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| 18 de marzo del 2003 |
Inventario de una traición inconclusa (I)
Carlos Tobal
«¿De todos los crímenes de Estado que se cometen por
una corona
nos absuelve el cielo cuando nos la da?» -Napoleón I- I. De la utilidad de los interrogantes En la Argentina, todo se precipita, los habitantes se van acostumbrando a la idea de que no podrán recuperar su futuro. Eso se decide en otro lado (tal vez siempre fue así, y lo que se conocía por la belleza de la libertad, era el tamaño de un sobrante que se apocó abruptamente). Ahora, pasmados por el calor del verano y la falta de dinero, los transeúntes deambulan envueltos en un asombro aturdido. La prensa hablaba de un "veranito" posible. Algunos se alegraron anticipadamente; desde los tiempos del odiado Alsogaray, la malaria se asociaba con el invierno. Esta asfixia, de alguna manera, era novedosa. Pero, con la firma del tan mentado acuerdo con el FMI, las noticias dejan ver que aún falta entregarles la banca pública: eso pinta como un deber arreglado para el próximo gobierno Hay preguntas tácitas: ¿cómo hemos llegado a esto? ¿Se podría haber evitado? No se sabe, en el desbarranco todo es polvareda. En todo caso, se puede iluminar la neblina, enfocando los contornos. Hubo cosas de la propia manera de ser que facilitaron la crisis. La idiosincrasia de las víctimas fue compatible con los instrumentos utilizados para ocasionar el daño. Éstas, cayeron en la ilusión de pertenecer al primer mundo y prestaron consenso a la política que los llevó a la miseria. Para los beneficiarios financieros, en cambio, el neoliberalismo fue exitoso, tienen las ganancias a buen resguardo y las penas son ajenas. Se dieron perjuicios radicales sin que reventara el andamiaje jurídico de la nación y con inesperadas tolerancias. Eso autorizó el vaciamiento, hecatombe hábilmente simulada. Elementos internos y extranjeros se apoderaron, en pocos años, de los recursos materiales de la República y dominaron los resortes jurídicos de la organización nacional. ¿Pretendían además tranquilidad? Campea una sensación de indolencia, equivalente a la distancia entre hundirse, estar empantanado y cierta costumbre adquirida en el chapoteo. La cara de los culpables se enturbia detrás de las pantallas. La anarquía pone un cerco a la libre circulación y la mezquindad en las miradas corroe el humor, de sol a sol. Lo que se llama tranquilidad es el índice de tolerancia hacia el espectáculo de renovación electiva de autoridades, que los encuestadores detectan entre los espectadores. II. De cómo el Gran Hermano arribó a la Argentina Cualquiera se da cuenta que no se trata ya de un sistema democrático Pero, ¿cuáles fueron los deslizamientos internos del sistema que invirtieron los contenidos sosteniendo la apariencia de formalidad? La diferencia contemporánea es que, ahora, más que la muerte, se dirige la vida. Se fue produciendo una prevalencia de la norma en detrimento de la ley. La ley trabajaba contra el trasgresor, imputando una sanción -desde la muerte a la prisión- a quien entrara en la tipificación de la conducta que describía como antecedente de la pena. Eso dejaba un ámbito de libertad para las acciones privadas que estaban exentas de la autoridad del Estado. La norma, en cambio, pretende imponer una normalidad. Estrecha el círculo sobre lo que antes era el ámbito de libertad, imponiendo en el ser y en las conductas, bajo pretexto de la razón de Estado, lo que Heidegger designaba como "racismo metafísico". Escuchemos a Heidegger citando a Nietzsche: "La máquina como maestra. La máquina enseña por sí misma el engranaje de masas humanas en acciones en las que cada uno tiene que hacer una sola cosa: proporciona el modelo de la organización de partidos y del modo de hacer la guerra. No enseña, por el contrario, la soberanía individual: de muchos hace una máquina y de cada individuo un instrumento para un fin. Su efecto general es: enseñar la utilidad de la centralización" Luego Heidegger, explica: "... El adiestramiento de los hombres no es, sin embargo, domesticación, en el sentido de refrenar y paralizar la sensibilidad, sino que la disciplina consiste en almacenar y purificar las fuerzas en la univocidad del 'automatismo' estrictamente dominable de todo actuar. Sólo cuando la subjetividad incondicionada de la voluntad de poder se ha convertido en la verdad del ente en su totalidad, es posible, es decir, metafísicamente necesaria, la institución de un adiestramiento racial, es decir, no la mera formación de razas que crecen por sí mismas sino la noción de raza que se sabe como tal. Así como la voluntad de poder no es pensada de modo biológico sino ontológico, así tampoco la noción