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| 5 de mayo del 2003 |
Horacio Verbitsky
Las especulaciones previas, los sondeos sobre intención de voto, sirven para imaginar escenarios futuros, prever desarrollos y combinaciones posibles. Pero con los resultados de la elección emerge una realidad que siempre difiere de las previsiones. Los comicios de la semana pasada no fueron una excepción y el cambio de clima es inocultable. Vale la pena enumerar sus efectos.
1. Lo pasado, pisado El 24,34 por ciento de votos por El-Hombre-de-Anillaco-Radicado-en-el-Norte-del-Gran-Buenos-Aires puede leerse de distintos modos. Es impresionante que pese a todo el daño que hizo, casi una cuarta parte del electorado aún le responda. Pero también es cierto que perdió la mitad de sus adherentes desde la última vez que se presentó a elecciones presidenciales, en 1995. El altísimo índice de rechazo que el ex presidente Carlos Menem concita descarta con alto grado de certeza que pueda volver al Polideportivo de Olivos. Ni siquiera tiene el consuelo de haberse impuesto en la interna de su Partido Justicialista, ya que casi un millón de quienes votaron por él lo hicieron con las boletas de la Unión de Centro Democrático, el partido de la familia Alsogaray. En el cierre de la campaña le preguntaron qué haría de ser derrotado. "Me presento en el 2007", dijo con una sonrisa. Es sólo una expresión de deseos. Su destino parece más bien tejer calceta y cambiar pañales. 2. Presentismo La asistencia a las urnas del 77,53 por ciento de los empadronados fue tal vez la mayor sorpresa de la jornada electoral. Las cifras reales serían aún mayores, ya que siguen figurando en los padrones muchos muertos, según admiten en privado las autoridades electorales. Hace 20 años, en pleno furor democrático, votó el 83 por ciento. Además, ahora sufragó en blanco menos del uno por ciento y poco más del 1,5 por ciento anuló su voto. En octubre de 2001 los votos nulos y en blanco expresaron el hartazgo popular ante las promesas incumplidas, la corrupción ofensiva y el empobrecimiento colectivo. Esto permitió que Eduardo Duhalde se proclamara vencedor en la provincia de Buenos Aires aunque sólo lo habían votado dos de cada diez empadronados, y Rodolfo Terragno en la Capital, con uno de cada diez. Esos votantes descontentos no querían el quiebre institucional que se produjo dos meses más tarde, cuando el pacto entre los senadores bonaerenses Duhalde y Alfonsín forzó el alejamiento del incompetente mandatario Fernando de la Rúa y abrió una aventura de final incierto. 3.Lo pasado, pisado (II) El 2,34 por ciento del padrón que se inclinó por la fórmula oficial de la UCR, integrada por dos íntimos colaboradores de Raúl Alfonsín, marca el peor registro de ese partido en su historia. Leopoldo Moreau y Marito Losada obtuvieron menos votos en la elección general que en la interna partidaria. Que se esfumen los firmantes del obsceno Pacto de Olivos con el que lotearon el poder sería una satisfacción parcial pero significativa de los reclamos populares. No es tan claro qué ocurrirá con Duhalde. Derrotado en las elecciones de 1999, entró dos años después por la puerta forzada del Congreso en llamas. Pero tuvo el buen tino de no postularse y apoyar a un candidato ya instalado y que no formaba parte de su círculo íntimo. Además lo rodeó de hombres más jóvenes y/o no estigmatizados, como Ginés González García, Felipe Solá y Roberto Lavagna. Dentro de tres semanas, tendrá una nueva oportunidad. Si aprende del triste ejemplo de Menem y Alfonsín, podrá replegarse en orden con sus Toledos, sus Citaras, sus Caporales, sus Caterbettis y sus Rodríguez y conservar una discreta influencia en el nuevo escenario que se abrirá el 25 de mayo. El eclipse de Menem podría asegurarle una vejez tranquila pero las ínfulas de su dueña y la angurria de su tribu conurbana tenderán a meterlo en líos. De ser así, Kirchner pagará las consecuencias. Sólo el Gran Buenos Aires quintuplica el padrón completo del Comahue y la Patagonia. 