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| 4 de mayo del 2003 |
La Insignia. México, abril del 2003.
«Es profundamente verdadero que toda guerra, en último análisis, es un conflicto de espacios, un drama geopolítico.»
-Fernand Braudel, "La faillite de la paix. 1918-1939", Conferencia en la Universidad de Sao Paulo, 1947.- El nuevo "Macartismo planetario" de Estados Unidos Después del 11 de septiembre de 2001, y utilizando a esta tragedia reciente sólo como coartada justificatoria de un proyecto geopolítico global mucho más amplio y ambicioso, el actual gobierno de Estados Unidos ha montado e impulsado cuidadosa y sistemáticamente un programa que bien podríamos caracterizar como el de la instauración de un nuevo macartismo planetario. Un programa macartista que parece claramente estar destinado a desarrollar una lucha abierta en dos frentes a la vez: de un lado, al interior de Estados Unidos, para acallar, reprimir, desvalorizar y marginar toda protesta interna en contra de la nueva política internacional norteamericana, agitando el espantajo del 'antipatriotismo' norteamericano, y señalando condenatoriamente cualquier gesto, mínimo o mayor, de disidencia dentro de Estados Unidos. Y de otra parte, y en el frente exterior, para tratar de redefinir el conjunto global de las relaciones de poder al interior del entero sistema interestatal mundial, desde una nueva y descarada lógica prepotente y militarista que persigue reposicionar el deteriorado liderazgo de Estados Unidos, y la diversa jerarquía y el rol específico de cada nación, en función del asimétrico poder militar os distintos países del mundo. Proyecto macartista global, desplegado simultáneamente en estos dos frentes, que está en la base lo mismo de la absurda e injusta invasión en contra de Afganistán, que de la verdadera 'cruzada' interna de persecución y espionaje de la población norteamericana en los últimos veinte meses, pero también del intento de golpe de Estado en Venezuela, de la definición maniquea del supuesto 'eje del mal', de la verdadera guerra mediática encaminada a manipular ideológicamente a la opinión pública, primero norteamericana y luego mundial, del derrotero criminal del manejo de la crisis económica argentina, de las renovadas presiones en contra de Cuba, Siria, Irán y Corea del Norte, y de la también inmoral invasión reciente a Irak. Porque es sólo una y la misma lógica la que gobierna la actitud que ha tenido Estados Unidos frente a todos estos sucesos y eventos mencionados, lógica que, reproduciendo una vez más las posiciones que históricamente y siempre han tenido los grupos de ultraderecha de cualquier parte del planeta, vuelve a dividir el mundo sólo en negro y blanco: 'quien no está con nosotros está contra nosotros', 'o eres proestadounidense o eres sospechoso de ser aliado del terrorismo o terrorista', 'todo lo que es diferente a nosotros es peligroso, y muy probablemente malo y negativo', 'la verdad está siempre de nuestro lado', 'hemos vencido con las armas, y por lo tanto, tenemos razón', 'es mejor instaurar el orden por la fuerza y el miedo, que dejar florecer la diferencia y la disidencia, las que seguramente llevan al caos y al desorden', etc., etc.. Una lógica fundamentalista e irracional, que sin embargo ha encontrado, coyunturalmente, los medios técnicos y políticos para apoderarse de la actual política interna e internacional norteamericanas, configurando ese proyecto maccartista planetario que hemos padecido, en el mundo entero, durante los últimos veinte meses transcurridos. ¿Cómo ha podido cobrar vida esta política macartista reciente? ¿Apoyándose en qué grupos de intereses económicos y geopolíticos particulares? ¿Y dentro de qué contextos, norteamericano y global, específicos? Y ¿por qué esto ha terminado concretándose en la reciente invasión a Irak? ¿Con qué resultados inmediatos y previsibles hacia el futuro?. Y por lo tanto, ¿qué lecciones nos permite extraer un análisis un poco más detenido y reflexivo de esta reciente invasión de Estados Unidos en contra de Irak? Apuntemos sólo algunos elementos de respuesta a estas cruciales y apremiantes preguntas. El contexto económico y geopolítico de la invasión a Irak Resulta difícil comprender la significación real que tiene esta invasión en contra del pueblo iraquí, y también el sentido general del proyecto maccartista hoy impulsado por el gobierno de