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| 17 de mayo del 2003 |
Marcelo Colussi
Menem logró transformaciones políticas, económicas y sociales en Argentina que la dictadura que le precedió, entre los años 1976 y 1982, ni siquiera pudo soñar. No es osado decir que puede concebirse una historia del país antes y después de su figura.
Montado en un partido que -hasta algún momento al menos- se suponía representante de los pobres y humildes, condujo una transformación neoliberal al mejor estilo conservador, antipopular y reaccionario. Por avatares que quién sabe podrá explicar, fue reelecto presidente. Ahora, como ex convicto con gravísimos cargos en su contra, con la carga de haber sido una de las más problemáticas, desagradables e irritantes figuras de la vida política argentina en las últimas décadas, quiso repetir su sueño de poder. Menem es un enfermo del poder; un megalómano con aspiraciones de monarca. Es más que evidente que no posee, ni nunca poseyó, un verdadero proyecto de país: solamente sus fanáticas aspiraciones de protagonismo lo han llevado a ocupar el sillón presidencial en dos oportunidades, y a querer reintentarlo ahora por tercera vez. Su patología no le permite aceptar que la población, mayoritariamente, no lo soporte, que esté hastiada de su estilo. En prevención de una humillante derrota prefirió no competir en la segunda vuelta electoral. Tal como le dijera su rival en la arena política -el ahora virtualmente presidente electo Kirchner- esa actitud fue de absoluta cobardía. Mi pregunta es, entonces: ¿por qué un enfermo pudo ser mandatario por dos períodos consecutivos? ¿El ejercicio del poder -al modo de Menem al menos- sólo es posible a partir de un estado patológico? |
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