4. Despolarización La despolarización sin precedentes, con cinco candidatos que obtuvieron entre el 14 y el 25 por ciento de los votos, sugiere que el presentismo electoral no implica entusiasmo por ninguna de las ofertas sino compromiso con el sostenimiento de las instituciones. Una cosa es el fastidio con los candidatos, que no se ha desvanecido, pero otra distinta la destrucción del sistema. La apuesta parece ser corregir sus defectos de adolescencia, no demolerlo. La despolarización no alcanzó a los orígenes partidarios, sino todo lo contrario. Tres peronistas y tres radicales sumaron el 93,3 por ciento de los votos. El peronismo se rearmará en torno del vencedor y terminará de deglutir a otro de sus propuestos enterradores. En cambio está en duda la continuidad del radicalismo como algo más que una federación de cacicazgos provinciales. Es difícil imaginar un aglutinante que vuelva a unir a López Murphy y Carrió, pero acaso alguno de ellos pueda rescatar más adelante los restos del naufragio. 5. Ocaso del quesevayantodismo El año pasado, los organismos de derechos humanos decidieron no asistir a la movilización en reclamo de una asamblea constituyente que dispusiera la caducidad de los mandatos, la remoción de los jueces de la Corte Suprema de Justicia y el no pago de la deuda externa. Un documento de circulación reservada sostuvo que esas "consignas vacías de contenido" radicalizaban las posiciones e impedirían construir "un amplio consenso social, capaz de producir transformaciones en el funcionamiento del sistema democrático". El documento proponía, en cambio, "reunirse en torno de algunas reivindicaciones imprescindibles para la democracia", entre las cuales mencionaba como "temas cruciales que permiten reunir voluntades democráticas y definiciones indiscutibles" la desocupación, "el deterioro de los derechos sociales, en particular la salud y la alimentación, la violencia de las fuerzas de seguridad y la reacción ilegal del Estado frente a las protestas sociales, la crisis de representación política y la degradada sombra del servicio de justicia". Los resultados del domingo marcan el ocaso del quesevayantodismo y ratifican la vigencia de esa agenda pendiente, a disposición de quien decida asumirla con seriedad y perseverancia. La primera oportunidad serán las elecciones de renovación legislativa y de los ejecutivos provinciales y municipales que tendrán lugar de aquí a fin de año. 6. El ganador La previsible victoria de Néstor Kirchner abrirá un ciclo y una incógnita nuevos. El aporte del aparato justicialista bonaerense fue decisivo para su pase a la segunda ronda. En un distrito que representa al 37 por ciento del padrón nacional obtuvo el 43 por ciento de todos sus votos y el 63 por ciento de su ventaja sobre Ricardo López Murphy. Pero es previsible que esta incidencia del duhaldismo menguará el 18 de mayo, ya que el generalizado rechazo al menemismo producirá una cosecha de otro origen, tanto en Buenos Aires como en el resto del país. Esto debería permitir a Kirchner llegar menos condicionado a la presidencia. 7. De museo Ni la pintoresca alianza entre stalinistas y trotskistas (sin par en el mundo), ni el trotskismo puro y duro que rehusó sumarse a aquella porque no le parecía bastante revolucionaria, ni las distintas voces que postularon la anulación del voto encontraron eco en la sociedad. Todas las etnias de la izquierda paleolítica, que no han aprendido ni olvidado nada y que truenan consignas de hace medio siglo como si nada hubiera ocurrido en el mundo desde entonces, podrían encontrar en el análisis de los resultados del domingo valiosos temas de reflexión. Pero es improbable que lo hagan, porque se sienten a gusto en la sala más oscura del museo de la historia, desde la cual apostrofan a la CTA y a Víctor De Gennaro, sindicados como el enemigo principal. Antes aún habían emprendido un exitoso trabajo de demolición de las asambleas populares, surgidas con vitalidad para reclamar formas nuevas de participación