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| 6 de marzo del 2003 |
Focus on the Corporation. EEUU, marzo del 2003. Traducción para La insignia: Berna Wang
¿Qué está pasando en el Washington Post? Parece que las páginas editoriales del Post se han convertido en un reducto del Departamento de Defensa... salvo que probablemente hay más discrepancias sobre la próxima guerra en Irak en el Pentágono que en las páginas editoriales del Post. Solamente en febrero, el Post dedicó nueve editoriales a favor de la guerra; el último a dos columnas, argumentando contra la respuesta considerablemente crítica que había recibido el periódico, entre sus lectores, por tocar tambores de guerra.
En los seis meses transcurridos entre septiembre y febrero, el primer diario de la capital de la nación ha publicado 26 editoriales a favor de la guerra. A veces ha sido crítico con la administración Bush, a veces ha comentado acontecimientos relativos a la guerra sin ofrecer una opinión sobre la propia guerra, pero nunca ha dicho ni pío contra la acción militar en Irak. La página de artículos de opinión, que podría ofrecer cierto equilibrio, también ha estado fuertemente sesgada a favor de la guerra. En febrero, publicó 34 columnas que adoptaban una postura sobre la guerra: 24 eran a favor y 10 en contra, al menos en parte (otras 22 mencionaban Irak, y algunas estaban dedicadas exclusivamente a Irak, pero no adoptaban una postura clara ni favor ni en contra de la guerra). En los últimos cuatro meses, el Post ha publicado 46 artículos de opinión a favor de la guerra, y sólo 21 en contra. Esto constituye un cambio significativo desde septiembre y octubre, cuando los artículos de opinión estaban mucho más equilibrados, e incluso ligeramente inclinados a favor de la paz. Unas palabras sobre nuestra metodología. Analizamos todos los editoriales y todos los artículos de opinión del Post de los últimos seis meses que contenían la palabra "Irak". Fuimos al fondo de los artículos, y no prejuzgamos en función del autor. Clasificamos como artículos neutrales los que mencionaban Irak como asunto al margen y los que hablaban de la guerra sin tomar postura. Por ejemplo, se considera neutral un artículo que juzga cómo están respondiendo los países europeos a las propuestas de Estados Unidos sobre Irak, pero que no adopta una postura sobre la propia guerra. Los artículos neutrales no están incluidos en nuestro recuento. La metodología tiende a no computar las columnas a favor de la guerra. Clasificamos como artículos neutrales los que pensábamos que contenían cierta postura sobre la guerra, pero no la articulaban explícitamente. En los últimos meses hubo 17 artículos «neutrales» que consideramos tenían un sesgo a favor de la guerra, y sólo cinco artículos «neutrales» con orientación contra la guerra. Nuestra metodología también tendía a computar los artículos de opinión a favor de la guerra. Consideramos que un artículo de opinión era favorable a la paz si tomaba postura contra el impulso hacia la guerra en cuanto al asunto del momento, incluso cuando el autor dejaba claro que estaba a favor de la guerra en términos ligeramente diferentes de los que proponía el presidente en ese momento (por ejemplo, si se obtenía la autorización de la ONU). Puede que alguien que analice la página editorial del Post discrepe con nuestra clasificación de éste o aquel artículo. Admitimos que los límites pueden ser aproximados. Pero en conjunto, pensamos que otros analistas estarían de acuerdo en que nuestro cómputo acierta en gran medida y tiende a no tener en cuenta la disparidad entre los artículos a favor y en contra de la guerra. Además, la espectacular inclinación cuantitativa a favor de la guerra resta importancia a la cuestiones de hasta qué punto las páginas editoriales del Post han estado a favor de la guerra. Entre los columnistas asiduos del Post, los que publican artículos que consideramos contrarios a la guerra incluyen a E.J. Dionne, que afirma que no se opone a la guerra aunque «con dudas», Mary McGrory, que se declaró convencida por el discurso de Colin Powell ante las Naciones Unidas (postura de la que se ha retractado) y Richard Cohen, que en realidad está a favor de la guerra. Sólo William Rasberry podría ser etiquetado de auténtico y congruente opositor a la guerra. En el otro lado, los columnistas asiduos partidarios de la guerra son extraordinariamente duros y estridentes. George Will calificó a David Bonior y a James McDermott, dos congresistas que visitaron Irak, de «colaboradores americano» y «tontos útiles» de Sadam. Michael Kelly, en uno de sus momentos más tranquilos, afirma que nadie «serio» puede argumentar a favor de la paz. Charles Krauthammer dice que quienes piden la autorización de la ONU para la acción militar de Estados Unidos en Irak son culpables de una «especie de imbecilidad moral». La página de opinión del Post ha estado llena de ataques contra los que protestaban