George Bush Jr., sin considerar el hecho de que, desde hace treinta años, Estados Unidos vive un evidente proceso de deterioro de su papel global dentro de la economía mundial. Deterioro que se expresa lo mismo en el hecho de que, cada vez más y de manera irreversible, las nuevas innovaciones tecnológicas y los nuevos descubrimientos científico-productivos se desarrollan, ahora ya no en Estados Unidos, sino en Japón o en los distintos países de Europa Occidental. Al mismo tiempo, y junto a este declive tecnológico y productivo, es claro que el papel de Estados Unidos dentro de los flujos del comercio mundial no ha hecho otra cosa que encogerse en las últimas tres décadas, cediendo el puesto a una cada vez mayor presencia, en esta misma red del comercio internacional, de Europa occidental y de Japón. Al mismo tiempo y junto a esta retracción tecnológica, productiva y comercial de Estados Unidos frente a la competencia japonesa y europea occidental, se da un similar deterioro financiero, que disminuye claramente el rol de los bancos y de los grupos financieros de EEUU, en beneficio de una creciente presencia también financiera y bancaria, una vez más de Japón, Francia o Alemania, entre otros. Y si desde hace seis lustros, tiene lugar en la economía mundial esta decadencia norteamericana, ello se debe al hecho de que, igual que le sucedió a Holanda a finales del siglo XVII, y a Inglaterra en el último tercio del siglo XIX, así Estados Unidos ha estado viviendo, desde hace tres décadas y luego de la crisis económica mundial de 1972-73, el proceso de su decadencia histórica como potencia hegemónica del sistema capitalista mundial. Decadencia hegemónica norteamericana, que no sólo explica el declive económico general de Estados Unidos ya mencionado, sino también el claro deterioro que, en estos mismos treinta años, ha sufrido el papel de esa misma Norteamérica dentro del proceso de definición y diseño general de la geopolítica global mundial, a partir por ejemplo de la irrupción del llamado G-7 -y hoy de los ocho, al incorporar a Rusia--, y del fortalecimiento del papel internacional tanto de la antigua Comunidad Económica Europea y hoy de la Unión Europea, como también de Japón, desplegados en estos mismos lustros referidos. Y es en este contexto de un lento pero indetenible declive hegemónico de la potencia norteamericana, que ha estado perdiendo cada vez más la guerra económica con Europa Occidental y con Japón, y que veía disminuir también su rol geopolítico planetario de manera acelerada, que va a irrumpir el desesperado, pero al mismo tiempo agresivo y terriblemente destructivo proyecto del maccartismo planetario, impulsado por la ultraderecha política estadounidense --hoy encarnada por los llamados "halcones" de la actual Casa Blanca- y liderado por George W. Bush. Ya que ha sido esta clara tendencia estructural del declive geopolítico y económico de EEUU, evidenciado durante los últimos treinta años, la que ha llevado a la instauración de este proyecto belicista del macartismo planetario, el que a esta luz, se hace presente como un último y desesperado intento por revertir esta tendencia estructural de la decadencia hegemónica, mediante el tramposo e ilegal mecanismo de trasladar la batalla económica y el conflicto geopolítico, al exclusivo terreno de la confrontación basada en el específico poderío militar de los diferentes competidores o contendientes de esa guerra geopolítica y económica ya referidas. Porque a partir del 11 de septiembre de 2001, el grupo de los halcones de la ultraderecha conservadora, que hoy gobierna en Estados Unidos, ha optado por transgredir y romper la legalidad capitalista internacional, ignorando tanto las reglas tradicionales de la competencia económica entre los Estados, como también los mecanismos tradicionales del sistema interestatal referidos al juego de fuerzas y a los equilibrios geopolíticos mundiales. Y todo ello, para apostar exclusivamente al todavía claro liderazgo militar mundial de Estados Unidos. Así, como un jugador tramposo, que respeta las reglas del juego mientras aún conserva la esperanza de que puede ganar legalmente, y que cuando se ve perdido, opta por dejar de respetar esas reglas y aprovecha su ventaja de tener una pistola y de amenazar con ella para quedarse con toda la apuesta, así Estados Unidos ha estado, durante los últimos veinte meses, utilizando su