que enriquecieran la burocratizada y corrompida representación política. La vieja doctrina de que todo lo que no se copa se destruye funcionó a pleno. Con palabras más evangélicas el Consejo Latinoamericano de Iglesias, que esta semana sesionó en Buenos Aires, previno en contra de los "esquemas ideológicos absolutistas" ya que "oponerse al neoliberalismo no significa ignorar el valor de las libertades individuales". No les fue mejor a quienes expresaron la nostalgia por el golpismo castrense. Entre las tres fórmulas verdeoliva apenas superaron el 1 por ciento del padrón. Su premio consuelo fue que el coronel Enrique Venturino, de la Confederación Para Que se Vayan Todos (sic), superara (0,76 a 0,74 por ciento) al autodenominado "Jorge Altamira", del presunto Partido Obrero. Es imaginable que el antiperonismo más cerril no pueda decidirse en la segunda vuelta y que la paleoizquierda, que ya ha comenzado a plantear la abstención o el voto en blanco porque su astigmatismo político no le permite ver diferencias entre ambos candidatos, se consuele atribuyéndose tal incremento. En ese universo en el que pululan cínicos dirigentes rentados, sinceros jóvenes militantes y todo pelaje de servicios de informaciones tampoco es descartable que algún minúsculo núcleo de desilusionados se radicalice de modo estruendoso. 8. Una base La diputada Elisa Carrió, que en un momento pareció seguir el camino autista de Luis Zamora, hizo una oportuna revisión. Ella misma calificó como equivocado ese desfallecimiento, a partir del cual comenzó a declinar en las preferencias electorales, que hasta entonces encabezaba. Aun así alcanzó un resultado notable, sobre todo a la luz de la austeridad de su campaña, que sugiere una forma distinta de hacer política. Los 2,7 millones de votos que la acompañaron (14,15 por ciento) pueden ser la base de una fuerza alternativa, si ella se decide a escuchar otras voces y participar de una construcción menos personal. Carrió formó parte del Frente Nacional contra la Pobreza que en diciembre de 2001 convocó a una consulta popular sobre una propuesta redistributiva simple y clara, para rescatar a los compatriotas caídos por debajo de la línea de pobreza. Los 3.300.000 votos obtenidos entonces por el Frenapo pueden redimensionarse ahora: equivalen al 16,7 por ciento, porcentaje superior al obtenido por la tercera fuerza, el Movimiento Federal para Recrear el Crecimiento. Sigue pendiente el desafío de organizar esa fuerza social en una opción política consistente. 9. El discurso y la práctica Ni la paleoizquierda, ni el ARI, ni el unificado Partido Socialista han logrado manejar una contradicción ostensible entre el discurso (que describe en forma elocuente los terribles riesgos y acechanzas de poderosos enemigos internos y externos que se ciernen sobre el golpeado pueblo argentino) y la práctica (que rehúsa la búsqueda de alianzas y consensos viables para resistir aquellos embates apocalípticos). 10. Caricaturas La caricatura del peronismo histórico que ofreció Adolfo Rodríguez Sáa sólo hizo pie en Cuyo pero se demostró inviable a escala nacional. Es previsible que esos electores (1,75 millones) decidan por su cuenta y se nieguen a ser transferidos como una encomienda a otro candidato. El gobernador de San Luis siguió la receta de Juan D. Perón para construir un rancho político, pero no se acordaba bien la proporción de los materiales. Lo más simpático fue su derrota en los tres distritos bonaerenses de los que reclutó a algunos de sus impresentables aparceros: San Isidro (Malhechor Posse), San Miguel (Aldo Rico) y Merlo (Raúl Othacehé) y en la Capital Federal, donde tiene más candidatos a jefe de gobierno que militantes (entre ellos el pagador de los laboratorios medicinales Pablo Challú, el ex ministro de la flexibilización laboral menemista Enrique Rodríguez y el ex socio de Domingo Cavallo, Gustavo Beliz). Lo que vendrá Las elecciones son apenas un momento del proceso político-social. La construcción de proyectos y alternativas