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| 30 de marzo del 2003 |
La redefinición de la derecha
La Insignia. España, marzo del 2003.
España es un país en guerra, una guerra promovida y decidida contra la legalidad internacional por el gobierno corporativo de los Estados Unidos y secundada por José María Aznar, todos sus ministros y, al parecer, la mayoría de los miembros del partido que le aupó al poder. No me cabe ninguna duda de que algún ministro y varios diputados del PP padecen en este momento profundas angustias de conciencia. Pero a un cargo público se le elige para que tome decisiones, y sólo de sus decisiones son responsables públicamente, no de su conciencia, cuya exposición pública nadie ha pedido.
Aunque el escenario de las batallas se encuentra a miles de kilómetros, hasta las calles de Madrid llega con claridad el estruendo de los bombardeos. No existe, pese a las alarmas difundidas en este sentido, un peligro de quiebra civil. Y no lo existe porque la opinión pública se ha mostrado mayoritariamente contra la guerra. Se ha producido, sin embargo, una quiebra, una profunda quiebra entre la opinión pública y el partido gobernante y sus apoyos, que se muestran cada vez más nerviosos. Federico Jiménez Losantos, director del programa radiofónico La linterna y columnista del diario El Mundo, sostiene que mentimos quienes afirmamos oponernos al mismo tiempo a la guerra y al tirano Sadam, pues ya habríamos hecho lo mismo en tiempos de Pol Pot, mientras que el filósofo Gabriel Albiac recuerda el proyecto histórico nacionalista de Alemania y Francia, omnipresente en su literatura. A Federico Jiménez Losantos podríamos hacerle ver que la mayoría de quienes nos hemos manifestado y seguimos manifestándonos contra la guerra, a favor de la legalidad internacional y de la democracia, vestíamos pantalón corto por aquel entonces; pero largo los estadounidenses Jimmy Carter (ex presidente), Norman Schwarzkopf (general) o Martin Scorsese (cineasta), que también se han declarado contrarios a la guerra. Gabriel Albiac, por su parte, está cargado de razón sobre el nacionalismo histórico de Francia y Alemania; conviene apuntar, no obstante, que la construcción europea es un significativo paso adelante en la superación del pasado nacionalista, cuando menos la expresión de una nueva vocación no nacionalista; asimismo, su paisaje del nacionalismo histórico no resultaría tan sesgado si también se recordaran el Imperio Británico y la España franquista (más reciente que Vichy o el nacionalsocialismo alemán) y se observara la oleada de patriotismo emocional (no constitucional) en la que se está embarrando la sociedad estadounidense. Estoy de acuerdo con la opinión del actor Harrison Ford, que respecto de la invasión de Irak por los Estados Unidos ha expresado que está a favor de un cambio de régimen… en ambos lados. Se ha hablado de la crisis de proyecto de las izquierdas. El PSOE parece haber encontrado un asidero en el social liberalismo de Rawls, y comparto la idea de que la cúpula de Izquierda Unida debe renovarse, avivar nuevos proyectos y abandonar sus coqueteos con el ultranacionalismo abertzale, que parecen obedecer a la suposición irracional de que los enemigos de mis adversarios son mis amigos. Pero se habla menos de la crisis del proyecto de la derecha. Ha observado recientemente una diputada del PP que los estatutos lo definen como un partido de centro. Pero ésta es sólo una categoría referencial: ¿el centro de qué? El PP continúa siendo un partido neoliberal, que en materia laboral continúa limando los derechos de los trabajadores y elevando las cotas de arbitrariedad (que no libertad) de los gestores de las grandes empresas capitalistas, que en materia fiscal sigue haciendo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, que ha alimentado la exclusión social, y que en asunto de libertades públicas parece tolerarlas sólo cuando el viento infla sus velas. Podemos interpretar su posición contraria a las Naciones Unidas y su alineación con el gobierno de Bush como el corolario de un proceso político de cierre de filas y ensimismamiento ideológico que ha pasado por un decretazo, una gestión inepta de la crisis del Prestige y, ahora, una guerra. También podemos interpretarlo estructuralmente: las democracias han caminado durante dos décadas hacia una conversión en sistemas cerrados, desplazando cada vez más las decisiones y el poder a los intereses (legales, pero de legitimidad democrática discutible) de las corporaciones capitalistas. La democracia es un sistema de creación de derecho, el derecho de todos y cada uno de los miembros de la sociedad, no un órgano de gestión de los intereses de una casta de privilegiados. En la izquierda, no sólo en la izquierda institucional, sino también en la social y en la cultural, ya estamos pensando en ello. La derecha también debería meditarlo. |
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