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| 15 de mayo del 2003 |
Silvia Carnero (*)
Tengo la sensación de ser ciudadana de un país que sufre una profunda disociación, no existe una Argentina, sino dos y una de ellas es la Argentina paralela. Los acontecimientos, los hechos, el devenir cotidiano, se originan y fluyen simultáneamente en las dos Argentinas, pero claro está, son distintos, extremos opuestos, pertenecen a dos realidades diferentes.
Es por este extraño fenómeno que los argentinos, hoy, tenemos ampliamente desbordada la dimensión comprensiva, así como también la capacidad de asombro. En una de las Argentinas, aún se está viviendo una catástrofe. Santa Fe sigue anegada, los muertos son más de mil, hay casos de hepatitis. El cuadro podría empeorar pues se espera la aparición de enfermedades entéricas, como la salmonela, la gastroenteritis y también la disentería. Además, se han confirmado tres casos de leptospirosis y se teme una epidemia Los pobladores, en estado de conmoción total, caminan de un lado a otro sin rumbo fijo. ¿A dónde ir? Un largo camino hacia la nada. Otros aguardan todavía sobre el techo de sus casas mirando el agua, con una mirada extraviada que se pierde en el horizonte. Los más favorecidos volvieron a la copia de lo que en un tiempo atrás fuera su hogar. Como extraído de un cuadro de otras nefastas épocas argentinas, el ejército, la prefectura y la policía, lo rodean y vigilan todo, armados. En las calles hay gente, mucha gente, que en algunos momentos se detienen a hablar con alguien conocido porque el azar favoreció su encuentro. Los temas son recurrentes: el agua, la muerte, la nada, el después. Ciento doce escuelas no funcionan, han perdido todo. Y todos perdieron todo. En la misma Argentina de la inundación santafesina, los docentes y alumnos entrerrianos aún no han podido comenzar el ciclo lectivo porque a los maestros el gobierno provincial les adeuda el pago de los meses de marzo y abril, dos aguinaldos y adicionales, así como también la devolución de descuentos. Es la misma Argentina donde más del 25% de la población no tiene acceso a la canasta básica de alimentos, la misma donde los chicos mueren de hambre. La Argentina en la que no hay trabajo, en la que muchos niños viven por la calles, mendigando, durmiendo en las plazas debajo de los bancos tapados con cartones y diarios. El mismo lugar donde la mayoría de las veces la justicia no resuelve los casos, aunque tengan la gravedad de un crimen, porque algunos políticos le han vendado sus ojos. También es la Argentina donde el pueblo aprendió a ser solidario, a brindar una mano a su vecino porque logró ponerse en el lugar del otro e interpretó su dolor o su rabia. Aquí vivimos gran parte de los argentinos, dificultosamente, tratando de entender nuestra realidad cotidiana, llevando nuestras vidas adelante con esfuerzo. Cada uno, tratando de aportar algo, por pequeño que sea. En la Argentina paralela, otras historias se viven y otros relatos nos llegan. Desde ayer se están sucediendo en ella hechos increíbles, tan sorprendentes como que uno de los candidatos para el previsto ballottage del domingo ha jugado con toda una sociedad. Una obra de teatro desquiciada y desquiciante. Mientras tanto, la vida sigue en la otra Argentina. La provincia de Santa Fe, Entre Ríos, el hambre, la desocupación, las injusticias, los chicos de la calle, todos nosotros, y un enorme etcétera, permanecemos de este otro lado. Y desde aquí observamos los juegos de los políticos, con mezcla de azoramiento e impotencia contenida, y les gritamos desesperadamente para que sepan que existimos y nos escuchen. La realidad está acá, en medio del agua y de otras tantas cosas que nos ocurren. Ya es tarde para jugar y tampoco queremos que jueguen con nosotros. Pero por muy fuerte que gritemos, parece que en la Argentina paralela nadie tiene la capacidad de escuchar. (*) Profesora de Filosofía. |
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