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La insignia
25 de noviembre del 2003


Acto segundo, escena I

Ricardo III


William Shakespeare
Transcripción para La Insignia: C.B.


Acto segundo
Escena I

(Londres. Palacio)

Toque de trompeta. Entran el Rey Eduardo -transportado enfermo-, la Reina Isabel, Dorset, Rivers, Haastings, Buckingham, Grey y otros.

Rey Eduardo: Ea, ya está: he hecho un buen día de trabajo. Vosotros, Pares, continuad en esta alianza tan unida; cualquier día espero una embajada de mi Redentor para rendirme de aquí; y entonces mi alma se irá en paz al Cielo, puesto que he puesto paz entre mis amigos en a tierra. Rivers y Hastings, daos la mano; no disimuléis vuestro odio, jurad que os amaréis.

Rivers: Por los cielos, mi alma está purgada de odio maligno; y sello con mi mano el sincero cariño de mi corazón.

Hastings: ¡Así prospere yo, como juro amor perfecto!

Rivers: ¡Y yo, como quiero a Hastings de corazón!

Rey Eduardo: Señora, no estáis exenta de esto, ni tampoco tú, hijo Dorset, ni tú, Buckingham; habéis hecho facciones uno contra otro. Esposa, quiere a lord Hastings y dale a besar tu mano, y lo que haces, hazlo sin fingir.

Isabel: Ea, Hastings: nunca más recordaré nuestro odio de antes; ¡así nos vaya bien, a mí y a los míos!

Rey Eduardo: Dorset, abrázale; Hastings, quiere al Marqués.

Dorset: Este intercambio de afecto declaro aquí que será inviolable por mi parte. Hastings: Así lo juro yo.

(Se abrazan)

Rey Eduardo: Ahora, egregio Buckingham, sella esta alianza con tu abrazo a los aliados de mi esposa, y vosotros hacedme feliz con vuestra unidad.

Buckingham (A la Reina): Si alguna vez Buckingham dirige su odio contra Vuestra Majestad, en vez de quereros, a vos y a los vuestros, con todo el amor debido, ¡que Dios me castigue con odio en aquellos de quienes espero más amor! Cuando tenga necesidad de un amigo, y esté más seguro de que es amigo, ¡séame vano, escondido, traidor y lleno de engaño! Esto pido a Dios, si soy frío en el celo por vos o los vuestros.

(Abraza a Rivers y los demás)

Rey Eduardo: Un grato reconfortador, egregio Buckingham, es este juramento tuyo para mi enfermo corazón. Falta ahora aquí nuestro hermano Gloucester, para redondear el bendito párrafo de esta paz.

Buckingham: Y en buena hora, aquí viene el noble Duque.

Entra Gloucester.

Gloucester: ¡Buenos días a mi soberano Rey y a mi Reina! ¡Y feliz día a vosotros, nobles Pares!

Rey Eduardo: Feliz, en efecto, según hemos pasado el día. Hermano, hemos hecho obras de caridad; hemos convertido en paz la enemistad, el odio en sincero amor, entre estos Pares hinchados de ira, irritados sin razón.

Gloucseter: Un bendito esfuerzo, mi soberano señor. Entre este noble grupo, si alguien, por mal entendimiento o suposición equivocada, me considera enemigo; si yo, sin darme cuenta, o en mi cólera, he cometido algo que tome a mal alguien de los presentes, deseo reconciliarme en paz con su amistad: es una muerta para mí estar en enemistad; lo odio y deseo el amor de todos los hombres bueno. Ante todo, señora, os ruego verdadera paz por vuestra parte, que adquiriré con mi debido servicio; por vuestra parte, noble primo Buckingham, si alguna vez ha abrigado alguna rencilla entre nosotros; por vuestra parte, lord Rivers, y la vuestra, lord Grey, todos los que sin motivo habéis fruncid el ceño contra mí; duques, condes, caballeros, por parte de todos: no conozco algún inglés vivo con quien mi alma esté en discordia en nada más que con el niñito que haya nacido esta noche; doy gracias a Dios por mi humildad.

