con aliados tan poderosos como la URSS, que sola quebró el espinazo del poder nazi. Japón era un enemigo menor que, además, debía combatir contra chinos, coreanos, vietnamitas, filipinos e ingleses.

No hubo guerra contra la URSS, para fortuna del mundo, aunque sí dos conflictos en los que EEUU debió combatir contra China e, indirectamente, la URSS. En Corea, en 1951, las tropas norteamericanas casi fueron expulsadas de la península por el ejército chino. La guerra quedó en tablas, mostrando la impotencia de EEUU, que no había podido vencer a la recién creada República Popular. La guerra de Vietnam es lo bastante conocida para comentarla. Las imágenes de los tanques vietnamitas en Saigón lo dijeron todo.

EEUU no tiene, por tanto, experiencia bélica en solitario contra poderes similares. Tampoco experiencia como país imperialista en el sentido tradicional. Grecia se enfrentó a Persia; Roma a Cartago; España a Francia y Gran Bretaña y éstos se pasaron guerreando siglos. Alemania combatió contra grandes coaliciones. Rusia igual. EEUU, en cambio, no sólo ha carecido de tales envites sino que ha sido el gran beneficiario de las sucesivas debacles de las potencias europeas, la última la URSS. Hasta fecha reciente, el modus operandi iniciado hace casi 200 años ha funcionado como una máquina aceitada y a punto.

Hasta hace pocos años. La guerra fría fue un gasto compartido por las potencias occidentales, de Noruega a Japón. La Primera Guerra del Golfo fue realizada por EEUU al frente de una coalición de 50 países, con fondos aportados por una decena de ellos. La agresión contra Yugoslavia fue obra de la OTAN, que corrió con el gasto. En Afganistán la situación cambió. Aunque abaratada por el apoyo ruso y europeo, es una guerra pagada por EEUU. La agresión contra Iraq fue a peor. Debe ser pagada enteramente por EEUU, con un mínimo aporte británico. Son, claramente, guerras deficitarias que ni siquiera podrá resarcir el petróleo iraquí, habida cuenta el enorme daño sufrido por ese país (50.000 millones de dólares, dice el Banco Mundial) y la necesidad que tendrá EEUU de mantener ocupado Iraq por mucho tiempo. Una ocupación costosa (4.000 millones de dólares al mes) que se parece cada día más a la de Líbano por Israel, que ya sabemos lo que costó y cómo acabó.

Puede decirse que EEUU ha pasado por cuatro etapas de imperialismo. La primera es un imperialismo vecinal de beneficios absolutos, que va desde su independencia hasta 1898, etapa en la que alcanzó los niveles de expansión territorial, industrialización y capitalización de beneficios que le convertirán en gran potencia. Una segunda etapa es de un imperialismo económico de beneficios netos, que va de 1898 hasta la II Guerra Mundial, cuando EEUU no parece interesado en convertirse en un poder mundial protagonista, sino en consolidar y expandir su poder económico y financiero. La II Gran Guerra abrirá una tercera etapa, que puede calificarse imperialismo mundial deficitario, habida cuenta que, como acontecerá en la guerra de Corea y, sobre todo, en la de Vietnam, la economía de EEUU se verá afectada por la necesidad de mantener el pulso con la URSS.

El derrumbe soviético abrirá una cuarta y actual etapa, en la que EEUU aparece como vencedor absoluto de la Guerra Fría y única hiperpotencia planetaria. Aunque sea paradójico, EEUU ha entrado en una etapa de imperialismo militar de pérdidas netas, por cuanto, por vez primera en su historia, debe consumir cantidades ingentes de recursos propios para mantener su status de hiperpotencia hegemónica, con menguados beneficios económicos y políticos. Sus dos últimas aventuras militares, Afganistán e Iraq, han tenido que salir de sus contribuyentes, sin que las ganancias aparezcan por ninguna parte, a menos que se asuman como tales la ocupación de esos países y la creciente guerra de guerrillas, que cobran al ocupante un algo costo económico y humano. Dado su notable descrédito político, este imperialismo militar de pérdidas netas tenderá a aumentar por causas varias.

