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| 5 de noviembre del 2003 |
El mundo es como es
Alberto Acosta
Luego de dar su peculiar versión sobre la emigración
ecuatoriana y sobre la respuesta que da Europa
a la misma, el embajador español afirmó, al concluir una larga disertación ante un
importante auditorio, que "el mundo es como es" y que, en consecuencia, a la
sociedad ecuatoriana le toca asumir "sus pecados
colectivos" y "los errores del pasado", al tiempo que
debe aceptar que las puertas para la emigración hacia
el viejo continente se cierran. Y no sólo eso: Ecuador debe prepararse para recibir de vuelta a sus
compatriotas emigrados. El diplomático aseguró que no
habrá deportaciones masivas, mas dejó en claro que se
instaura un esquema de retornos voluntarios y
asistidos -forma encubierta de expulsiones-, que se
consolida a la sombra de un sistema jurídico cada vez
más restrictivo y represivo.
En realidad, las puertas para la emigración no se cerrarán del todo. Siempre habrá opciones para contratar selectivamente personas que cubran la demanda laboral europea: técnicos en computación, operarios agrarios, trabajadores para el servicio doméstico o la construcción. También quedará alguna posibilidad si los inmigrantes tienen descendencia en tierra española. Y hasta la reagrupación familiar será posible por la gracia del Estado español, ya que las normas existentes resultan prácticamente imposibles de cumplir. Al tiempo que, con la próxima expedición de una nueva ley migratoria aún más dura que la anterior, se garantizaría el acceso policial a los padrones municipales, lo que ahuyentaría la inscripción en dichos registros de los inmigrantes irregulares, que quedarían al margen de los servicios de salud y educación. Igualmente se amenaza veladamente a organizaciones que apoyan a trabajadores sin papeles, al tiempo que se establecen sanciones para empresarios que los contraten. Una creciente polarización y segregación serán las resultantes, al tiempo que los compatriotas que pretendan viajar a Europa, tal como sucede con los EEUU, deberán asumir cada vez más riesgos y costos, agrandándose el poder de las redes de traficantes de personas. En este punto cobra fuerza la declaración de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, la que -consciente de que la migración es "un fenómeno de magnitud que interpela a las sociedades"- exige el reconocimiento del "derecho a emigrar", asegura que "el criterio regulador no es la simple sustentabilidad económica sino la persona humana del migrante que solicita hospitalidad" y por denuncia que "las inmigraciones irregulares del sur al norte continuarán mientras subsistan relaciones internacionales injustas, mientras en los países de origen esté muerta la esperanza de una vida digna, mientras no se dé paso a audaces políticas internacionales de cooperación para el desarrollo, mientras en el concierto internacional el Tercer Mundo no tenga participación activa en las decisiones que le afectan. Mientras todo siga igual habrá multitudes forzando las fronteras del norte." O sea, que mientras el mundo siga siendo como es, la migración será una puerta de escape para masas desesperanzadas. Y si los reclamos de los obispos son justos para los ecuatorianos en el exterior, lo son por igual para colombianos y peruanos que llegan al Ecuador en busca de trabajo. |
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