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La insignia
18 de noviembre del 2003


De helicópteros y guerrillas


__Especial__
EEUU en guerra
Alberto Piris
Estrella Digital. España, noviembre del 2003.



Lograr que un helicóptero se mantenga en el aire y vuele según los deseos del piloto es un ejercicio de equilibrio no muy distinto al del artista circense que, erguido sobre una bola que mueve bajo sus pies, pasa sobre los obstáculos de la pista. No parece que sea así para quien desde tierra contempla las seguras evoluciones de la aeronave, y tampoco para los que en ella viajan, ajenos a los principios físicos en los que se basa el vuelo de estos ingeniosos vehículos.

Capaces de avanzar en cualquier dirección, mantenerse inmóviles en el aire y, lo que es más importante, despegar y aterrizar en muy poco terreno, su manejo es el resultado de varios equilibrios contrapuestos que la menor disrupción convierte en catástrofe.

Aunque se habla del origen español del helicóptero, conviene recordar que el autogiro de Juan de la Cierva que voló en 1923 se basaba en un principio físico distinto al de los actuales helicópteros. En uno de éstos, las palas del rotor cumplen a la vez las funciones de las alas y las hélices de un avión, y sostienen e impulsan a la aeronave con la dirección y velocidad deseadas. En el aparato diseñado por el ingeniero español, el rotor, reemplazando a las alas de un avión, sólo sostenía pasivamente el vuelo que propulsaba una hélice ordinaria. Se suele llamar a los helicópteros "aeronaves de ala rotatoria", para diferenciarlos de los aviones "de ala fija".

En cualquier caso, y sin entrar en detalles técnicos, ocurre que, para que un helicóptero pueda volar de modo estable, es preciso compensar la tendencia del fuselaje a girar en sentido contrario al rotor, lo que le haría voltear como una peonza. Ése es el cometido del pequeño rotor de cola, la hélice transversal que se ve en muchos helicópteros; no en los de doble rotor, donde el giro de las palas delanteras se compensa con el de las traseras.

Aparece así un punto débil que puede causar el derribo del helicóptero en el momento en que un disparo de una arma ligera rompa una de las paletas del rotor de cola: el helicóptero se pone a girar incontroladamente y acaba estrellándose, sin que a sus ocupantes les quepa siquiera la posibilidad de lanzarse en paracaídas. En una avioneta cuya hélice ha sido deteriorada por un disparo, se puede parar el motor e intentar tomar tierra planeando; es también posible servirse del paracaídas. En el helicóptero no cabe utilizar estos remedios de urgencia.

Hasta la fecha, cinco helicópteros de EEUU han sido abatidos sobre Irak. Uno de tipo Chinook (helicóptero pesado de dos rotores, para transporte de carga y personal) y cuatro de tipo Black Hawk, el más avanzado helicóptero de combate en la actualidad. En todos los casos se ha comprobado la intervención de fuego terrestre de armas portátiles o misiles ligeros. En el último incidente, un Black Hawk que perdió el control por un disparo, chocó además con su pareja, estrellándose ambos.

Pero las operaciones militares en Irak requieren el uso de estas aeronaves, pues permiten mayor rapidez que los desplazamientos terrestres, que además de lentos pueden ser objeto de emboscadas. Sin embargo, la vulnerabilidad de los helicópteros ya se apreció durante la invasión de Irak, cuando una ofensiva prevista de las unidades de "caballería aérea" -así se llaman las fuerzas de ataque con helicópteros (recuérdese Apocalypse Now)- hubo de ser suspendida por la actividad del fuego antiaéreo ligero iraquí.

Las potentes columnas del ejército imperial francés que irrumpieron en España durante la Guerra de la Independencia sufrieron muchos descalabros frente a la actividad de grupos guerrilleros peor armados y mal organizados, hasta el punto de dificultar seriamente sus operaciones. También en Irak se muestra cómo el más poderoso ejército del mundo, provisto de la máquina militar mejor equipada que han conocido los tiempos, acaba enfrentado al problema esencial: cada vehículo, helicóptero o carro de combate, por sí solo, puede ser un objetivo al alcance de una guerrilla que jamás se enfrentaría directamente al ejército invasor.

Se llega así al eterno problema de las fuerzas ocupantes: no pueden hacerse invulnerables y la guerrilla sólo aspira a producir en ellas un constante goteo de víctimas. Teniendo en cuenta que, como hoy ocurre en Irak, las percepciones tienen más importancia política que militar, la guerrilla busca así objetivos políticos. ¿Cuánto puede resistir el Gobierno de Bush una situación de bajas militares casi continuas, a medida que se aproximan las elecciones presidenciales? ¿Es compatible la repetida proclamación oficial del éxito de la invasión con la reiteración de ataques guerrilleros o terroristas? ¿Le bastará a Washington seguir culpabilizando a los medios de información de que distorsionan la verdad, para contener la creciente impaciencia de la opinión pública?

Los mandos militares de EEUU anuncian una revisión de sus tácticas de empleo de los helicópteros, para reducir tan ostensibles y desmoralizadoras pérdidas. Poco podrá hacerse, salvo evitar el vuelo bajo sobre zonas no seguras. Pero ocurre que la mayor parte del territorio invadido sigue siendo muy inseguro, tanto para los soldados terrestres como para los helicópteros. Puesto en el atolladero, Bush solo parece aspirar a salir de Irak con el mínimo deterioro político posible y salvando la cara de los ejércitos. De ahí los nuevos bandazos de la Casa Blanca, sugiriendo ahora una pronta restauración de la soberanía al pueblo iraquí, lo que si se hace de forma apresurada e irreflexiva puede empeorar todavía más la situación.

Parece muy difícil que Bush y los gobiernos que tan ciegamente le apoyaron sean capaces de reconocer que sus errores del pasado han conducido a la actual situación. Habrá que aceptar su estúpida cerrazón y, por encima de su altanera soberbia, buscar el modo de salir del embrollo en el que de modo tan absurdo nos han enredado. Ni helicópteros ni guerrilleros resolverán por sí solos esta situación. Es, una vez más, la hora de la diplomacia internacional y de Naciones Unidas.


(*) Alberto Piris es general de Artillería en la Reserva del Ejército español y analista del CIP-FUHEM.



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