nietzscheana de raza tiene un sentido biologista sino metafísico". La normalidad, entonces, la dicta el fin geopolítico del Estado. La vida material de los ciudadanos pasa a ser un elemento disponible y administrable cuya suerte privada dependerá del poder. La vida política objeto del disciplinamiento social. El pensamiento de Aristóteles de que el hombre es un animal racional, era propio de una sociedad esclavista: unos hombres serían más animales que otros o, si se quiere, menos racionales. Los negros son personas pero no tienen historia, concedía Heidegger. Luego podrán ser los kurdos, los iraquies, los palestinos, los argentinos, etc. Esas "menos personas" son meros datos. En pro de la política económica de reajuste del mundo, un poder centralizado, decide, por ejemplo, que una cantidad de millones de las mismas caigan de la línea de indigencia y mueran de inanición. Se podría decir que la Argentina sufrió un modo especial de conquista. Implosión socio jurídica que cambió el flujo de las instituciones. La cifra de las víctimas es enorme. El país, o sus escombros contables, ya está en manos extrañas. La biopolítica está operando. La palabra crimen, incluso, ha quedado chica. Se podría, quizá, hablar de genocidio impropio o light consumado con el error inducido de las víctimas. La población fue tomando la cicuta, alegremente. La bebió como si fuera una gaseosa que ayudaba a estar mejor, y en lugar de entrar al primer mundo, se volvió famélica. Desde Buenos Aires se percibe la levedad del exterminio. Aunque hayan usado recursos extraídos de la ingeniería jurídica del nacional socialismo, Menem no es Hitler ni Alfonsín es Hindenburg, aquel presidente del Reichstag que, cediendo a las presiones, abrió las puertas que permitieron a Hitler acceder al ciclo tenebroso de poder totalitario. La organización estatal nazi tenía una cara místico-grandiosa y otra granuja dispuesta al exterminio frío. Los sucesivos gobernantes argentinos tomaron sólo la cara granuja. Pensemos en la imagen de aquellos, nuestros dictadores, Videla, el asesino inexpresivo: un confiable, prolijo, señor de escritorio. Esos gestos tan empáticos cuando, jugando con el lenguaje, decía: los desaparecidos no existen, ¿qué son? Son eso, una entelequia. Massera o el ministro Harguindeguy: la imagen de un Al Capone que se vistiera de almirante o de general. Negociantes de dedos gruesos, prestos tanto para contar billetes como para estrangular. Galtieri, diestro en el cuchillo sobre el prisionero encapuchado; una síntesis etílica de todos, amigote para el festejo, sombra triste del Mussolini invadiendo Etiopía, saliendo como Perón al balcón; a él, sí, lo aplaudieron durante Malvinas. ¿Y Menem?, de preso llorón maldiciendo su suerte, a besuqueiro en la antesala de funcionarios, luego doble Presidente Capomafia. Tenaz volador de helicópteros, apasionado dueño de la Ferrari testarosa; implacable emperador de comisiones, seductor de todas las mujeres, aliado de enemigos de la patria, pagará con sangre de hijo su pertinacia en la codicia. Ahora, casi anciano, disimulado tras el colágeno facial, maneja el instante pretendiendo vencer el tiempo y, mientras pelea por la vuelta a la quinta de los Olivos, le hace inocular en una clínica de Chile (¿inútilmente?) a la joven modelo, su esperma manipulado (¿Será posible imaginar la hipotética asunción presidencial? : Por un instante, la cámara televisiva desviará su foco de esa gran mesa con oropeles dorados que sustentó los documentos de tantas ceremonias. Veremos, entonces que, al lado de los que están juramentándose, la primera dama, modelo rosa de variados amoríos, es dueña de la mano que mece la cuna. ¿Cómo se llamará el nuevo vástago?). Es rara el alma argentina, porta una propensión cerril a la derrota. ¿Qué nos diferencia de los grandes pueblos? Por la intrepidez y la ética de nuestros héroes podríamos igualar las epopeyas de la humanidad. Pensemos en la gallardía de San Martín en Guayaquil. En la cúspide del poder le entrega de un solo impulso la gloria a Bolívar. Y va vivir veinte o treinta años en el ostracismo, oscilando entre la calumnia y el ninguneo, sin romper su silencio. O en el deambular casi solitario, comiendo raíces, del comandante Guevara, intentando, desde la selva boliviana, cambiar el mundo y el concepto de hombre. La pretensión de compartir con los otros prisioneros su último plato de sopa, el coraje civil con que enfrentó a sus asesinos. Pero nuestros bandidos en el poder, aunque no tendrían nada que envidiarles a los malvados de la historia universal quedan, sin embargo, chapoteando en la inútil indigencia. Lo bizarro argentino, por algún misterio, termina en el olvido, alimentando la impunidad y la reincidencia. La