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| 17 de mayo del 2002 |
(O cómo perdí otra preciosa oportunidad de callarme la boca)
Marc Saint-Upéry
Tres preguntas clave
Dejemos entonces de lado la cantaleta de la "dignidad", reiterada con poca imaginación por decenas de escritorzuelos ilusos o serviles. En la coyuntura, y desde un punto de vista progresista, hay tres preguntas vulgarmente materialistas y muy pertinentes sobre el porvenir de Cuba: 1/ ¿Está amenazada Cuba por una invasión estadounidense? De la tan cacareada invasión gringa, los cubanos suelen decir a modo de broma que "es como los alimentos: siempre la anuncian y jamás llega." En realidad, es sumamente improbable por toda una serie de razones tan coyunturales como estructurales. Primero, a pesar de una genérica afinidad ideológica (una sensibilidad de extrema-derecha neoliberal) con la derecha republicana, el lobby cubano-estadounidense no tiene voz tan predominante en la política exterior de EE.UU. como para imponer sus anhelos -más retóricos que reales- de agresión militar a la isla. El que tiene vinculos estrechos con los gusanos es Jeb Bush, gobernador de Florida y hermano de George W.; como se ha visto, él y sus aliados cubanos constituyen un puntal del dominio electoral fraudulento de los republicanos, pero no pesan mucho en la agenda internacional. La ala neoconservadora militante que define la agenda imperial está estrechamente vinculada con la derecha israelí y está marcada por una fijación medio-oriental y asiática que le deja poco tiempo y poco margen de maniobra para proyectos grandiosos de revolución geopolítica en el patio trasero. Incluso en el mismo espacio latinoamericano, el conflicto colombiano, el tema venezolano, las consecuencias de la debacle argentina o las tensiones bolivianas preocupan mucho más a Washington que el griterío anti-imperialista de Castro. Claro que no hay certezas científicas en el asunto, incluso porque es equivocado pensar que el conjunto de la estrategia estadounidense responda a un plan-maestro elaborado en la Casa Blanca o en el Pentágono. La misma guerra contra Irak es el fruto de la victoria ideológica de una tendencia interna de la administración Bush en los meses posteriores al 11 de septiembre y, al contrario de lo que se cree, el lobby petrolero no era el sector más a favor de esta agresión (aunque no tendrá reparos en aprovecharse de la situación). Podemos al menos subrayar dos indicios interesantes. Primero, hace pocos meses, a través de una carta colectiva a George W. Bush, el lobby cubano-estadounidense del Congreso y sus aliados ultrarreaccionarios habían pedido muy explícitamente la cabeza de Lula, exigiendo una política de confrontación, de amenaza y de aislamiento político y diplomático del mandatario brasileño. No fue la via escogida por Washington, y aunque se pueda siempre debatir sobre la pertinencia de la política económica y social del gobierno petista, lo cierto es que Lula no ha cambiado ni una jota de su política exterior anunciada con tal de complacer a los gringos. De igual manera, los herederos de Más Canosa era radicalmente opuestos a la relativa baja de intensidad de la conspiración anti Chávez a la que se vio obligado Washington por una mezcla de realismo táctico y de pragmatismo petrolero. Consideran esta tregua parcial como una traición a la oposición venezolana, pero su voz no pesa mucho en el asunto. Hay razones más fundamentales para la poca probabilidad de una intervención bélica contra Cuba. Hoy en día, la isla caribeña no representa ni una amenaza militar, ni una fuente de recursos estratégicos, ni, al contrario de Chávez o Lula (cada uno en su estilo muy diferente), una amenaza de contaminación ideólogica y política regional: nadie en América Latina quiere imitar a un supuesto modelo cubano, ni siquiera los procubanos más empedernidos (hecho interesante y revelador en sí mismo). Washington está perfectamente conciente de esto, y más bien le conviene perseguir, con un tono tal vez más agresivo y arrogante, su clasíca política de chantaje y de presión: mejor mantener en vilo al régimen de La Habana y agitar la patética evidencia de su fracaso como un perfecto espantapájaros susceptible de desmoralizar los disidentes