todavía real superioridad militar sobre cualquier otra nación del mundo, para dar curso a esa política maccartista, cuyas principales estaciones han sido las inmorales invasiones, primero de Afganistán y después de Irak. Entonces, lo que ha llevado a EEUU a invadir Afganistán y ahora a Irak no es su fuerza, sino más bien su cada vez mayor debilidad. Porque la economía norteamericana no sólo ha estado perdiendo cada vez más esa guerra o competencia económica con Japón y Europa Occidental a lo largo de tres decenios, sino que se ha ido también convirtiendo en la economía que hoy tiene la deuda nacional más grande del planeta -la que actualmente ronda sobre los 500 mil millones de dólares--, siendo una economía cuya recesión general, y cuyos síntomas anunciadores de una posible crisis comparable a la de 1929, habían sido ya detectados y señalados tiempo antes del 11 de septiembre de 2001. Los grupos de interés que hoy gobiernan en Estados Unidos Y frente a este escenario, de una economía estadounidense que parece estar prendida con alfileres, y sobre un trasfondo de una posible y amenazante catástrofe económica de grandes dimensiones, es que el gobierno de George Bush Jr. ha diseñado la alternativa de ese maccartismo planetario, que en sólo 18 meses ha invadido primero a Afganistán y recientemente a Irak, y que ahora mismo se encuentra programando ya la siguiente invasión militar norteamericana de los próximos meses por venir. Y esto, porque como es evidente, ese grupo político de la ultraderecha norteamericana hoy gobernante, es un grupo que representa, al interior de la esfera política de Estados Unidos, a los intereses del complejo industrial-militar norteamericano, complejo que sólo vive y prospera de fabricar y escenificar múltiples guerras en todo el mundo, y de lograr abultar cada vez más el gasto militar del propio gobierno norteamericano. Complejo industrial-militar que, si ya había tenido un rol muy protagónico bajo los gobiernos de Ronald Reagan y de George Bush padre, no había sin embargo encontrado la coyuntura propicia para controlar y dominar al Estado norteamericano con la profundidad y amplitud con que ha logrado hacerlo en estos últimos veinte meses recién vividos. Es decir, de apoderarse de ese Estado hasta el punto no sólo de imponer ese maccartismo global en escala internacional, y esa ofensiva interna represiva de toda disidencia contra su propia población y ciudadanía, sino ahora hasta el punto de intentar reorganizar integralmente al propio aparato de Estado de Estados Unidos, disciplinándolo y rearticulándolo para hacerlo totalmente funcional a sus propios designios. Y si este complejo de la industria militar gobierna ahora en Estados Unidos de manera tan orgánica y completa, lo hace también aliado con los grupos de la industria petrolera norteamericana, los que no sólo tratan de eliminar todo gesto de independencia de los países productores que le venden petróleo a Estados Unidos, sino que incluso tratan de ejercer, por múltiples y complicadas vías, diversos mecanismos que le otorguen a esa industria petrolera estadounidense la capacidad de fijar precios, ritmos de producción, políticas de distribución y formas generales de regulación de la producción y distribución mundiales del petróleo internacional. Entonces, si coyunturalmente es este grupo de la industria militar y petrolera de Estados Unidos, el que está apostando todo a ese nuevo maccartismo internacional, basado en la todavía superior potencia militar norteamericana, es claro que ese proyecto maccartista actual no tiene ningún futuro en el mediano plazo. Porque la potencia militar de una nación cualquiera depende en última instancia de su poderío económico, y si este último va en declive, tarde o temprano terminará también por colapsarse y ceder la primera. Pero ello, sólo en ese mediano plazo, que puede todavía tardar varios lustros en desplegarse. Mientras tanto, y en el corto plazo, ese macartismo global está haciendo mucho daño, en primer lugar a la ciudadanía y al propio pueblo estadounidense, y en segundo lugar a todo el mundo. Por eso debemos pararlo. Y quizá una vía efectiva y cercana para hacerlo, sean las próximas elecciones de Estados Unidos del año de 2004. Aquí, el pueblo estadounidense tiene la responsabilidad y tiene también la última palabra. "Oposiciones" y complicidades frente al nuevo macartismo global Otra de las