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| 11 de mayo del 2003 |
Virginia Giussani
Aquí no se trata de una encrucijada perversa entre procubanos y anticubanos. Probablemente, a eso nos quieren arrastrar unos y otros, pararnos en esa frontera ficticia de la obsecuencia a ultranza. Me niego, me resisto. Como libres pensadores, como seres que nos hemos enamorado y defendido la revolución cubana, tenemos todo el derecho del mundo de disentir cuando las cosas no nos gustan. Motivados y conmovidos por su bella revolución también nos jugamos cada uno en sus países y sus trincheras. Intelectuales, profesionales, trabajadores; perdimos hijos, padres, hermanos, gente entrañable en esa lucha por un mundo que una pequeña isla y un gran pueblo nos demostraba que se podía moldear con las manos.
Sin embargo, haberla moldeado y sostenido a través del tiempo de ninguna manera los transforma en dioses del Olimpo revolucionario. Quien crea ser dueño de la verdad absoluta, lejos de ser un revolucionario se transforma en un necio. De manera que basta de culpas, aquellos que los acompañamos desde siempre en su andar, y no sólo eso, muchos también dejamos jirones de nuestra vida en búsqueda de un mundo más digno, tenemos tanto derecho a opinar sin ser descalificados por ello. La historia, así sea por motivos propios o ajenos, no nos permitió construir ese país distinto en nuestras tierras, pero lo intentamos, lo sufrimos, lo padecimos y aquí estamos ahora, dando explicaciones -casi con el estigma de traidores- sobre nuestro desacuerdo frente a determinados mecanismos que, aunque no les guste a muchos, se alejan cada vez más de los presupuestos que dieron origen a la envidiada revolución cubana, esos maravillosos postulados de libertad y dignificación del hombre Cuba no es una marca registrada donde todos sus componentes se mantienen inalterables en el tiempo. Quizás, la ejecución de los tres secuestradores no hizo más que demostrarnos esa permanente mutación de los procesos políticos, como asimismo nos permitió atrevernos a exponer, ya no en la intimidad, sino públicamente, las fisuras y grietas que se fueron generando en su transcurso y desde hace tiempo. Era difícil cuestionar y hablar de aquellas cosas que no nos gustaba del proceso cubano, hacer públicas nuestras disidencias se transformaba en un desafío doloroso y una amenaza - hoy corroborada - de ser tildado de traidor a la revolución. Pero la instalación de la barbarie de un lado de ninguna manera justifica la barbarie del otro. Allí, ya no se puede seguir susurrando, allí hay que tener definiciones claras y contundentes, una de ellas es "no al asesinato", se lo vista con el traje que se lo vista. Sin embargo, esto no significa soltarnos la mano, esto significa animarnos a disentir, algo que todavía no se ha permitido construir el pueblo cubano, o no se lo han permitido. Cuba es un pueblo que se construyó con coraje y orgullo. Ladrillo tras ladrillo logró que aquel desmadre de aldea colonial se transformara en un país independiente, autónomo y con un extraordinario sentido de justicia social como eje principal de su camino. En muchas cosas ha crecido admirablemente y es motivo de envidia aún de los más preciados países capitalistas, pero en lo que se refiere a libertad individual, diversidad de pensamientos y pluralismo, todavía le queda mucho camino por recorrer. Un camino que seguiremos acompañando con pasión, con sueños, con discrepancias a veces y con el cuerpo llegado el momento. |
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