| Portada | Directorio | Buscador | Álbum | Redacción | Correo |
|
|
|
| 22 de marzo del 2003 |
Ciberoamérica. México, marzo del 2003.
La satisfacción que el presidente de gobierno José María Aznar demuestra por su participación en la coalición encabezada por George W. Bush no encuentra eco entre sus electores.
Al inicio de las hostilidades contra Irak, las calles españolas se vieron tomadas de inmediato por los jóvenes, respondiendo a una convocatoria previamente realizada por el sindicato de estudiantes, pidiendo concentraciones a las 11.30 de la mañana del día en que comenzaran los bombardeos largamente anunciados. Los jóvenes tendieron hacia las sedes del gobernante Partido Popular de Aznar, a reclamarle directamente al partido con voces, con lanzamiento de huevos, pintura y hasta piedras, el papel que ha decidido jugar en este conflicto. La policía, en Madrid, hace lo suyo. Trata de evitar que unos manifestantes entreguen en el Congreso de los Diputados dos millones de firmas contra la! guerra.
Luego ataca a los estudiantes que paran el tráfico en las cercanías. Por la tarde del 21 de marzo convertido en la primavera de los misiles, los que salían a la calle eran nuevamente representantes de todos los sectores de la ciudadanía española: ancianos que en los ojos guardan el recuerdo de la propia guerra, la civil, familias con hijos a los que buscan enseñarles que las guerras preventivas son pretexto para la agresión, adultos que salen del trabajo para encontrarse con otros a quienes se sienten unidos por un solo sentimiento común resumido en cuatro palabras que han sido el eje del debate español: No a la guerra. La Plaza de San Jaume en Barcelona, la madrileña Puerta del Sol, las plazas de los ayuntamientos de numerosísimas ciudades, explanadas, parques y plazas se convirtieron en puntos de encuentro para expresar nuevamente lo que, según los sondeos de opinión, sienten entre el 84 y el 91 por ciento de los españoles: un rechazo a esta aventura militar Minutos antes de las concentraciones, fijadas para las ocho de la noche, la televisión lleva a los hogares las imágenes de la segunda oleada de misiles Tomahawk sobre Bagdad y la noticia de que las tropas de tierra han comenzado a avanzar. Las armas de destrucción masiva que ahora, más que nunca, utilizaría el tirano Saddam Hussein para salvarse, siguen sin aparecer. En el cielo de Bagdad solamente se ven los trazos de las balas de una artillería antiaérea que nada puede hacer contra los misiles. En las concentraciones están presentes las imágenes de ese resplandor inquietante que por las pantallas informa que otro misil ha caído. Y los españoles gritan "No en nuestro nombre" y piden "Ni un soldado, ni una bala, ni un euro para la guerra", pero los barcos españoles ya han salido a la misión humanitaria que supuestamente habrán de cumplir en el Golfo Pérsico. Alguien en la televisión, por demás alineada con el gobierno español, señala que es curioso que España entre a una pelea aportando al médico traumatólogo. Surgen velas de todo tipo, grandes, de mesa; pequeñas, de pastel de cumpleaños; veladoras de típico vidrio rojo con la imagen del Cristo del Sagrado Corazón. Alguien menciona que Bush ha conseguido lo que Franco no pudo: hacer que los católicos y los ateos piensen lo mismo. Aparecen las pancartas hechas en casa, las recriminaciones, algunas acres, otras airadas; en castellano, en asturiano, en catalán, en vasco, en valenciano, en gallego; los engomados de No a la guerra, ya muy vistos, y otros nuevos: "Como ciudadano de la vieja Europa estoy contra la guerra", que convierten en orgullo lo que Donald Rumsfeld profirió como insulto. Empieza el pago del precio que José María Aznar y su partido parecen dispuestos a pagar: los sondeos indican que por primera vez en muchos años la intención de voto por el PSOE es mayor que por el PP, otros estudios indican que en Galicia, donde finalmente termina en mayo la andadura política del último sobreviviente del régimen de Franco, Manuel Fraga, el PP va a la zaga del Bloque Nacionalista Gallego, favorito para presidir la Xunta de Galicia a partir del verano. Se convoca a las acciones siguientes: otras manifestaciones para los días siguientes, cadenas humanas, recolección de más firmas. Y al volver a casa, los manifestantes españoles descubren que son parte de una serie de manifestaciones que en todo el mundo reaniman a esa opinión pública a la que José Saramago, acaso sin demasiada hipérbole, ha llamado la otra superpotencia que queda de cara al nuevo siglo. |
|||