del orden imperial. Se trata de una conyuntura a mediano plazo que puede cambiar, pero la verdad es que hoy en día, Cuba está mucho más amenazada por su propia "decadencia" interna, por el estado de descomposición avanzado de su economía y de su relaciones sociales desequilibradas y dolarizadas y por el anquilosamiento paranóico de su sistema político que por una agresión militar exterior. Obviamente, si por circunstancias sumamente improbables tal agresión debería producirse, todas la fuerzas populares y democráticas de América Latina y del mundo tendrían el deber de oponerse a ella con el máximo vigor, al igual que hay que oponerse al embargo criminal e ilegal impuesto por EE.UU. Lejos de ser incompatible con la lucidez crítica sobre la decadencia terminal del régimen castrista, esta posición de defensa incondicional de la soberanía de la isla es la expresión de la más absoluta coherencia a favor de la autodeterminación democrática del pueblo cubano. Si los ingenuos, los ignorantes y los criptoestalinistas que no dejan de pulular en la izquierda latinoamericana no lo entienden y siguen pretendiendo que denunciar al régimen castrista equivale a favorecer los lóbregos diseños del imperialismo, es su problema, no el mío. Hoy en día, apoyar al delirio autocrático de Castro es fortalecer a Bush, ni más, ni menos. Y es lo que los Galeanos y Saramagos por fin empezaron a entender. 2/ ¿Adónde va la economía cubana? La fase de relativa estabilización que siguió los peores momentos del llamado "período especial" (estabilización conseguida al precio de un aperturismo sin rumbo estratégico y de la dolarización de hecho de la economía cubana) está llegando a un punto de agotamiento. En primer lugar, las medidas económicas contradictorias que el régimen castrista se vio obligado a tomar desde el 1993 se caracterizan por una falta de institucionalización y de garantías jurídicas serias. Un cubano que abre un modesto "paladar" con una capacidad de 10 clientes por almuerzo, eso para simplemente tratar de sobrevivir, no tiene ninguna garantía que, mañana, por un capricho de la burocracia o un viraje paranóico del régimen, no le vayan a cerrar su local y acusarlo de especulador y vil capitalista. En un nivel más fundamental, se trata de parches que no resuelvan lo que los mismos economistas oficialistas cubanos llaman púdicamente "el agotamiento del modelo de crecimiento extensivo". Mientras sus débiles efectos positivos se están agotando, la nueva política económica ha creado todo un entramado de situaciones de hecho y de intereses espurios que sólo agravan las condiciones de vida del pueblo cubano. Uno de estos efectos perversos es el aumento brutal de la desigualdad social: en términos de ingresos y de beneficios varios, la sociedad cubana está hoy en día dividida entre tres sectores: la casta dirigente, con su privilegios no monetarios y sus asignaciones especiales, tiendas reservadas, etc.; la parte de la población que tiene acceso a las remesas en dólares o a la economía turística (1); y la masa de infelices que no hacen parte de estas dos capas privilegiadas. "En Cuba, nadie se muere de hambre", se jactan los propagandistas del régimen -aunque el nivel de consumo alimenticio se haya peligrosamente acercado a la desnutrición durante el período especial. Sin embargo, la triste verdad es que el insumo calórico de la mayoría de la población y la disponibilidad de alimentos sigue siendo mucho menor que antes de la revolución, incluso para la mayoría de los sectores populares. Eso a pesar de tanto trabajo "volungatorio" (otro neologismo sarcástico inventado por los traviesos cubanos) en el agro y de la terca implementación de un modelo absurdo de agricultura sin campesinos, utopia clásica de un socialismo burocrático que, como en la Unión Soviética, alienta la sobrexplotación del campo por la ciudad. Por otro lado, al margen de ciertos esfuerzos de investigación y diversificación -como en el sector biotecnológico- que quedarán sin futuro mientras prevalece la dictadura de la economía de comando burocrático, no se ha podido superar el típico sesgo primoexportador tercermundista de la matriz productiva cubana a pesar de cuatro décadas de revolución hecha en el nombre de la