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La insignia
10 de mayo del 2003


Menem: Un estratega de lo impensable


__SUPLEMENTOS__
Crisis en Argentina

Héctor Timerman
Revista Debate. Argentina, 9 de mayo.


La primera vez que Carlos Menem presentó a su posible equipo de gobierno fue hace varios meses en el programa de Mariano Grondona. Parados como muñequitos de torta sonrientes se encontraban personas de distinto origen pero que compartían una condición importante: ninguno estaba procesado por actos de corrupción. En un descuido, el cameraman mostró a un Alberto Kohan mirando desde atrás del decorado. Al otro día, una productora me confirmó que Kohan se había negado a integrar el circulo que el menemismo decidió mostrar en escena.

La noche de la primera vuelta en el mismo programa, Gerardo Rozín me preguntó si las viejas caras que aparecieron en el fallido festejo menemista perjudicaba las posibilidades del ex presidente. ¿Qué cara puede ser más vieja que la de Carlos Menem? Pero al mismo tiempo nadie es más capaz que Menem en transformarse y transformar la realidad en aquello que sirva a sus fines.

Frente al próximo ballottage parece impensable que la estrella del Cesar, que Menem aduce poseer, siga brillando. Sin embargo, hay motivos para dudar que su reconocida imaginación no le permita encontrar alguna salida del laberinto en el que se encuentra.

¿Acaso no vimos como logró manipulear al radicalismo que firme el Pacto de Olivos, permitiendo una reelección que no estaba en la Constitución? ¿Acaso no logró ampliar una Corte Suprema con personajes que respetan más la amistad que el derecho? ¿Acaso no nombró a un sirio que apenas balbuceaba el castellano al frente de la Aduana de Ezeiza por donde pasaron las famosas valijas? Esos y muchos actos similares hubiesen terminado con la carrera política de sus pares pero a Menem, por el contrario, le sirvieron para mantenerse en el centro del poder.

Son sólo ejemplos de una persona que ha tocado los límites y ha salido indemne y entonces habilita a pensar que todos sus actos, inclusive los familiares, forman parte de una visión de poder que atraviesa los límites del ciudadano común. El miedo a Menem es el miedo a alguien que se mueve en una dimensión distinta y, por lo tanto, impredecible.

¿A quién no se le ocurrió pensar que el embarazo de Cecilia Bolocco es parte de una estrategia electoral? Un periodista chileno comentaba hace unas semanas que si había segunda vuelta la Bolocco volvía a embarazarse.

¿Quién no recordó en estos días que el tema familiar es bastante similar a la manipulación mediática del dolor por la muerte de su hijo en las elecciones de 1995? ¿O la súbita desaparición de los medios de su ex esposa Zulema y de su cuñado Emir Yoma no responde a un acuerdo de intereses mutuos? El político que denostaba la ley de divorcio mientras tramitaba el propio. El enemigo del aborto acusado por su ex esposa de obligarla a cortar un embarazo. Y, hace pocos días, el denunciador de un fraude que se terminó silenciando cuando se descubrió que el responsable era un puntero propio.

Es imposible para el ciudadano común pensar que Menem pueda revertir la cantidad de razones que se han aunado para derrotarlo pero esa es, justamente, la diferencia entre la gente y Menem. Transformar lo impensable en posible es un arte que domina el ex presidente. Un arte que le permite esconder a Alberto Kohan o crear tantos Alberto Kohan como sea necesario una vez que alcanza su objetivo. El ex--presidente -como le gusta recordar- cree que nadie muere en la víspera, una frase que en él suena más como amenaza que como expresión bíblica.



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