lecciones importantes que arroja esta reciente invasión de Estados Unidos a Irak, se refiere a la oscilante, timorata y en el fondo poco coherente 'oposición' que, durante algunos momentos importantes y a lo largo de varias semanas, parecieron manifestar tanto algunos gobiernos, como los de Francia, Rusia o Alemania, como también la ONU, en contra del designio unilateral norteamericano de invadir a Irak. Pero, como lo han hecho evidente las reacciones posteriores a esta invasión, por parte de la ONU y de esos mismos gobiernos, así como el actual rejuego de reclamos y reproches, pero también de reconciliaciones, concesiones y nuevos realineamientos, se trata en el fondo del mismo conflicto de intereses económicos y geopolíticos entre las potencias capitalistas más desarrolladas, que hemos mencionado antes. Y para el caso de la ONU, se trata simplemente de una enésima prueba de su ya añeja crisis e incapacidad históricas, frente a esos mismos intereses económicos y geopolíticos de los poderes capitalistas realmente dominantes. Porque ahora es bastante claro que esos gobiernos que son también gobiernos de una derecha militante y belicosa, como los de Francia y Rusia, o el tibio gobierno social demócrata alemán, no se opusieron a la invasión de Irak ni por razones humanitarias, ni por un genuino amor y respeto a la paz mundial, ni tampoco por ninguna preocupación altruista respecto del destino de la población y de la sociedad civil iraquíes, sino pura y simplemente porque esos tres países eran, al mismo tiempo, los principales acreedores de la deuda del gobierno de Sadam Husein, y también los tres más importantes socios comerciales de Irak. Es decir, porque con el derrocamiento de Husein se corría el riesgo de que se evaporaran los alrededor de 20 mil millones de dólares que Irak adeuda a Francia, Alemania y Rusia, y que no es seguro que sean reconocidos y sobre todo pagados por el posible nuevo gobierno iraquí. De otra parte, y pensando en el mediano plazo, Francia y Alemania se opusieron a la invasión de Irak porque con ello se oponían al posible dominio de Estados Unidos del petróleo iraquí, que es la segunda mayor reserva de petróleo del planeta, sólo superada por la de Arabia Saudita. Pues con el control de esta inmensa reserva, Estados Unidos tiene un mayor margen para manipular los precios del mercado petrolero mundial, en contra de Europa Occidental que no posee petróleo propio, pero también en contra de Rusia, que en tanto productor de petróleo, es un competidor importante dentro de ese mercado petrolero internacional hoy en disputa. Entonces, si en un principio y en general, Francia, Alemania y Rusia parecieron oponerse enérgicamente a Estados Unidos y a su juego fraudulento de violentar la legalidad internacional, para imponer por la vía de su supremacía militar su propia política y su propio proyecto maccartista global, en un segundo momento y luego de la inmoral invasión en contra del pueblo de Irak, estos mismos gobiernos han hecho todo por jugar a la tesis de que esa violación de la legalidad internacional es ya un hecho del pasado, efímero y deplorable, pero que debería ser inmediatamente olvidado y trascendido, para reconstruir nuevamente las siempre importantes y casi forzadamente amistosas alianzas de esas potencias capitalistas más desarrolladas del orbe. Jugando entonces a tratar de hacer como "si no hubiese pasado nada", y como si la invasión de Irak por Estados Unidos no representara en verdad una prepotente burla a la ONU, a Europa occidental, a Rusia, a China, y al mundo entero, los gobiernos de Francia, Alemania y Rusia exhiben ahora una muy tibia, timorata y todo el tiempo negociable 'oposición' frente a Estados Unidos, rogando que la ONU pueda tener un papel protagónico en la formación del nuevo gobierno iraquí, y negociando por debajo de la mesa tanto el reconocimiento de la deuda de Irak con ellos mismos, como también una parte del reparto del jugoso negocio de la reconstrucción económica y general de la nación iraquí. Lo que demuestra que ni Europa Occidental ni Rusia han encontrado por el momento ni el coraje, ni las fuerzas, ni los mecanismos para hacerle frente de manera realmente eficaz y vigorosa, a ese irracional proyecto del maccartismo planetario estadounidense. Y así como es en parte responsabilidad del pueblo estadounidense, parar esa política del nuevo macartismo de su propio