lucha contra la dependencia. Hoy en día, la casi-monocultura turística está sucediendo a la casi-monocultura azucarera, con efectos no menos perversos que alimentan la fragilidad fundamental del sistema. En conclusión, cabe subrayar lo que tal vez es lo más fundamental para el futuro: en el marco mismo de estas profundas contradicciones, la era de la acumulaciòn capitalista originaria ya empezó en Cuba. Se desenvuelve esencialmente bajo formas monopolísticas y mafiosas que no quieren decir su nombre y en un contexto de desarrollo sectorial completamente desigual y asimétrico y de empobrecimiento generalizado de la población no dolarizada. Los miembros de la casta burocrático-militar al poder, incluso algunos de los más cercanos al dictador y sobre todo a su hermano Raúl, ya tienen su papel asegurado en una futura revolución capitalista salvaje. Gozan de fuertes cuotas de participación en empresas mixtas en el turismo y otros sectores favorecidos por los inversionistas extranjeros y poseen todo tipo de cuentas y contactos financieros útiles en el exterior, donde muchos mandan sus hijos a estudiar -en particular en Canadá, México y España-, como si no tuvieran confianza en el tan afamado sistema educativo cubano. Es de temer que la futura transición económica sea sobre todo una carrera de velocidad entre la mafia "comunista" de La Habana y la mafia anticomunista de Miami para adueñarse del desgastado patrimonio ecónomico de la isla. Tampoco hay que excluir alianzas entre ambos bandos que parecerán vergonzosas sólo a los ingenuos. 3/ ¿Puede haber en Cuba una transición democrática pacífica que preserve las (desgastadas) conquistas sociales del régimen castrista? Lo más deseable sería obviamente una transición concertada y controlada bajo la presión de la sociedad civil hacia un Estado de derecho y una economía social de mercado con un fuerte sector público y cooperativista y una pluralidad de formas de propiedad. Entre sus objetivos prioritarios, citamos los tres siguientes: a) acabar con el paternalismo autoritario, el arbitrario burocrático, el chantaje ideológico, la soplonería generalizada y el poder absoluto de los organismos de seguridad. Hacer de los cubanos ciudadanos adultos de pleno derecho y no hijos temerosos, resentidos o agradecidos -temerosamente agradecidos- de una potencia patriarcal obscura, caprichosa e incontrolable como los dioses del Olimpo. b) mantener y revitalizar las conquistas cubanas en materia de desarrollo humano, en particular salud y educación, hoy gravemente fragilizadas por el desempeño catastrófico del sistema en su conjunto (¿para que sirve una buena educación si el mercado negro y los dólares de Miami valen más que cualquier diploma?); c) liberar las fuerzas productivas del campo y de la ciudad y la inventiva popular para resolver la eterna escasez de alimentos, de viviendas y de productos de consumo básico que hacen de la la vida cotidiana de los cubanos un infernal rompecabezas -situación no esencialmente debida al bloqueo, como todas las investigaciones sobre el tema lo demuestren, incluso las de los propios economistas cubanos [2]-. Con la suficiente creatividad -y sabemos que el pueblo cubano es sumamente creativo-, una Cuba democrática, equitativa y sustentable aún podría ser un modelo original para un continente azotado por la depredación neoliberal. Si fuera capaz de entender su propio interés a largo plazo, la misma nomenklatura "comunista" de la isla podría beneficiarse de tal evolución democrática. En efecto, a parte de la idiosincrasia cultural caribeña -cierto más atractiva que la herencia secular de embrutecimiento moral y de servidumbre política que pesa sobre Rusia, por ejemplo-, la única cosa que diferencia a la Cuba castrista de los difuntos régimenes del Este europeo es la continuidad no completamente interrumpida con un proceso revolucionario autónomo (a pesar de la masiva eliminación por Castro de los miembros inconformes de la primera generación revolucionaria) y la mayor plausibilidad de la instrumentalización del nacionalismo cubano y de su tradición anti-imperialista por el partido comunista cubano. Estos dos factores explican en buena parte el margen de legitimidad de la que dispone el régimen. En el marco