se hace en la labor cotidiana entre dos convocatorias. El día de los comicios sólo se constatan sus logros y carencias. Al evitar una segunda ronda entre las propuestas liberales y represivas de Menem y López Murphy, el electorado se pronunció con cierta sensatez, que permitirá alguna forma de renovación. Pero también fue estimable el voto mayoritario en 1983 y 1989, que derrotó a las opciones más retrógradas y potencialmente represivas, y está visto que eso no garantiza un gobierno a la altura de las aspiraciones populares. Apenas ganar tiempo para impedir catástrofes peores. El discurso de "la producción y el trabajo" puede alcanzar para vencer en las urnas pero no para revertir el cuadro de alta desocupación y generalizada pobreza del que Menem no es el único responsable. Bajo el duhaldismo los grupos económicos locales transnacionalizados prevalecieron sobre los otros sectores del capital más concentrado (a su turno hegemónicos con Menem/Cavallo/De la Rúa). Su estrategia son las exportaciones, concentradas en menos de un centenar de grandes empresas y generadoras de escaso empleo. El asistencialismo con el que Duhalde apaciguó a los mayores grupos de trabajadores desocupados, desde los más afines de la FTV hasta el neovandorismo rojo del Bloque Piquetero, redujo aún más el piso salarial de la economía. Hoy, más que nunca, ni siquiera tener empleo es un seguro contra la pobreza. Sin una política activa hacia el mercado interno y decisiones políticas distribucionistas que rompan este círculo vicioso, el mal menor que se votará dentro de dos semanas será un pobre consuelo para más de la mitad de la población. A la buena de Dios Una de las tantas cosas que debe agradecerse al electorado es que no haya seguido las tendencias previstas por los principales encuestadores. De lo contrario, la del domingo 27 de abril podría haber sido una noche negra y tal vez hasta hoy no se habría determinado quiénes participarán en la segunda vuelta. El dato fundamental no era quién obtendría más votos, sino qué par de candidatos encabezarían las preferencias y pasarían a la ronda decisiva. Todos los sondeos vaticinaban una distancia entre el segundo y el tercero muy inferior a la que ocurrió, que fue de 5,64 por ciento de los votos. Si la realidad hubiera sido como suponían los expertos, la contradicción entre la primera elección posmoderna de la historia argentina y un sistema electoral premoderno podría haber derivado en un mayúsculo escándalo. El cuadro que acompaña esta nota se limita a los tres candidatos más votados. Coteja los resultados oficiales provisorios con los últimos sondeos difundidos por diez analistas del mercado electoral. De los más notorios sólo falta Julio Aurelio, quien se negó a divulgar cifras aduciendo que las distancias estaban dentro del rango del error estadístico de la muestra. Es decir que también él preveía una distancia inferior a la que resultó. Una vez cerrados los comicios, las autoridades y los fiscales de cada mesa de votación separan las boletas y las suman en forma manual. En un Acta de Escrutinio que viene impresa al dorso del padrón, escriben con una lapicera, en letras y números, la cantidad de sufragios emitidos, la diferencia entre los escrutados y los votantes empadronados y, por último, los obtenidos por cada candidato, los blancos e impugnados. Con esos mismos resultados el presidente extiende un "Certificado de Escrutinio", cuyos datos se vuelcan también a mano en un formulario especial que por costumbre se sigue llamando telegrama como en el siglo XIX y que el presidente de mesa entrega al empleado de correo. Esos telegramas recorren dos siglos hasta llegar a 38 Centros de Ingreso de Datos (CID) distribuidos en sucursales del correo en todo el país, donde recién comienza el procesamiento informático con el tipeo de los datos en sus computadoras. El software empleado en los CID coteja los resultados con el padrón correspondiente. Si se emitieron tantos votos como los electores registrados en el padrón, o