Portada Directorio Buscador Álbum Redacción Correo
La insignia
4 de mayo del 2003


Razones para la crisis de la deuda externa:
1973-1982 (VI)


__SUPLEMENTOS__
Londres + 50

F. Martín Acosta T.
La Insignia, mayo del 2003.


IV. La crisis de la deuda externa

Luego de un período de intereses reales negativos, donde todos los participantes se beneficiaron del juego de sobre endeudamiento, para 1979 era ya claro que la crisis se avecinaba. Aparte de la irresponsabilidad prestamista por parte de los bancos privados, y el derroche por parte de los prestatarios, entre 1979 y 1982, una combinación de eventos, como se describe en esta sección, desencadenaron la crisis que todavía afecta el día a día de los latinoamericanos.

A. Eventos importantes

En 1979, tras la victoria del ayatolá Jomeini en Irán, el precio "a la vista" de un barril de petróleo subió más allá de 14 dólares y luego continuó subiendo. Este fue el segundo shock del petróleo. Una vez más, la balanza de pagos de los países importadores de petróleo tuvo números rojos. Para los países industrializados, en su totalidad, su balanza cambió de 31 billones positivos en 1978, a 51 billones negativos en 1980. En el mundo en vías de desarrollo, el déficit de los países del Tercer Mundo que no eran de la OPEP, creció enormemente, de 41 billones en 1978, a 108 billones en 1981 (81). De nuevo, estos déficits debieron ser financiados a través de los mercados de capital. El proceso de préstamos se consolidó con mayor fuerza. Pero ahora era sólo cuestión de tiempo que la crisis latinoamericana estallara.

Además, la inflación en los Estados Unidos había repuntado desde el período de la Guerra de Vietnam. El recientemente electo presidente de la Junta de la Reserva Federal, Paul Volcker, decidió combatir la alta inflación contrayendo la economía. Las tasas de interés se fueron al cielo. Muchos préstamos fueron contraídos al LIBOR más una comisión fija del banco, quiere decir, a spreads sobre las tasas de mercado. Alrededor de 65 mil millones de dólares de la deuda de Méjico, por ejemplo, fue contraída con tasas flotantes y enteramente en dólares (82).

Para los deudores de América Latina las consecuencias fueron desastrosas. En 1983, por ejemplo, una subida en la tasa de interés real del 1 por ciento le costó a Brasil 750 millones, igual al 3 por ciento de todos sus ingresos por exportaciones (83).

Además, el presidente Reagan y su costoso gasto en defensa, hizo subir el déficit del presupuesto a alturas récord. A principios de los ochentas, el gobierno incrementó los gastos públicos "utilizando el excedente del ahorro de los japoneses, y revirtiendo el flujo de fondos, convirtiéndose así los latinoamericanos, al final, en los que financiaron a los Estados Unidos, y no al revés (84)."

A la luz de estos eventos, muchos países de América Latina hubiesen sin duda, afrontado severas dificultades al tratar de ganar de nuevo control sobre sus economías. Los bancos se dieron cuenta de esto temprano, alrededor de 1979, cuando las acciones de Volcker subieron la tasa flotante para los deudores. De repente, los términos de vencimiento comenzaron a hacerse más cortos, ya que los prestamistas buscaban reducir las líneas de crédito de sus deudores. La retirada fue liderada por los bancos más pequeños y regionales, es decir, los que menor poder de negociación tenían. Los intereses de los banqueros y de los oficiales públicos que por largo tiempo, entre 1974 y 1979, convergieron (85), eran ahora más complejos. Muchos prestamistas estaban impacientes por reducir sus inversiones lo más rápido posible, pero aún así tan tarde como Junio de 1982, el Banco de América (sorpresivamente, uno de los Nueve Hermanos) había sido capaz de organizar un crédito sindicado para el gobierno mejicano de 2.500 millones de dólares.

Luego del conflicto de las Islas Malvinas, Argentina se retrasó en algunos de los pagos de su deuda, emergiendo por esto, miedo alrededor del mundo. Sin embargo, no fue sino hasta que Méjico sufrió una fuga de capitales que estalló la crisis. La economía mejicana se había estado debilitando por algún tiempo. En febrero de 1982 el peso se había devaluado en casi 50 por ciento. El primero de agosto de ese año, cuando un programa de austeridad fue anunciado, el fantasma de una nueva devaluación apareció de nuevo, y los pesos fueron cambiados rápidamente por dólares estadounidenses. Las reservas de divisas oficiales fueron terminadas rápidamente. El inestable castillo de cartas que se había construido a lo largo de la pasada década, finalmente cayó el 12 de agosto de 1982, cuando el ministro de Finanzas se vio forzado a reconocer que Méjico no podía ya cumplir con sus obligaciones de deuda externa. La crisis de la deuda externa de América Latina había comenzado.