de nuevas reglas del juego, la élite en el poder, a pesar de sus fracasos estrepitosos, podría capitalizar sobre esta legitimidad. Mi hipótesis (y es sólo una hipótesis) es que, en caso de elecciones libres, transparentes y democráticas, el Partido Comunista Cubano podría ganar con un 30% a 40% contra una oposición dividida y sin proyecto claro o bien elaborado. Eso vuelve aun más injustificable e inexplicable la perpetuación del modelo autocrático y policial vigente en la isla. Al menos, obviamente, que los hermanos Castro tengan fuentes de inteligencia que les indiquen que me estoy equivocando y que el apoyo a su régimen es mucho más bajo que lo que supongo. Las responsabilidades de la izquierda latinoamericana En cualquier caso, me temo que la pespectiva que acabo de esbozar sea exageradamente optimista. En cuanto al porvenir económico de Cuba, por las razones mencionadas anteriormente, la extensión y la victoria final del modelo de acumulación originaria burocrático-mafiosa es mucho más probable que una transición controlada, políticamente transparente y socialmente equitativa. El hecho es que cualquier tipo de iniciativa económica independiente, que sea empresarial-privada o cooperativista-autogestionaria, está percibida como una amenaza por la casta en el poder. En el nivel político, las anticipaciones realistas no son más alentadoras. Lo que está sembrando la última ola de represión, como las precedentes, es miedo, amargura, doble conciencia, secreto desprecio hacia el poder y un ambiente de odio entre los mismos cubanos que, en una fase de desagregación final del régimen, podría incluso suscitar brotes de guerra civil. El modelo de control de la población (dos "fuentes de seguridad" por cuadra en La Habana), copiado entre otros de la Stasi este-alemana y sazonado por la soplonería y el servilismo ideológico como deber "revolucionario" de cada ciudadano, ha permitido que se acumulen profundos rencores entre los habitantes de la isla, a veces en una misma familia. Muchos secretarios locales del partido, muchos dirigentes de CDR que se han pasado la vida espiando, presionando o sermoneando hipócritamente a sus vecinos podrían pasar un muy mal momento en caso de agitación popular. Ya hubo linchamientos espontáneos de polícias en la provincia en la época más negra del período especial. Conociendo las prácticas fascistas de los "actos de repudio" contra los disidentes, no se puede totalmente excluir que el régimen trate de movilizar y armar una parte de la población contra la otra. Tampoco se puede excluir que unidades del ejército y de la policía se dividen y se disparen entre sí, como fue el caso en Rumania. Por eso, es sumamente importante que, desde hoy, se abran canales de comunicación y de diálogo entre los sectores más lúcidos y pragmáticos del régimen y los elementos más constructivos de la oposición interna y externa. Eso, sin embargo, no puede excluir a mediano plazo la formación de una comisión de la verdad para juzgar a los responsables de los numerosos actos de barbarie judicial y represiva que se han cometido en 40 años. Frente a este panorama deprimente, ¿que se podría o se debería esperar de la izquierda latinoamericana? De los intelectuales independientes, que dejen de proteger su ilusa virginidad ideológica tras el silencio, la retórica barata y el chantaje emocional y que se enfrenten con el doloroso trabajo de análisis concreto de la realidad cubana, sin temor a descubrir lo que preferirían no saber. Desgraciadamente, ya sabemos que pedir un análisis de tipo marxista o materialista de la relaciones de producción y de dominación imperantes en Cuba es mucho exigir de los "marxistas" criollos. En cuanto a las organizaciones políticas y sociales de la izquierda, no se trata en absoluto de proponer que se lancen en una campaña contra el régimen castrista. Tienen muchas otras prioridades, y la primera es resistir a los embates de la nueva y peligrosa fase del dominio imperial estadounidense y evitar que el agotamiento del modelo neoliberal genere más caos, sufrimientos e injusticias que alternativas concretas. Sin embargo, la necesidad de una reflexión estratégica racional sobre el tema Cuba es imprescindible por dos razones: -porque Cuba va a