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La insignia
17 de noviembre del 2003


Somos inconscientes y somos demasiados


Giovanni Sartori (*)
La Insignia. México, noviembre del 2003.



Hoy, 31 de diciembre de 2000, el siglo XX se cierra de verdad; y con el primero de enero de 2001 empieza de verdad el siglo XXI. Pero hemos hecho bien en festejar el cambio de milenio dos veces. Porque si la locura humana no encuentra una píldora que la pueda curar, y si esa píldora no la prohíben los locos que nos quieren ver multiplicándonos incesantemente, el "reino del hombre" llegará a duras penas al 2100. A este paso, en un siglo el planeta Tierra estará medio muerto y los seres humanos también.

Quien quiera disfrutar, que lo haga rápido. Porque la certidumbre del mañana es incierta (siempre lo es) para cada uno de nosotros, pero es cierta en cambio para la especie, para el homo sapiens. A menos, decía, que se descubra rápidamente una píldora antilocura.

Todos saben, aunque se hagan los tontos, que el planeta Tierra es finito; y que por eso no puede sostener a una población en crecimiento infinito. Y la "no sostenibilidad" de nuestro llamado desarrollo ya es un hecho más que cierto.

El único punto incierto de la catástrofe ecológica en curso es el del agujero en la capa de ozono, que nos podría "quemar" dejando penetrar rayos ultravioleta. Este agujero ha alcanzado una extensión que más o menos triplica la de Estados Unidos. Y es importante no sólo por sí mismo, sino también porque al día de hoy es el único peligro que hemos sido capaces de afrontar. El ozono se destruye por los gases usados para la refrigeración y como propulsores en las bombonas. No era difícil prohibirlos y después de trece años los efectos de esta prohibición (que data de 1987) parece que se están dejando notar. Pero la persistencia de esos gases en la estratosfera se ha previsto mal (resulta que ha sido mayor de lo que se pensaba), y por tanto no es seguro que dentro de medio siglo ya no exista el agujero en la capa de ozono. En cualquier caso, en este frente cabe esperar una mejora. Pero en todos los otros sólo podemos esperar empeoramientos.

Empecemos por el efecto invernadero, es decir, el del recalentamiento de la Tierra provocado, en primer lugar, por el anhídrido carbónico, por los carburantes y por el carbón. En la resolución de este problema, estamos a cero. La conferencia de La Haya de noviembre de 2000 ni siquiera ha ratificado la modesta reducción, para dentro de diez años, de las emisiones nocivas decidida en Kioto en 1997. De modo que el anhídrido carbónico aumenta cada vez más a pesar de que sus efectos sobre el cambio climático son cada día más evidentes y devastadores. Entre esos efectos está el crecimiento del nivel de los mares a medida que los hielos polares de la Antártida se licuan; pero sobre todo y en lo inmediato ha cambiado la pluviosidad, lo que por un lado provoca desastrosas inundaciones y por otro crea vastas zonas de sequía.

El hecho es que el agua es cada vez más insuficiente. Ya hoy más de cinco millones de personas mueren cada año, en las zonas más míseras, por beber agua contaminada. Ya hoy más de un quinto de la población mundial sufre escasez de agua potable. Para 2025 se prevé que 2,000 millones de individuos no dispondrán de agua bebible. Por supuesto que podemos quitar agua de la agricultura y aprovecharla mejor. Pero así no la trasladamos de donde hay a donde no hay. Y es risible la pretensión de que podremos remediarlo desalinizando los mares.

Está además la desertización o la erosión de la cubierta vegetal y orgánica que fertiliza el suelo (una capa de 2 centímetros que exige mil años). Al día de hoy, casi 2,000 millones de hectáreas de tierra cultivable y pasto -una extensión parecida a la suma de las de Estados Unidos y México- están degradadas. Ello pone en peligro la alimentación de casi 1,000 millones de bocas a las que hay que dar de comer. Y se calcula que si la desertización y la degradación del suelo continúan al ritmo actual, en cincuenta años África perderá la mitad de su tierra cultivable mientras su población ascenderá (si la mayoría sobrevive) a 2,000 millones de personas.

Está por último la destrucción de los bosques. Los árboles no sólo oxigenan el aire absorbiendo el anhídrido carbónico, sino que también salvan el top soil frenando la erosión provocada por las aguas de lluvia; además, aumentan las reservas de agua de las laderas permitiendo la filtración de las lluvias en el subsuelo. Pues bien, la deforestación continúa a lo grande. Ya hemos perdido las cuatro quintas partes de los bosques que existían ante de que el hombre se dedicase a su destrucción. Y casi la mitad del último quinto está en peligro porque cada año se talan 16 millones de hectáreas de bosque (dos veces Australia): una devastación que por supuesto no se compensa con la reforestación. Y también porque los árboles talados para producir papel son replantables, pero no puede decirse lo mismo de los árboles que eliminan (el 60 por ciento) quienes buscan nuevas tierras de cultivo para quitarse el hambre.

¿Y todo esto por qué? ¿Por qué ocurre? Los desiertos que crecen; y los peces, los animales, los árboles, la tierra cultivable y el agua que disminuyen, todo este enorme conjunto de desastres no está causado por cierto por el dióxido de carbono, o anhídrido carbónico, que ya existía hace cincuenta años (y que es benéfico y necesario), sino por su desproporcionado aumento; un aumento que a su vez está provocado, en última instancia, por una explosión demográfica que todavía nadie detiene.

En 1500 éramos sólo 500 millones en total; a principios de 1900 éramos 1.600 millones; hoy somos 6.000 millones. En un solo siglo la población del mundo se ha triplicado con creces. UNICEF denuncia el drama de 30.000 niños que mueren cada día de enfermedades curables. No considera un drama, en cambio, que cada día la población del mundo crezca en más de 230.000 personas, lo que significa casi 7 millones al mes, 84 millones al año. Cada año nacen así más de dos veces la población de España. A este paso en 2015 habremos crecido 1.000 millones más; y en 2050 seremos, se calcula, nueve o diez mil millones.

¿Hemos enloquecido? Sí, quien favorece tal hormiguero humano debe de haber enloquecido. Se responde que la caída de los nacimientos en los pueblos subdesarrollados llegará "naturalmente" (¿Cuándo? ¿Cuando seamos 15.000 millones?) con el desarrollo económico. Pero no es así, en absoluto. Porque el aumento incontrolado de los nacimientos es, a la vez, causa y efecto de la pobreza y de subdesarrollo. Y además, atención, cuando seamos, en hipótesis, el doble que hoy (12.000 millones), la Tierra habitable será, en hipótesis, la mitad de lo que es hoy. No sé si el siglo XX ha sido largo o corto. Pero me temo que sé que si el cambio de milenio no nos hace abrir rápidamente los ojos, el siglo XXI será un siglo corto.

(*) Texto tomado del libro de Sartori y de Gianni Mazzoleni. La tierra explota. Superpoblación y desarrollo. Traducción de Miguel Ángel Ruiz de Azúa. México, Taurus, 2003. Reproducido con permiso de la editorial.



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