gobierno, así debería también de ser parte de la responsabilidad de estos gobiernos de Europa, de Rusia, de China, etc., el encontrar las fuerzas, el coraje y los modos para confrontar más seriamente, en el plano de la política internacional, a ese mismo macartismo que ahora todos padecemos. A esta luz, resulta también triste y patético el papel desempeñado por la Organización de las Naciones Unidas en general y por su Secretario General en particular, patetismo que resalta todavía más cuando recordamos que sólo hace un año y medio ambos fueron premiados con el Premio Nóbel de la Paz. Porque, lejos de la idea sostenida por muchos periodistas y analistas superficiales, que han afirmado que ha sido esta invasión a Irak la que ha provocado la actual crisis de legitimidad de la ONU, lo que sucede más bien es que esta reciente agresión injusta de Estados Unidos en contra del pueblo iraquí, simplemente ha venido a refrendar, por enésima ocasión, la ya añeja situación de pérdida de legitimidad y de vaciamiento que esa misma ONU ha vivido a lo largo de los últimos quince o veinte años transcurridos. Pues a diferencia del papel todavía progresista y crítico que la ONU pudo jugar, tal vez hasta los años setentas del siglo XX cronológico, y quizá aún menos, es claro que en las últimas dos décadas esta Organización de las Naciones Unidas se ha limitado solamente a protestar de una manera formal en contra de las guerras, las invasiones, las injusticias y los distintos atropellos del orden internacional por parte de las grandes potencias del mundo, pero sin llevar nunca a cabo medidas efectivas o radicales para resolver esos conflictos, injusticias o violaciones de ese derecho internacional, que esa misma ONU dice que pretende salvaguardar y defender. Algo que se hizo evidente con la invasión de Estados Unidos en contra de Afganistán. Porque frente a esta última, tanto la ONU como su secretario general, Kofi Annan, guardaron un silencio cómplice y patético, que fue el que luego fue recompensado con el otorgamiento del Premio Nóbel de la Paz (lo que evidentemente implica un claro desprestigio de ese mismo Premio Nóbel). Y fue sin duda ese silencio cómplice --el mismo que Kofi Annan, entonces responsable de la ONU en Somalia, había tenido ya frente a Estados Unidos en 1993, cuando se desarrolló la fallida invasión norteamericana a Somalia--, ese silencio cómplice frente a la invasión de Afganistán, el que entre muchos otros elementos, envalentonó también a los halcones del gobierno de George W. Bush, para continuar después con la reciente invasión a Irak. Y el que, lamentablemente, podría también animarlos pronto a intentar una nueva agresión injusta e inmoral en contra de Cuba, por ejemplo. Y dado que, frente a esta invasión a Irak, la ONU no ha tenido ni siquiera el coraje de convocar a una Asamblea General de todos sus miembros, para condenar dicha invasión, y puesto que su secretario general no ha tenido ni siquiera la vergüenza o el valor de renunciar a su cargo, como un posible modo de protesta frente a la burla y el desprecio que el gobierno estadounidense ha exhibido frente a la ONU y frente a todo el mundo, entonces es claro que, desde hace ya tres o cuatro lustros, la ONU ha dejado de cumplir cualquier papel progresista real, convirtiéndose en un cascarón vacío de contenido y en una estructura puramente formal. Lo que, desafortunadamente, coincide perfectamente con el papel de 'enfermera y asistente social' post factum de todas las guerras, invasiones, injusticias y catástrofes que ahora quiere asignarle cínicamente a esa misma ONU el gobierno norteamericano. Lo que demuestra la urgencia de crear nuevos organismos internacionales, realmente efectivos y realmente plurales, y basados en mecanismos mucho más democráticos para la toma de decisiones que la obsoleta actual estructura del Consejo de Seguridad de la ONU, a la vez que más genuinamente defensores reales y radicales de un también renovado derecho internacional, más equitativo y acorde con los tiempos y con las complejas circunstancias que ahora vivimos. Y frente a todo este escenario, es igualmente triste el papel jugado por México, tanto en tanto que miembro no permanente del Consejo de Seguridad, como también en tanto que actual detentor de la presidencia rotatoria de dicho Consejo. Porque lo que hizo que gobiernos como el de España o el de Italia apoyaran