Isabel: Este día se guardará en lo sucesivo como día sagrado: querría Dios que todas las discordias estuvieran bien compuestas. Mi soberano señor, ruego a Vuestra Alteza que acepte en su buena gracia a nuestro hermano Clarence.

Gloucseter: ¿Cómo, señora? ¿He ofrecido mi afecto para esto, para ser encarnecido así en presencia del Rey? ¿Quién no sabe que el noble duque ha muerto? (Todos se sobresaltan) Le injuriáis al burlaros de su cadáver.

Rey Eduardo: ¡Quién no sabe que ha muerto! ¿Quién lo sabe?

Isabel: Oh Cielo que todo lo ves, ¡qué mundo es éste!

Buckingham: ¿Estoy tan pálido, Dorset, como los demás?

Dorset: Sí, mi buen señor: todos los presentes han perdido el color rojo de sus mejillas.

Rey Eduardo: ¿Ha muerto Clarence? Se dio contraorden.

Gloucester: Pero él, el pobre, murió por vuestra primera orden, que llevó algún alado Mercurio, mientras algún lento tullido llevó la contraorden, que, demasiado tardía, llegó para verle enterrado. ¡No permita Dios que alguien, menos noble y menos leal, más cercano en pensamientos sanguinarios, pero no en sangre, merezca algo parecido a lo que recibió el desgraciado Clarence, y sin embargo escape libre de Sospechas!

Entra Stanley, Conde de Derby.

Stanley: ¡Un premio Majestad, por mis servicios prestados!

Rey Eduardo: Calla, por favor: mi alma está llena de tristeza.

Stanley: No me levantaré mientras no me oiga Vuestra Majestad.

Rey Eduardo: Entonces, di en seguida qué es lo que pides.

Stanley: La gracia, soberano, de la vida de un criado mío que mató hoy a un caballero revoltoso, que fue recientemente del séquito del duque de Norfolk.

Rey Eduardo: ¿Tengo lengua para sentenciar a muerte a mi hermano, y esa lengua va a perdonar a un esclavo? Mi hermano no mató a nadie: su culpa fue en pensamiento, y, sin embargo, su castigo fue amarga muerte. ¿Quién me rogó por él? ¿Quién, en mi furia, se arrodilló a mis pies, y me aconsejó prudencia? ¿Quién habló de fraternidad? ¿Quién de cariño? ¿Quién me dijo cómo el pobre abandonó al poderoso Warwick y luchó por mí? ¿Quién me dijo cómo, en el campo de batalla de Tewksbury, cuando Oxford me había derribado, me salvó y me dijo: "Hermano, vive, y sé Rey"? ¿Quién me dijo, cuando ambos yacíamos en el campo, casi muertos de frío, cómo me arropó con sus propios vestidos, y se entregó, inerme y desnudo, a la noche fría y ateridora? Todo esto la brutal cólera lo arrancó pecadoramente de mi recuerdo, y no hubo un hombre entre vosotros que tuviera la gracia de recordármelo. Pero cuando vuestros carreteros o vuestros vasallos sirvientes han hecho una matanza en su borrachera, borrando la preciosa imagen de nuestro amado Redentor, entonces venís derechos a arrodillaros para pedir perdón, perdón; y yo, también injustamente, os lo debo conceder. Pero por mi hermano no hubo un hombre que quisiera hablar, ni yo, inclemente, me hablé a mí mismo de él, el pobre. Los más orgullosos de entre vosotros le habéis quedado agradecidos mientras vivió; pero ninguno de vosotros quiso alegar una vez por su vida. ¡Oh Dios, temo que justicia se apoderará de mí, y de vosotros, y de los míos, y de los vuestros, por esto! Vamos, Hastings, ayúdame a ir a mi cuarto. ¡Ah, pobre Clarence!

(Se van el Rey, la Reina, Hastings, Rivers, Dorset y Grey)

Gloucester: ¡Este es el fruto de la precipitación! ¿No os fijasteis cómo la culpable parentela de la Reina palideció cuando oyeron hablar de la muerte de Clarence? ¡Ah, cómo la solicitaron del Rey! Dios la vengará. Vamos, señores, ¿queréis venir a consolar a Eduardo con nuestra compañía?

Buckingham: Acompañaremos a Vuestra Alteza.

(Se van)



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