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| 6 de mayo del 2003 |
Estrella Digital. España, mayo del 2003.
Convendría empezar recordando las sorprendentes declaraciones de la ministra Palacio cuando menospreció públicamente la llamada "minicumbre" de Bruselas del pasado 29 de abril -que reunió a los jefes de Estado o de Gobierno alemán, belga, francés y luxemburgués-, aduciendo que en ella sólo habían intervenido cuatro países.
De ser el número de países el elemento determinante para valorar una reunión internacional, la renombrada cumbre de las Azores del 16 de marzo no hubiera recabado mayor atención. Con la salvedad de que, en Bruselas, los cuatro dirigentes políticos europeos pudieron hablar de igual a igual -a pesar de las grandes diferencias entre sus países- mientras que, en Azores, Bush convocó a Blair y Aznar sólo para que le escucharan y asintieran, sin discrepar de sus belicosas decisiones adoptadas de antemano; y ante la forzada presencia del anfitrión portugués, que completaba el cuarteto. La participación numérica pudo ser, por tanto, análoga, pero la naturaleza de ambas reuniones fue muy diferente. La conferencia de Bruselas debe considerarse en línea con la cumbre de Saint-Malo, en diciembre de 1998, en la que Blair y Chirac se reunieron para reflexionar sobre la defensa europea. Tanto una como otra responden a la necesidad sentida por los gobiernos y los pueblos europeos de configurar cierto tipo de defensa común con la que respaldar una política exterior que también se desea unificada y que ha quedado tan malparada en los últimos meses, al contrastarla con la unívoca belicosidad de la Casa Blanca y sus más dedicados seguidores europeos. Necesidad que ha vuelto a salir a la luz en la reunión de ministros europeos de Asuntos Exteriores en Grecia, el sábado pasado, a la que no asistió Palacio, quizá por considerar la visita del Papa más importante que la construcción europea. Incluso Solana -siempre leal a EEUU- apoyó en esta reunión el desarrollo de la minicumbre, precisando que varias de sus propuestas habían sido ya acordadas por los Quince: "El núcleo de planificación es la principal novedad del plan cuatripartito". El anfitrión, Georges Papandreu, declaró que, por fin, los europeos "hemos decidido dotarnos de un concepto europeo de seguridad". Las circunstancias creadas por la invasión estadounidense de Irak y la quiebra que provocó en el seno de Europa quizá debieron aconsejar retrasar la minicumbre y esperar a que las heridas cicatrizasen algo. Pero ha sido tan devastador el eco de una intervención bélica sin pruebas convincentes que la respaldasen y contra la voluntad de la ONU, que es positivo todo lo que tienda a poner de relieve las líneas de fractura que hienden Europa, para proceder a su soldadura. Las reuniones de Bruselas y Kastelorizo pueden contribuir a esto. Es cierto que, históricamente, Europa se ha ido construyendo en torno a unos pocos países que, en cada momento, llevaron la iniciativa, alrededor de los cuales se fueron aglutinando los demás. Ésta es la idea básica que impulsó la minicumbre bruselense, en la que no se ha advertido tanto la intención de dividir como un espíritu de anticipación y vanguardia ante el problemático futuro europeo. Cualquier reflexión sobre este futuro habría de hacerse teniendo en cuenta que hay tres aspectos de la configuración de Europa que inquietan a EEUU: la unidad política, la consolidación de la moneda única y la defensa común. En los tres frentes van a redoblarse las acometidas estadounidenses, a nada que se perciban avances que supongan ventajas para Europa. Washington apremió a Bruselas para que aceptase la ampliación a 25 del número de países de la Unión. Una Europa más compleja y voluminosa, mucho más incoherente y difícil de gestionar, es más del agrado de Washington que una Europa de menor extensión, más cohesionada y unida, y en torno a la cual se fueran produciendo nuevas ampliaciones. Además, muchos de los países que en el 2004 compondrán Europa miran ya a Washington con más interés que a Bruselas, y de las instituciones de esta capital, la OTAN les complace mucho más que los diversos órganos de gestión comunitaria. En segundo lugar, nada podría molestar más a Washington que la idea de un euro convertido en rival del dólar como moneda universal de reserva. Económicamente, Europa tiene un peso que EEUU no puede ignorar; más aún ahora, cuando la economía de ese país no pasa por sus mejores momentos. El gobierno estadounidense desearía un euro permanentemente vinculado y subordinado al todopoderoso dólar que emite el Tesoro de EEUU. Lo que nos lleva al tercer aspecto, puesto que, del mismo modo, se prefiere en Washington una defensa militar europea dependiente de EEUU a través de la OTAN. Sin embargo, éste es un resultado tenazmente perseguido por los europeos desde que concluyó la Segunda Guerra Mundial. Son válidos los reproches de EEUU en el sentido de que no es aceptable refugiarse bajo el paraguas militar norteamericano a la vez que se compite con dureza en el terreno económico. El contribuyente estadounidense no ve con buenos ojos cooperar a la defensa militar de Europa, y menos ahora que no existe una Unión Soviética que amenace a EEUU a través de nuestro continente. Sabiendo que la nueva doctrina estratégica de EEUU tiene como premisa insoslayable el oponerse a la aparición de cualquier Estado o grupo de estados que pueda constituir un rival militar, es lógico que Europa no pretenda entrar en una carrera armamentista, que sería un delirio irracional. Lo que hace pensar que el principal dilema europeo es el de mantener un nivel social y económico aceptable, sin pretender competir con la superpotencia militar imperial. Harina de otro costal es saber si ésta lo va a aceptar, lo que parece poco probable, y las contramedidas que pueda ir aplicando. Cuando el pueblo estadounidense ve limitadas sus libertades, a causa de una imprecisa y universal guerra contra el terrorismo, y siente retroceder el nivel democrático que le hizo considerar a EEUU como "la tierra de los hombres libres", los pueblos europeos, que se han opuesto mayoritariamente a la invasión de Iraq por las armas de EEUU, habrán de concentrar sus esfuerzos para consolidar una Europa más unida, más sensible a la legalidad internacional, más decidida a hacer valer su peso económico, político y diplomático, y menos amedrentada ante el estampido de las armas del Pentágono, sea cual sea el lugar donde retruenen. Ésta es la cuestión crucial con la que ahora nos enfrentamos los europeos. |
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