tan abiertamente esta invasión a Irak, es en parte la profunda afinidad ideológica de sus actuales gobernantes con la postura del propio gobierno de George W. Bush. Pues como ya hemos mencionado, en todos estos casos se trata de gobiernos de la ultraderecha conservadora, gobiernos que en contra de la opinión abrumadoramente mayoritaria de sus propios pueblos, están convencidos de que la única manera de 'mantener el orden', en sus propios países y en el mundo, es por medio de la fuerza, siendo igualmente temerosos de todo lo que ellos consideran 'diferente' o 'ajeno' y por lo tanto 'peligroso' para sus propios valores e identidades. Y es claro que el gobierno de Vicente Fox es exactamente parte de esta misma familia de gobiernos de derecha, que incluye desde Bush y Jörg Haider hasta Aznar, Putin y Berlusconi. Por lo cual, y en caso de haberse llegado a la votación de la propuesta estadounidense en el Consejo de Seguridad, es claro que México la habría respaldado, como lo demuestra la inocua actitud de nuestro país en la actual presidencia del Consejo de Seguridad, que se ha hecho eco del vacío discurso de que "no es el momento de recriminaciones" y de que lo único que la ONU debe hacer ahora es "preocuparse de la situación humanitaria iraquí" y "pensar en la reconstrucción futura" de Irak. Lo que demuestra que el 'cambio' que el gobierno de Vicente Fox representó, en lo que a la política exterior mexicana corresponde, fue el paso del ejercicio de una política exterior independiente --quizá de lo único que los corruptos gobiernos priístas podían enorgullecerse frente a otros países--, a una triste política exterior subordinada y totalmente alineada, de manera vergonzosa y servil en general, a los intereses globales de Estados Unidos, y en particular al proyecto macartista antes mencionado. La salida del laberinto: El nuevo movimiento pacifista mundial De una manera totalmente involuntaria, pero con un grado de eficacia y con resultados de una magnitud realmente asombrosa, el grupo de George Bush Jr. y de los halcones de esa ultraderecha conservadora hoy gobernante en Estados Unidos, han logrado en parte crear y en parte relanzar a un movimiento pacifista mundial de dimensiones y de alcances planetarios nunca antes vistos. Además de lograr, complementariamente, unir y vincular a ese movimiento pacifista mundial y a las demandas por la paz mundial, con toda la vasta red de los movimientos anticapitalistas y antisistémicos que luchan actualmente en contra del neoliberalismo en todo el mundo, y en contra de la mal llamada 'globalización'. Ya que no deja de ser impresionante el dato de orden simbólico y cualitativo, de que más de 85.000 personas, procedentes de 221 países en el mundo, hayan ya firmado apoyando el manifiesto por la paz y en contra de la guerra promovido hace pocas semanas por un grupo de unas cuantas decenas de importantes personajes norteamericanos. Y si recordamos que en todo el planeta, existen hoy alrededor de 225 ó 230 países en total, podremos entonces afirmar que, en términos cualitativos, no existe prácticamente un solo país o un solo rincón del planeta en donde no tenga ya presencia esta firme oposición mundial en contra del belicismo maccartista norteamericano. Además, y en términos cuantitativos, es también un dato extraordinario el de que el 15 de febrero pasado hayan marchado, en las principales ciudades de todo el mundo, aproximadamente treinta millones de personas, acompasadas en torno de una sola lucha, y casi sincronizadas en torno de una misma acción mundial de protesta, en contra de la entonces inminente e inmoral invasión de Estados Unidos a Irak. Lo que representa el hecho de que, aproximadamente, una de cada doscientas personas del planeta participó en esta manifestación mundial en contra de ese nuevo maccartismo estadounidense. Así, bajo la consigna universal de un rotundo 'No a la guerra. Sí a la paz', millones de gentes marcharon en Estados Unidos, Inglaterra, España, México, Italia, Francia, Turquía, Alemania, China, Argentina, Rusia, etc., etc., conectando ahora esta lucha por la paz mundial y en contra de la invasión a Irak, con el más global movimiento en contra del neoliberalismo planetario y de la mal llamada globalización capitalista mundial. Y si de manera inmediata, esta protesta mundial no fue sin embargo todavía capaz de parar esta invasión de Estados Unidos en contra