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| 7 de mayo del 2003 |
Una gestión muy devaluada
María Cristina Rosas (*)
Terminó el mes de abril, y con él, la presidencia de México en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Fue un mes, sin duda, dramático, en el que se produjo el desenlace de la guerra de Estados Unidos y la coalición que lo apoyó contra Irak. Lo fue también en el interior de la cancillería mexicana, debido a los numerosos cambios de funcionarios de alto nivel, donde inclusive la permanencia de Adolfo Aguilar Zínser como representante mexicano ante la ONU llegó a estar en duda, lo mismo que la del embajador Juan José Bremer en la legación diplomática del país en Washington.
Mucho se habló, tras el colapso del régimen de Sadam Husein, de los costos que para México tendría el no haber apoyado a Estados Unidos en la cruzada bélica contra Irak. Se sucedieron, en ese sentido, diversas declaraciones por parte del presidente de México y de diversas autoridades estadunidenses. El presidente Fox, en una de sus primeras apariciones luego de la intervención quirúrgica a que fue sometido, afirmó que su colega estadunidense le había externado lo lamentable que fue el que México no apoyara la gestión de Washington en Irak. Días después, el mismo presidente Fox negó que la relación bilateral con Estados Unidos hubiese experimentado un deterioro por culpa de Irak, y afirmó que nunca antes los vínculos entre México y Washington habían sido tan cordiales como ahora. Lo que es más: autoridades de la administración Fox, de visita en Estados Unidos, pretendieron resucitar el fallecido proyecto de acuerdo migratorio, ante lo cual, Colin Powell, secretario de Estado del vecino país del norte replicó que en Washington sí había malestar por la postura que México asumió ante el conflicto. Ciertamente para la política exterior mexicana es muy difícil maniobrar cuando su principal socio comercial e inversionista ejerce presiones políticas como las descritas. Sin embargo, para el representante de México ante la ONU, la incertidumbre generada, primero respecto a su permanencia o no en el cargo, y segundo, por las contradictorias declaraciones del presidente Vicente Fox -respecto a si las relaciones con Estados Unidos son buenas o son malas-, debe ser muy difícil negociar ante los demás miembros del Consejo de Seguridad y de la ONU, en general, debido a que no existe una definición respecto al nivel de compromiso político que México puede asumir en un momento dado con la comunidad internacional. Por ejemplo, si la relación con Estados Unidos es "mala", entonces la premisa es que el gobierno mexicano evitará tener más fricciones con Washington. No queda claro, sin embargo, qué ocurre si se percibe que la relación con Estados Unidos es "buena", toda vez que la consigna de evitar fricciones se mantiene de igual manera. Altos funcionarios de Washington, por ejemplo, manifestaron su conformidad con la manera en que México votó ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en torno a la resolución sobre Cuba. Pese a ello, los lobbystas y los promotores de la imagen de México en el exterior, consideran que sí hay un deterioro en los vínculos entre México y Estados Unidos y que, por lo tanto, debe ser puesta en marcha a la brevedad, una "operación cicatriz". Pero volviendo al tema de la gestión de México ante el Consejo de Seguridad en el mes de abril, hay que decir que fue desafortunadamente discreta. La manera en que se ha desarrollado la crisis en Irak amerita debatir temas muy importantes, entre otros: la suerte de las sanciones amplias que desde el 6 de agosto de 1990 el Consejo de Seguridad aplica contra Irak; la salida de las tropas de la coalición que encabeza EEUU del territorio iraquí; la transición política en Irak; y el posible envío de una operación de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas cuyo mandato tendría que recaer justamente en el Consejo de Seguridad (aprovechando que, por ejemplo, el Comité de Sanciones de Irak lo encabeza Alemania). Ninguno de estos temas fue analizado durante la gestión de México en el órgano máximo de la ONU. Antes bien, sólo se produjeron cinco resoluciones en el Consejo de Seguridad durante la presidencia mexicana, a saber: la resolución 1473 (2003) del 4 de abril sobre la situación en Timor Oriental; la resolución 1474 (2003) del 8 de abril sobre la situación en Somalia; la resolución 1475 (2003) del 14 de abril sobre la situación en Chipre; la resolución 1476 (2003) del 24 de abril, sobre la situación en Irak y Kuwait (que ratifica en escasas 11 líneas, la resolución 1472 del 28 de marzo que permitió reanudar el polémico programa petróleo por alimentos), y la resolución 1477 del 29 de abril sobre la situación del Tribunal Internacional para procesar a los responsables del genocidio de 1994 en Ruanda. Sobra decir que por cuanto toca a Irak, el Consejo de Seguridad se encuentra paralizado. La única resolución que ha merecido Irak en lo que va del año es la ya citada 1472 (2003) del 28 de marzo (dado que la 1476 no modifica en ninguna de sus partes a la 1472). En este sentido, México no es el único que padece esclerosis en su política exterior respecto a Irak. Empero, el sentido común apuntaría a que si Irak es un tema particularmente espinoso en la relación de México con Estados Unidos, valdría la pena mantener un activismo en torno a otros tópicos, donde lejos del disenso, México y Washington pudieran generar consensos. Pero hay que decir que tampoco fue el caso, como se verá a continuación. El pasado 3 de abril, cuando los ojos del mundo (y ciertamente los de la política exterior mexicana) estaban puestos en Irak, unas milicias que hasta ahora no han sido plenamente identificadas, masacraron en tres horas entre 400 y 1 000 civiles -las cifras varían dependiendo de quién reporta lo sucedido- en la localidad congoleña de Ituri, que tiene frontera con Uganda. La República Democrática del Congo es un polvorín desde hace tiempo, pero sobre todo desde que Mobutu Sese Seko dejó el poder en 1997. Una decena de países se han involucrado en el conflicto del atribulado país africano, donde la posesión de sus riquezas -entre las que figuran los diamantes, el oro y el cobalto- alimenta la codicia y el potencial del conflicto en la zona. Ituri, donde se produjo la masacre reseñada, es, de manera coincidente, una de las regiones más ricas en minerales de esa nación. La masacre de Ituri no mereció ninguna resolución de parte del Consejo de Seguridad, pese a que la ONU gestionó un acuerdo a fines del 2002 para contribuir a desescalar el complejo conflicto en la República Democrática del Congo. La Presidencia del Consejo de Seguridad para el mes de mayo recae en Pakistán. Curiosamente, Estados Unidos ha venido presionando a este país por la posible presencia de Osama Ben Laden en su territorio. Ciertamente Washington presionará a Islamabad, en el ánimo de evitar una gestión que pudiera afectar de manera negativa los intereses estadunidenses en el mundo, y sobre todo respecto a Irak. Sin embargo, es deseable que Pakistán no desarrolle una labor tan gris como la del país que le antecedió en la presidencia del Consejo de Seguridad. Irak, la República Democrática del Congo y gran parte de los países del mundo se lo agradecerán. (*) Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su libro más reciente se titula Cooperación y conflicto en las Américas. Seguridad hemisférica: un largo y sinuoso camino, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003, 365 pp. Correo electrónico: mcrosas@correo.unam.mx |
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