B. La generación perdida

En 1992, un artículo titulado "La Crisis de la Deuda Externa, Q.E.P.D" apareció en The Economist. La idea era que los países de América Latina habían comenzado a lograr altas tasas de crecimiento de nuevo, diez años después del comienzo de la crisis. Sin embargo, la llamada "década perdida" se convirtió en la "generación perdida". Casi treinta años después del primer shock petrolero, los beneficios sociales y económicos del sobre-endeudamiento todavía están por ser descubiertos. Durante las últimas dos décadas, el valor nominal de la deuda de América Latina ha crecido a causa del interés compuesto en préstamos impagables. Para todos los países en vías de desarrollo, la deuda externa había subido de un total de 610 billones de dólares en 1980, a 2,3 trillones en 1997. Esto representa un incremento anual promedio de 8,2 por ciento el cual, comparado a un crecimiento anual de 7,4 por ciento nos muestra que la deuda externa está creciendo más que la economía, y por lo tanto, la capacidad de pago se ve cada vez más disminuida (86).

Los bancos privados han transferido la misión de tratar y negociar con los gobiernos a organizaciones internacionales como el FMI. La considerable exposición de los Nueve Hermanos, por ejemplo, a diecisiete países altamente endeudados, cayó con el Plan Brady, de 194 por ciento de su capital total a 51 por ciento entre 1982 y 1992 (7). De la misma manera, el proceso ha resultado en una situación anómala en la cual los países de América Latina han hecho transferencias revertidas, en la forma de interés y repagos por antiguos préstamos, que de hecho superan el dinero que vino originalmente de los bancos. En 1981, los deudores recibieron un financiamiento neto cercano a 50 billones de dólares. Para 1983, ese valor se había transformado en negativo, y en 1984 equivalió a un egreso de casi 35 billones, igual a 2,5 veces el valor de su duramente ganado superávit comercial (88). En 1985, mientras que los flujos netos de los bancos comerciales a los diecisiete países más altamente endeudados totalizó 3,7 billones, ¡los bancos recibieron casi 22 billones en pagos de intereses ese mismo año! (89). Un estimado de la UNCTAD sitúa este flujo revertido entre 1983-1985 de América Latina a los bancos internacionales por encima de los 100 billones (90). Por lo tanto, América Latina se convirtió en un gran exportador de capital neto.

El peso de los "ajustes" consiguientes ha sido asumido por la región a través de la austeridad. Los gastos del gobierno en la economía nacional han sido reducidos, y los impuestos y los costos de los servicios públicos aumentados, a solicitud del FMI y los bancos internacionales, para pagar los préstamos con parte de los agentes económicos extranjeros. Aún hoy en día, veinte años después del inicio de la crisis, los países latinoamericanos deben gastar parte de su presupuesto en satisfacer a los prestamistas internacionales. En 1980, Ecuador, por ejemplo, dedicó 17,2 por ciento de su presupuesto para la deuda externa. Este valor ha crecido consistentemente. Para el 2000 el servicio a la deuda había llegado al 51,1 por ciento del presupuesto aprobado para ese año 91). Situaciones similares suceden en otros lugares: Perú, por ejemplo, gastó 35 por ciento de su presupuesto general de 1998, en servicio a la deuda (92). Si la única forma de desarrollarse es a través de un gasto social más grande en la economía local (educación, infraestructura, etc.), entonces el futuro de mi generación en América Latina ha sido definitivamente hipotecado.

No existió ninguna conspiración para que se produzca la deuda en América Latina , a pesar de que en términos prácticos las consecuencias son tan malas como si hubiese existido. No hay ninguna prueba que los creadores de política de Estados Unidos hayan planeado hacer más fuerte su política exterior a través del endeudamiento de otros países. Las acciones del gobierno de los Estados Unidos en la arena internacional, fueron movidas principalmente por objetivos domésticos. Como Cohen expone, "cuando el Gobierno trataba con sus amigos Latinoamericanos, significaba que podía ayudarse a él mismo mientras ayudaba a los otros. (93)" Sin embargo, desde mediados de 1982, el tema de la deuda ha influido en gran medida la Agenda del diálogo Estados Unidos-Tercer Mundo.


Notas

(81) (Cohen, 1986: 227)
(82) (The Economist, Agosto 28, 1982:57)
(83) (O'Brien, 1993: 93)
(84) (Strange, 1998: 291)
(85) (kapstein, 1994)
(86) (Garret & Travis, 1999: 12)
(87) (Walter, 2000: 12)
(88) (Cohen, 1986: 287)
(89) (Kapstein, 1994: 97)
(90) (Strange, 1994: 219)
(91) (Vega y Mancero, 2000: 28)
(92) (Ugarteche, 1994: 219)
(93) (Cohen, 1986: 233)



Portada | Iberoamérica | Internacional | Derechos Humanos | Cultura | Ecología | Economía | Sociedad Ciencia y tecnología | Diálogos | Especiales | Álbum | Cartas | Directorio | Redacción