contra la guerra. Richard Cohen ha logrado escribir ataques contra John Le Carre, por una columna que había escrito contra la guerra, contra poetas contra la guerra, y contra el representante Dennis Kucinich. Cohen se unió al belicista Richard Perle al calificar a Kucinich de «mentiroso» (o como poco, «loco») porque Kucinich había insinuado que la guerra podría estar motivada en parte por el interés de Estados Unidos en el petróleo iraquí (¿es realmente una afirmación polémica? El columnista partidario de la guerra del New York Times Thomas Friedman dice que es «risible» negar que una guerra de Estado Unidos en Irak se debe en parte al petróleo). Ni a Le Carre, ni a los poetas ni a Kucinich les han dado espacio en la página de opinión del Post. De hecho, no han dado espacio a casi nadie que pudiera considerarse parte del movimiento por la paz. Las únicas excepciones: en septiembre apareció una columna de Hank Perritt, entonces candidato al Congreso por Illinois. Morton Halperin defendió la contención frente a la guerra en febrero. Y al reverendo Bob Edgar, ex miembro del Congreso que actualmente dirige el Consejo Nacional de Iglesias, un actor clave en el movimiento contra la guerra, se le permitió un breve artículo que se publicó en la semana comprendida entre Navidad y Año Nuevo, cuando los lectores y la atención a los asuntos graves disminuyen. Edgar sólo recibió el espacio después de que el editor de la página editorial Fred Hiatt, en un artículo de opinión, calificara al movimiento contra la guerra, citando expresamente a Edgar, de «abogados de Sadam». ¿Importa este tratamiento sorprendentemente parcial que dan las páginas editoriales del Post a la cuestión de actualidad más importante? Importa mucho. El Washington Post y el New York Times son los dos diarios que fijan de forma más fundamental las fronteras de la opinión legítima en Washington D.C. La extraordinaria inclinación a favor de la guerra de las páginas editoriales del Post en los últimos cuatro meses dificulta aún más que los círculos oficiales de Washington y la clase dirigente en general se pronuncien contra la guerra. Todas las personas que podrían ser calificadas de conocedores de los entresijos de la clase dirigente política-militar-empresarial saben que existen divisiones internas importantes ante la perspectiva de una guerra entre los estadistas de más edad, los mandamases retirados del ejército y los actuales presidentes de consejos de administración. Hay muchas razones por las que estas voces no hablan, pero no cabe duda de que las páginas editoriales extremistas del Post son un factor importante. El hecho de no haber dado una plataforma destacada a las voces contra la guerra ha servido también para dulcificar el debate entre la ciudadanía. No es respuesta decir que ha brotado un vibrante movimiento contra la guerra, basado en Internet, en sus propios canales de comunicación y en voces disidentes de otros medios de comunicación importantes. Enviar un mensaje por correo electrónico no es exactamente lo mismo que publicar un artículo de opinión en el Washington Post. Los editores de la página editorial del Post no han cumplido su obligación para con la democracia. El fuerte sesgo de las páginas editoriales, la retórica extrema a favor de la guerra contrarrestada sólo por unos críticos a la guerra dubitativos que se cubren las espaldas y los insidiosos ataques al movimiento contra la guerra, a que se ha permitido una respuesta mínima, todo eso ha debilitado, en lugar de alimentar, un debate nacional sólido. Llegados a este punto, no hay forma real de que el Post rectifique. Podría empezar a mitigar el efecto haciendo de inmediato un esfuerzo consciente por pedir y publicar un número desproporcionadamente elevado de artículos de opinión a favor de la paz, y dejar que el movimiento por la paz hable ocasionalmente por sí mismo, en especial teniendo en cuenta que los columnistas asiduos del diario lo atacan de forma salvaje y reiterada. Por desgracia, puede que el impulso hacia la guerra -que las páginas editoriales del Post han contribuido a alimentar- no se detenga en Irak. Hay buenas razones para creer que una guerra con Irak irá seguida de llamamientos de los halcones del Post y de la administración a favor de más acciones militares, contra algún otro objetivo. ¿Encontrarán los editores del Post una forma mejor de alcanzar el equilibrio antes de la próxima escalada militar? ¿O es que ahora las páginas editoriales del periódico están dedicadas sin más a una campaña de guerra permanente? (*) Russell Mokhiber es editor de Corporate Crime Reporter, con sede en Washington D.C. Robert Weissman es editor de Multinational Monitor, con sede en Washington, D.C. Ambos son coautores de Corporate Predators: The Hunt for MegaProfits and the Attack on Democracy (Monroe, Maine, Common Courage Press, 1999).
(c) Russell Mokhiber y Robert Weissman |
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