La primera de ellas es que EEUU ya no es la primera potencia industrial y comercial del mundo, puesto que ocupa la UE y que se irá reforzando a medida que ingresen nuevos países. Como señala Emmanuel Todd, la estadounidense se ha convertido en una economía dependiente del resto del mundo, como muestran las cifras. El presupuesto federal pasó de un superávit del 2,3% en 2000 a un déficit del 2,3% a finales de 2002, hasta dispararse a 500.000 millones de dólares en 2003. El ahorro interno ha caído del 5% de mediados de los 90 a un mínimo histórico del 1,3%. Al carecer de ahorro interno, EEUU necesita absorber el ahorro excedentario extranjero, incurriendo en un gran déficit por cuenta corriente. Una situación que agravará la drástica reducción de impuestos hecha por Bush, que acrecentará los beneficios del 1% más rico, al costo de reducir programas sociales e infraestructuras.

Es en el campo militar convencional donde EEUU no tiene rivales. Su presupuesto de 4600000 millones de dólares, el 45% del gasto mundial, es imposible de igualar. El problema es que tanto gasto tiene escasa utilidad práctica. Si aceptamos como cierta la afirmación de que el terrorismo es la principal amenaza para EEUU, tanques y aviones no sirven para combatirlo, como Israel sabe muy bien. Si se trata de países enemigos, su estrategia no parece alcanzar los objetivos propuestos. EEUU derrocó al gobierno talibán pero su control del país no pasa de Kabul y la guerra sigue. Unos 200 soldados han muerto desde la derrota de los talibán. En Iraq la guerra de guerrillas ha causado más bajas que la guerra misma y seguirá. ¿Cuánto tiempo aguantará EEUU el goteo, tomando en cuenta su aversión a sufrir bajas? ¿Cuánto tiempo más aguantará su economía sin hacer crisis?

El cambio de política hacia NNUU es, quizás, la prueba más evidente de que, entre los escasos sectores sensatos que hay en el gobierno Bush, existe el convencimiento de que EEUU, sólo, no puede controlar la situación en Iraq y, menos todavía, el infierno que hay en Oriente Medio. Bush ha pedido 87.000 millones de dólares para "terminar de ganar" la guerra en Iraq, pero quiere que otros países cubran parte sustantiva del costo económico y humano, para aliviar una carga que le ha resultado excesiva. En este panorama incierto, solamente el sector del petróleo y el complejo militar-industrial son los beneficiarios del despilfarro y la inseguridad mundial abierta por el militarismo rampante del gobierno Bush. El peligro de la vorágine militarista es que la derecha que gobierna EEUU, para intentar mantener al mundo bajo su diktat sin provocar crisis internas o revueltas externas, necesita perentoriamente mantener al país y al mundo en un permanente estado de guerra, en el más puro sentido orwelliano. La guerra será la paz y la opresión la libertad. De ahí la necesidad de que existan Estados canallas y de mantener viva la histeria sobre la amenaza terrorista.

El problema real para EEUU no es ese grupo de países pobres, aislados y débiles a los que reduce a parias. Su problema es qué hará cuando Rusia y China, la una recuperada de los desastres de Yeltsin y la otra habiendo alcanzado el nivel de poder que construye con paciencia asiática, reclamen el sitio que les corresponde. EEUU no podría ir a la guerra contra ellas sin destruir el mundo ni desafiarlas en sus áreas de influencia. La permanencia en Afganistán depende de la bondad rusa, como se demostró en 2001. Si esa bondad desaparece, su situación devendría precaria y costosa. El otro problema es el euro. Si una parte cada vez mayor del ahorro mundial se hace en la divisa europea, ¿cómo financiará EEUU su crónico déficit y su despilfarro militar? ¿Recurrirá a la guerra económica para destruir a la UE? ¿Utilizará a sus aliados de la nueva Europa para dinamitar a la UE?

Detrás de la aparente omnipotencia de EEUU se mueven fuerzas poderosas, unas que son obvias para quien las quiera ver, otras que apenas se vislumbran y unas que están esperando agazapadas. Europa (y el mundo) debería echar números y hacer cuentas y entender que avalar sin más a EEUU en su imperialismo militar de pérdidas netas puede generar un conflicto interminable, mezcla de fanatismo religioso, crisis económica, geopolítica decimonónica y fascismo light. Como decía Henry Kamen desde estas mismas páginas, "la preservación del imperio español [se debió a] la general inclinación de todas las potencias". La hiperpotencia norteamericana es tal por la inclinación general de los otros poderes mundiales. Pero como ocurrió con España, será una hegemonía efímera. La pregunta es el precio que pagará la humanidad para un mundo multipolar y más seguro.


(*) Augusto Zamora R. es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid (España). Correo electrónico: a_zamora_r@terra.es

[Nota: El presente artículo es una versión extendida del texto que publicará hoy el diario español El Mundo]



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