seguir "doliendo" y se va a seguir hablando de la isla, donde la situación política, económica y social no va a mejorar en absoluto. -por el peso simbólico desproporcionado pero real de este pequeño país de 12 millones de habitantes en la historia y el imaginario de la propia izquierda latinoamericana. Ahí, los grupos dirigentes que tienen un mínimo sentido de los verdaderos retos históricos podrían empezar a jugar un papel de mediación entre las fuerzas más racionales del régimen y de la oposición a favor del tipo de transición pacífica, democrática y equitativa que mencioné más arriba. Este papel no tendría necesariamente que ser estrictamente público y podría adoptar toda una gama de enfoques tácticos y metodológicos. Tampoco sería sin riesgo, en la medida en que todo un sector del régimen castrista, y probablemente el mismo Fidel, no vacilaría en tratar de difamar y desprestigiar con maniobras sucias cualquier iniciativa que ponga en peligro su monopolio de poder. Se trataría también de un juego peligroso por el evidente interés de Washington de pescar en aguas turbias. Pero son riesgos inevitables y valdría la pena correrlos: es muy tarde como para seguir fingiendo que no pasa nada grave. Conclusión para los bienpensantes Eso dicho, dudo que existan fuerzas políticas progresistas en América Latina que tengan la mínima idea de su responsabilidad en la materia -con la posible aunque no segura excepción del PT brasileño. Los más probable es que sigan prevaleciendo la retórica hueca y los reflejos condicionados. Inutíl decir que, el día del inevitable derrumbe final de la dictadura castrista, el costo político y moral de esta ceguera se revelará altísimo. Ya sé más o menos como los bienpensantes de la intelectualidad de izquierda van a reaccionar a todo lo que acabo de escribir. Una minoría de ideológos (bueno, por espíritu de caridad hacia la izquierda criolla, supondré que se trata de una minoría, pero quién sabe…) que comparte la misma mentalidad autoritaria y policial que el régimen cubano me acusará de ser un agente subjetivo u objetivo del imperialismo. Una acusación que me deja sin cuidado, y más bien me da una cierta satisfacción: en el 1984, dos especialistas de inteligencia de la policía francesa me acusaron de ser un agente del bloque soviético en base a mi militancia pacifista y anti-imperialista; poco años después, y sin que yo haya cambiado de opiniones políticas, la policía checa me expulsó del territorio checoeslovaco por ser un supuesto agente occidental empeñado en actos de subversión del orden "socialista". Así que ser tachado de agente del imperialismo por la mediocracia intelectual que todavía domina parte del seudo-pensamiento progresista en América Latina (con la ayuda exterior de patéticos revolucionarios de la cátedra, como los inefables James Petras y Hans Dietrich Steffan) es más bien un título de gloria y una garantía de estar en el buen camino. En cuanto a la mayoría (espero) de gente de izquierda honesta y razonable, aunque no siempre suficientemente informada, lúcida o consecuente, ya sé cual será su reacción: el silencio avergonzado, el mismo de las buenas familias burguesas en las que hay asuntos embarazosos de los que las personas decentes no hablan. Sin embargo, seguiré insistiendo que la evasiva del silencio y el rechazo a un debate materialista frío e impiadoso sobre el porvenir de Cuba -o sea al "análisis concreto de la situación concreta" de la isla caribeña, sin chantaje emocional barato ni escapatorias retóricas-, es no sólo una falta de valor intelectual, sino un error político y estratégico para la izquierda latinoamericana y puede tener consecuencias trágicas para la vigencia de su proyecto y para su misma supervivencia a mediano y largo plazo. Pero tal vez eso del porvenir de la izquierda en América Latina ya no es un tema para una tragedia, sino para una farsa.
Notas
(1) Sin embargo, cómo lo señala el sociólogo argentino Torcuato di Tella, "al personal cubano de los hoteles las empresa extranjeras les pagan unos quinientos dólares, que se los queda el Estado y a ellos les da a lo sumo treinta o cuarenta. ¿Plusvalía? No, eso no, eso occurre sólo en el capitalismo". |
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