del pueblo de Irak, sí desató en cambio un movimiento que, muy posiblemente, tendrá importantes efectos positivos en el mediano plazo de los tiempos futuros por venir. Porque es probable que esta vasta movilización que en las últimas semanas se dio en contra de la invasión a Irak, termine redundando en un cierto incremento de la capacidad de convocatoria y de organización de los movimientos antisistémicos y anticapitalistas de todo el mundo. Pues muchas de las personas que hoy están indignadas, y que protestan en contra de esta inmoral e injusta agresión en contra de los niños y en contra de la población civil iraquí, serán tal vez mañana nuevos apoyos sociales y nuevos protagonistas activos de las luchas en contra del neoliberalismo y en contra del capitalismo mundial en general. Igualmente, parece ser claro que esta invasión a Irak está ya potenciando y seguirá incrementando el resurgimiento del antiamericanismo en el mundo, y más específicamente de la crítica frontal y de la oposición activa al imperialismo norteamericano. Crítica y oposición que, habiendo sido uno de los objetivos centrales de las luchas sociales mundiales de los años cincuentas, sesentas y setentas, pareció en cambio apagarse durante los años ochentas y noventas recién vividos. Pero es claro que frente a la desesperada salida que representa el proyecto macartista planetario que ya hemos referido, y cuyas atroces y destructivas consecuencias hemos estado padeciendo en los últimos veinte meses, veremos sin duda incrementarse, en los próximos años, ese antiimperialismo norteamericano, junto a la crítica radical a la prepotencia militarista de esa hegemonía estadounidense en franco proceso de declive. Otro efecto importante de este movimiento mundial en contra de la guerra y por la paz, es el de fomentar una concientización cada vez mayor, en vastos sectores de las poblaciones de todo el mundo, de que nuestro planeta es cada vez más pequeño, y de que cada vez más se encuentra unido en torno de un solo destino. Porque en él, las agresiones, invasiones, guerras, decisiones y acciones unilaterales y hegemónicas, pero también los movimientos de resistencia, las luchas, las movilizaciones sociales y las protestas que acontecen en cualquier parte del globo terráqueo, impactan cada vez más, y también cada vez más rápidamente, a la dinámica global del sistema mundial capitalista en su totalidad. Por ello, es cada vez más claro que el diseño de ese destino global futuro de nuestro pequeño pero muy valioso mundo, no debe dejarse en manos ni de Bush Jr. ni de los halcones de la ultraderecha conservadora norteamericana, pero tampoco de la derecha que representan Vicente Fox, José María Aznar, Vladimir Putin, Jörg Haider o Silvio Berlusconi. Tampoco debemos dejar ese destino en manos de la timorata oposición, siempre presta a la negociación, que encarnan Jacques Chirac o Gerard Schroeder, o la propia ONU, porque el diseño global de ese destino sólo nos corresponde a todos nosotros, a los ciudadanos, a las poblaciones inmensas de todo el planeta, a toda la gente en el mundo, y a todos los miles de millones de seres humanos que lo habitamos. ¿Quién detendrá a George W. Bush, a la ultraderecha estadounidense, al nuevo macartismo planetario y a la industria militar y petrolera de EEUU? Sin duda alguna no serán ni Francia, ni Alemania, ni Rusia, con su tímida y ambigua oposición siempre negociable. Tampoco lo harán ni la Unión Europea, profundamente dividida, ni la ONU, completamente en ruinas desde hace varios lustros. En cambio, si alguien ha de ser capaz de parar a todos esos individuos y grupos de interés que son los promotores de esta nueva barbarie belicista del maccartismo global, ellos serán la sociedad y el pueblo estadounidenses en general, y en particular en las próximas elecciones del 2004. Y junto a ellos, la opinión pública mundial, y sobre todo la cada vez más amplia red de los movimientos sociales anticapitalistas y antisistémicos que prosperan y se afirman cada día, en todos los países, regiones y continentes del mundo. Siendo tenazmente optimistas, y pensando sobre todo en estos vastos sectores sociales mencionados, podemos seguir afirmando la idea y el objetivo general de que ¡Otro mundo, muy distinto al actual, es todavía posible! (*) Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. |
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