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La insignia
15 de noviembre del 2003


Los nuevos cruzados


__Especial__
EEUU en guerra
Alberto Piris (*)
CCS. España, noviembre del 2003.



Las declaraciones embarazosas de quienes ocupan posiciones relevantes en un país suelen producir, al menos, dos consecuencias: la destitución fulgurante del verbalmente imprudente o la ocultación oficial de lo públicamente manifestado. Tanto en un caso como en otro, el resultado sirve para valorar la fortaleza del Gobierno que tiene que afrontar el incidente. El teniente general Boykin, del Ejército de EEUU, con una brillante carrera en las Fuerzas Especiales y actual secretario adjunto de Defensa para la Inteligencia (los servicios militares de información y espionaje) simultanea sus actividades profesionales con las religiosas en el seno de la Iglesia Cristiana Evangélica.

Cabría esperar que tan distinguido militar hubiera seguido algun curso de Interpretación Fotográfica - materia esencial en cualquier servicio de inteligencia - que le capacitase para identificar una mancha oscura de una fotografía aérea, obtenida en Somalia, como un borrón o un defecto de revelado. Pero la fe pudo en él más que la técnica, el pasado mes de octubre. Boykin, señalando la mancha a los fieles que le escuchaban reverentemente, dijo: "He aquí vuestro enemigo, que no es Osama Ben Laden, sino el Príncipe de las Tinieblas". Se lo puso difícil a su jefe, Donald Rumsfeld, porque el Pentágono tendrá que guiarse ahora por los manuales de exorcismos en vez de los reglamentos tácticos del Ejército. El teniente general aclaró la nueva táctica anti-infernal, añadiendo: "Ese enemigo espiritual solo será derrotado si avanzamos contra él en el nombre de Jesucristo, rezando por nuestra nación y sus dirigentes".

A pesar de que algunas voces se han alzado contra tan extravagante militar, que ostenta un cargo de responsabilidad en lo que - según Bush - es tiempo de guerra, el general Boykin sigue en su puesto porque, como comentó la revista "Newsweek", el Gobierno no desea convertir en mártir a un individuo que se describe a sí mismo como soldado cristiano en marcha hacia el combate, y prefiere ignorar el asunto. Incluso a pesar de que Boykin, con sorprendente sinceridad, interpeló a sus seguidores, refiriéndose a Bush: "¿Por qué está ese hombre en la Casa Blanca?" Y se respondió así: "La mayoría de los [norte]americanos no votaron por él, y si está en la Casa Blanca es porque Dios le ha puesto allí en tiempos como los que nos ha tocado vivir". Podría compararse este caso con el del general alemán, también jefe de las Fuerzas Especiales (¿fomentará este tipo de fuerzas, de actividades en extremo tensas, el extremismo mental de quienes en ellas se integran?), cesado rápidamente, hace unos días, tras aplaudir las declaraciones antijudías de un diputado democristiano sin pelos en la lengua, que han levantado polémica en Alemania.

Volviendo al asunto inicial, cabe imaginar la desesperante sensación de los estadounidenses que todavía se rigen por la razón y desaprueban el fanatismo de raíz religiosa que domina a los dirigentes de su país. Por ejemplo, el californiano profesor universitario Saul Landau, polifacético intelectual, escritor y director de cine. Escribe Landau que un miembro del Congreso le hizo saber que los fomiliares de los soldados de la Guardia Nacional (el ejército propio de cada Estado) le llamaban para mostrar su insatisfacción por la ocupación en fuerza de un país cuyos ciudadanos no les aceptan.

El congresista describía la situación de los heridos evacuados desde Irak a un hospital militar de Washington: "Han perdido piernas, brazos y ojos. Algunos de esos pobres jóvenes me decían que sus vehículos no están bien protegidos contra explosivos o proyectiles cohete; solo tienen una cubierta de lona. El Gobierno gasta libremente nuestro dinero en contratos con Halliburton y Bechtel, pero no da a nuestros muchachos la protección necesaria. Solo recientemente han sido equipados con chalecos antibalas hechos con kevlar".

El hecho es que a finales de octubre habían muerto más de 200 soldados, se han producido más de un millar de heridos y - lo que suele ocultarse - más de una docena de suicidios. Aparte de eso, varios miles han enfermado gravemente y han tenido que ser evacuados.

La suerte de esos cruzados de la fe cristiana no parece envidiable. El pasado domingo un misil "infiel" derribó un helicóptero pesado de transporte, matando a 16 soldados e hiriendo a 20. Justo el día anterior, el jefe militar superior de EEUU en Irak había declarado que los ataques sufridos eran "insignificantes desde el punto de vista estratégico y operativo". Habrá tenido que cambiar ya de opinión, lamentablemente, y tomar las decisiones necesarias para afrontar una situación complicada.

El embrollo en el que se encuentra la Casa Blanca, y de rechazo, el resto del mundo, es grave. Las elecciones a la presidencia de EEUU se aproximan implacables y generan tensión en Washington. Las bajas militares son un goteo diario. Las poderosas empresas favorecidas en el reparto se apresuran a redondear sus negocios, mientras mueren iraquíes y norteamericanos. No hay salida fácil a la situación tan imprudentemente creada por los halcones del Pentágono, incapaces de reconocer sus acumulados errores. De cualquier modo, este no es el momento de los guerreros de la religión sino el de los políticos imaginativos, inteligentes y honrados que tomen las riendas de tan crítica situación. Pero éstos no aparecen por ninguna parte, para nuestro más hondo pesar.


(*) Alberto Piris es general de Artillería en la Reserva del Ejército español y analista del CIP-FUHEM.



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