menos, suma la mesa y la remite al Correo Central. Como en muchos casos las autoridades y los fiscales partidarios votan en una mesa en la que no estaban empadronados, el programa admite hasta cinco votos más por mesa que los inscriptos. Si la diferencia es mayor, rechaza los resultados de esa mesa. Lo mismo sucede si el operador no entiende la letra del telegrama, si falta la firma de las autoridades de mesa o se encuentra algún otro defecto. Esos defectos se denominan "Incidencias". Se dejan aparte y son resueltos por la Junta Electoral y los apoderados de los partidos, que intentan subsanar el inconveniente, interpretando de buena fe los datos confusos. Si lo logran, suman esos números, de lo contrario los dejan para el escrutinio definitivo. En las elecciones presidenciales de 1999 se admitió un margen de incidencias del 5 por ciento, en las de la semana pasada del 3 por ciento. Seis de los diez analistas (Zuleta, Romer, Equis, Analogías, Fara, Haime) vaticinaron que Menem y Kirchner ocuparían los dos primeros puestos. Tres estimaron que los finalistas serían Menem y López Murphy (Mora y Araujo, Giacobbe, Fidanza) y uno que dirimirían la elección López Murphy y Kirchner (Rouvier). Dicho de otro modo: nueve creían que Menem sería uno de los dos contendientes en el ballottage, siete afirmaban las chances de Kirchner y cuatro las de López Murphy. A los efectos del análisis que aquí interesa, el casillero más importante es el último, aquel que refleja la diferencia porcentual entre la segunda y la tercera fórmula más votadas. Tres encuestadores la estimaban en décimas, tres entre un punto y un punto y medio porcentuales, tres calculaban menos de 2,6 puntos y sólo uno vaticinó una diferencia del 3,8 por ciento, algo más aproximada a la del escrutinio. A la 0.30 de la mañana del lunes 28 se había escrutado y totalizado el 90 por ciento de las mesas, y todos estaban en paz. Menem y Kirchner porque tendrían una segunda oportunidad el 18 de mayo; López Murphy porque la diferencia de casi seis puntos era indescontable. De modo que las juntas electorales y los apoderados pudieron procesar sin presiones el 10 por ciento restante, entre incidencias y mesas que llegaban con retraso por las condiciones meteorológicas. A las 5.20 de la mañana del lunes, según la información oficial, ya se había escrutado el 98,94 de las mesas de todo el país, de donde provienen los resultados del cuadro, sin que hubiera reclamos ni protestas. Sólo habrían quedado sin escrutar 700 mesas, pero la exactitud de este dato recién se verificará en la comparación con el escrutinio definitivo, que se puede esperar en calma porque la diferencia superó en forma holgada las previsiones. Si la realidad se hubiera comportado como creían investigadores tan reconocidos como Mora y Araujo (Kirchner dos décimas por debajo de López Murphy, que disputaría la final con Menem), Rouvier (Menem fuera del ballottage por ocho décimas) o Zuleta (López Murphy excluido de la segunda ronda por ese mismo porcentaje), nadie se hubiera ido a dormir tranquilo. La respuesta frenética del tercero excluido hubiera hecho palidecer el furor de Alberto Rodríguez Saá el domingo pasado, cuando sin ninguna prueba denunció fraude. Con el 90 por ciento escrutado la distribución estadística normal hace que la tendencia sea irreversible en un 98 por ciento. Pero los partes descartados por incidencias no hacen otra cosa que romper la distribución normal y si la diferencia es minúscula no hay más alternativa que contar hasta el último voto. Los primeros sondeos para el 18 de mayo vaticinan diferencias muy superiores a las del error estadístico, por lo que el precario sistema electoral no debería tener problemas para procesar sus resultados sin conflictos. Pero sólo el voto electrónico, como se practicó en las últimas elecciones en Brasil y Venezuela aseguraría que la tranquilidad de una noche decisiva no vuelva a depender como el domingo pasado de la buena de Dios. |
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