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| 23 de noviembre del 2003 |
CCS. España, noviembre del 2003.
El gobierno de Bush ha encontrado un nuevo objetivo de guerra preventiva y no se trata de Irán, Siria o Corea del Norte; al menos, no todavía. Antes de lanzarse a una nueva aventura en el exterior, el equipo de Bush tiene una tarea doméstica de la que ocuparse: barrer con las díscolas ONG que predisponen a la opinión pública internacional contra las bombas y la imagen de Estados Unidos. La guerra contra las ONG se desarrolla en dos frentes. Por un lado, se compra el silencio y la complicidad de los principales grupos humanitarios y religiosos ofreciendo contratos de reconstrucción muy lucrativos. Por otro lado, se margina y se acusa a las ONG más independientes de constituir una amenaza para la democracia.
La Agencia para el Desarrollo Internacional (AID) de Estados Unidos tiene la tarea de mostrar las zanahorias y el American Enterprise Institute, el gabinete estratégico más poderoso de Washington, propina los garrotazos. Para los trabajadores humanitarios, la dependencia de los dólares estadounidenses es aún mayor. La AID le dijo a varias ONG que habían firmado contratos de ayuda humanitaria que no podían hablar con los medios de comunicación; todo lo que pregunte la prensa debe pasar primero por Washington. Las mejores ONG son leales a su causa y no a un país. No temen oponerse a sus propios gobiernos: alcanza con recordar el enfrentamiento de Médicos Sin Fronteras con la Casa Blanca y la Unión Europea por los medicamentos que precisaban los enfermos de SIDA, o la campaña de Human Rights Watch contra la pena de muerte en Estados Unidos. Pero no se puede esperar una actitud de ese tipo por parte de los grupos de ayuda humanitaria que trabajan en Irak. Hoy, lo que se espera de las ONG es que se limiten a entregar paquetes de ayuda con una gran etiqueta que diga "esto se lo envía Estados Unidos", gracias a una asociación de empresas públicas y privadas, como Bechtel y Halliburton, claro. Ese es el mensaje de la ONG Watch, un portal en Internet del American Enterprise Institute y de la Federalist Society for Law and Public Policy Studies, que centra su atención en la creciente influencia política del sector sin fines de lucro. El propósito explícito del portal es "brindar claridad y responsabilidad al floreciente mundo de las ONG". En realidad, se trata de una lista negra de estilo macartista donde figuran todas las ONG que se atreven a hablar contra las políticas del gobierno de Bush o que apoyan acuerdos internacionales a los que se opone la Casa Blanca. A la hora de las influencias, pocos son tan expertos como el American Enterprise Institute, que encuentra la manera de lograr que hasta las ideas más descabelladas se conviertan en políticas del gobierno de Bush. Pero no debería extrañar que eso ocurra, ya que Richard Perle, miembro y ex presidente de la Junta de Política de Defensa del Pentágono, es integrante del Instituto, junto con Lynne Chenney, la esposa del vicepresidente de Estados Unidos. El gobierno de Bush está lleno de ex miembros del American Enterprise Institute. En otras palabras, el Instituto es algo más que un centro de investigación, es el cerebro externo de Bush. Este ataque a las organizaciones sin fines de lucro es señal de una nueva doctrina Bush: las ONG no deberían ser más que el ala caritativa y de buen corazón del gobierno, encargadas de hacer la limpieza luego de guerras y hambrunas. Su trabajo no debería consistir en buscar el modo de evitar esas tragedias, ni en buscar soluciones políticas. Y, ciertamente, no deberían unirse a movimientos contrarios a la guerra y al libre comercio, que presionan por un verdadero cambio político. Esta vez, los fanáticos del control de la Casa Blanca se han superado a sí mismos. Primero, intentaron silenciar a los gobiernos que critican su política exterior comprándolos con paquetes de ayuda y acuerdos comerciales. Luego, se aseguraron de que la prensa no hiciera preguntas difíciles durante la guerra exigiendo control editorial a cambio de dar acceso a los periodistas. Y ahora, intentan convertir a los trabajadores humanitarios de Afganistán e Irak en agentes publicitarios de la marca Estados Unidos. Se suele acusar al gobierno estadounidense de ser "unilateralista", pero no creo que ese adjetivo sea adecuado. Puede ser que Bush trate de hacer todo solo y a su manera, pero lo que realmente desea es contar con legiones de seguidores con buena disposición para la autocensura, desde gobiernos extranjeros hasta periodistas nacionales y ONG internacionales. No estamos hablando de un lobo solitario, sino de un perro pastor. La pregunta inevitable es: ¿qué ONG harán de ovejas? |
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