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La insignia
16 de noviembre del 2003


Caos en Georgia


Juan Carlos Galindo
Agencia de Información Solidaria (AIS). España, noviembre del 2003.



Dos semanas después de las elecciones legislativas, celebradas en Georgia el pasado 2 de noviembre, la situación es extremadamente inestable. En la capital, Tbilisi, las manifestaciones continúan y la tensión crece a medida que pasan los días. La oposición acusa al presidente Eduard Shevardnadze de falsificar los resultados de las elecciones y exige la repetición de los comicios y la dimisión del septuagenario dirigente. La Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE), Estados Unidos y Rusia critican unos comicios a todas luces fraudulentos y temen una crisis de efectos impredecibles para Asia Central, una zona de importancia esencial en la nueva geopolítica mundial. Los últimos datos aportados por la Comisión Electoral Central, aún con la sombra del fraude, no dan más del 20 por ciento de los votos a Nueva Georgia, el partido del presidente Shevardnadze, que sería en todo caso la coalición más votada.

La crisis que afecta a esta ex República Soviética entraña una serie de implicaciones en las que la corrupción, la inestabilidad, el petróleo y el gas y las tensiones políticas se mezclan en un cóctel explosivo. Sin embargo, es imposible analizar lo ocurrido sin entenderlo dentro de un contexto regional, en el que Rusia y Estados Unidos juegan un papel esencial.

Tanto el gobierno de Vladimir Putin como la administración Bush no tardaron en mostrar su preocupación retórica por la evidente violación de las normas básicas de la democracia. Sin embargo, ninguna de las dos potencias retiró su apoyo explícito al presidente Shevardnadze. Es más, personalidades políticas de la talla del senador John Mc Cain o los ex Secretarios de Estado James Baker y Strot Talbot expresaron su apoyo al gobierno actual.

La razón es sencilla: Estados Unidos ha de jugar sus cartas en el reparto de las ingentes riquezas energéticas de la región. Una extensión de la inestabilidad (el gobierno central hace tiempo que perdió el control efectivo de dos terceras partes del país) o la caída del régimen de Shevardnadze pondría en peligro el oleoducto TBC. Este proyecto pretende construir un oleoducto desde Bakú, capital de Uzbekistán, hasta el puerto turco de Ceyhan, pasando por Georgia. Su construcción cuesta 3.500 millones de dólares y recorre 1.760 kilómetros en una de las zonas más conflictivas del planeta. De esta manera se daría salida al petróleo de Azerbaiyán y Kazajstán (cuyas reservas son superiores a las existentes en el Mar del Norte) sin pasar por Irán. En 2005 se pretende transportar un millón de barriles al día. El proyecto, de un enorme impacto ambiental, se completaría en 2007 con la construcción del gasoducto paralelo de Shah Deniz. De esta manera, Estados Unidos pretende romper con el monopolio de facto del que gozan los gigantes rusos de la energía. Y es ahí donde se encuentra la clave para explicar la postura estadounidense en la actual crisis y el acuerdo militar firmado con el gobierno georgiano en la primavera de 2003.

Georgia también ganaría con este proyecto: se calcula que, cuando esté terminado, el oleoducto reportará a la república caucásica más de 1.000 millones de dólares en inversiones y 580 millones de dólares anuales por derechos de tránsito. Un dato refleja los beneficios del proyecto: desde el inicio de la construcción del oleoducto, el Producto Interior Bruto del país subió un 8,6 por ciento. Sin embargo, la sociedad civil se ha movilizado en contra de su construcción. La razón: en un régimen infinitamente corrupto, los beneficios económicos quedarán en unas pequeñas elites -herederas directas de la era soviética- y la población sólo sufrirá los perjuicios y destrozos.

Rusia, por su parte, ha desarrollado una estrategia agresiva que le permite controlar el mercado energético de Georgia. La corrupción endémica y una organización prehistórica del sistema energético y económico de la pequeña república han facilitado la tarea a las empresas rusas. Además, la condonación de deudas contraídas durante la época soviética ha sido utilizada como moneda de cambio. Así, el monopolio público ruso de electricidad controla el 75 por ciento de la red eléctrica georgiana y durante el pasado mayo, Gazprom -el gigante ruso del gas- firmó un acuerdo con las autoridades de Georgia por el que adquiría una posición dominante, casi exclusiva, dentro del mercado nacional.

Con el apoyo de dos gigantes que se juegan mucho en el envite, sólo queda por ver si Shevardnadze supera la crisis con éxito. Por el momento, las conversaciones con los representantes de la oposición han fracasado y la crisis continúa. Shevardnadze, viejo miembro de la nomenclatura soviética (fue ministro de Exteriores con Mijail Gorbachov) y dirigente de la república de Georgia desde hace más de treinta años, se ha negado a dimitir. Sólo ciertas alianzas con otras fuerzas políticas le permitirían mantener la mayoría en el parlamento. El pacto más factible se llevaría a cabo con la Unión Georgiana por el Renacimiento de la Democracia, partido de tradición autoritaria. Su dirigente es Aslán Abashidze, dueño y señor de la provincia de Ajaria, al sureste del país, y a quien los analistas independientes apuntan como ganador de las elecciones.

Enfrente del Gobierno, una oposición tan dividida como dispar en sus objetivos. Las protestas son dirigidas por el radical Mijail Saakashvilli, presidente del Movimiento Nacional, partido de extrema derecha. Según los datos oficiales obtuvo el 19 por ciento de los sufragios en las pasadas elecciones (aunque otros sondeos elevan su resultado por encima del 20 por ciento de los votos). Ex pupilo del presidente Shevardnadze, este joven de 35 años, que ya fue ministro de Justicia, pretende hacerse con el poder a toda costa. Y para ello no duda en provocar una confrontación que bien puede terminar en guerra civil. Es ese radicalismo el que ha alejado de las protestas a gran parte de la oposición (fragmentada en pequeños partidos como la Industria Salvará a Georgia, Nueva Derecha o los laboristas). Sólo el Bloque Democrático (quinta fuerza electoral del país y que ya ha anunciado su rechazo a participar en el nuevo parlamento) permanece con Saakashvilli.

Todo apunta a que si Shevardnadze supera la crisis, aprovechará la tensión y los enfrentamientos -provocados por el descontento generalizado pero manipulados después por el Movimiento Nacional- para iniciar una nueva represión contra los medios de comunicación independientes, oposición y ONG. La constitución prohíbe al presidente presentarse a las elecciones de 2005. Queda por ver si esta lucha corresponde a un deseo de Shevardnadze de modificar la constitución y perpetuarse en el poder, maniobra para la que necesitaría la mayoría en el parlamento. Rusia y Estados Unidos lo verían con buenos ojos. Tampoco les importaría el advenimiento de cualquier otro aventurero, dictador o sátrapa. La única condición es el mantenimiento de cierta estabilidad. No son ni la democracia ni los derechos humanos lo que está en juego. La apuesta es mucho mayor.



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