conclusión es la siguiente: si alguien pensó que la estatura de una nación se determina por la catadura de sus héroes, estaba errado. Lo que manda es la grandiosidad de sus villanos y la insignificancia de los dirigentes es la cara de la crisis del siglo. Los héroes aislados, sólo pudieron construir un ejército de derrotados y funcionan para la nostalgia. Las instituciones que continuaron los proyectos, fueron manejadas por los sucesores de grandes bandidos. La cultura se encargó de ir encausando los remordimientos por sus crímenes al canto de los corazones. El desarrollo tecnológico que han logrado, les permite a las grandes potencias hacer la guerra sin necesidad del coraje de sus guerreros. Todo lo hacen en las pantallas. Detrás de sus escritorios, desde mullidos sillones reclinables, logran infinidad de muertes militares y sobre todo de civiles extranjeros, con ínfimas contraprestaciones de bajas propias. El exterminio se consuma con oficinistas; los mercenarios se vuelven eficaces. Eso ha cambiado la ética de la política y también la de la guerra. El coraje del combatiente o la genialidad del estratega se han tornado anacrónicos. Abarata inmensamente el costo de la acción de dominación. Muchas cosas se aclaran si miramos a Bush a través de las capacidades que se le reconocían a Napoleón como conquistador. Y, sin embargo, ya se los ve apropiándose del petróleo de Irak invadido. Sus soldados avanzaran pisando cabecitas para llevar a la práctica el delirio imperial de tener al mundo bajo el poder perpetuo de su capacidad de fuego. Y las encuestas anuncian que más de la mitad de la población norteamericana acuerda con sus jefes. Una innovación equivalente se ha conseguido en los elementos auxiliares de la acción política. La magia increíble de los métodos de captación de información privada y el monopolio de los multimedios informativos, permiten manipular la conciencia de poblaciones enteras como si fuera una telenovela. El "soberano" enterado vía satélite puede conocer y procesar miles de millones de conversaciones privadas acaecidas en sitios recónditos del planeta. Cual demiurgos omnipotentes, equipos multidisciplinarios dibujarán los planes de desestabilización y fraccionamiento de las fuerzas políticas locales. Mediante la corrupción de los funcionarios, irán apoderándose de empresas públicas y privadas. Un tema a desentrañar por la filosofía es el mapa de la traición como subyacente motor de la historia. A la vez, la traición a los traidores es el camino de los ríos que confluyen en el mar. ¿Qué hacer con el dolor de los traicionados? Por otro lado, el Estado remendado es la forma institucional que asume la traición al llegar a la cúspide. ¿Dónde puso la serpiente el huevo? III. De la cerradura falseada para el presidente cleptómano Entonces, la reforma constitucional argentina tomó la cara granuja del nazi fascismo, la tarea francamente asesina había sido ya cumplida por la dictadura militar. Y los chicos muertos de la democracia, resultado del plan neoliberal, son como las víctimas civiles de los grandes bombardeos de las guerras mundiales: algo así como el efecto no deseado pero inevitable, limpieza tecno-étnica-ideológica en pro de objetivos de los nuevos tiempos globales. En la era de la biopolítica, el aspecto animal de la vida de los ciudadanos, la mera sobrevivencia, es rehén de la planificación central. Así se fundó un nuevo Estado que nos permite, ahora, la convivencia entre los despojos. Fue una deconstrucción de los principios de la Revolución de Mayo, de la Guerra de Independencia de San Martín y de los pactos preexistentes que había consagrado la Constitución de 1853; y la etapa de Organización Nacional. Una contrarrevolución, a lo lejos, equivalente a la restauración de la monarquía en Francia luego de la derrota de Napoleón I. Esta etapa se inició el 24 de marzo de 1976 y aún continúa, las formas que va adquiriendo dependen de las contingencias. La reforma constitucional de 1994 implicó el dibujo de la desgracia, la puerta que el soldado propio dejó abierta para que entrara el invasor. Claro que fue pequeña (¿hacía falta más?) y la nueva Constitución incorporó la hipótesis de "razón de estado" para permitir la suspensión de la irrenunciable división de poderes. Permitió al Congreso delegar sus facultades en el Jefe Supremo de la Nación en caso "de emergencia pública" (art. 76) y a éste le dio el poder de legislar en casos de necesidad y urgencia (art. 99); aun contra el federalismo. Aplicaron a su labor la teoría de Schmitt. Pequeño hombre gris, fue el fabricante de la ingeniería jurídica que legitimó el poder nazi, "Es soberano quien decide el estado de excepción", fue su primera regla. En esa época, quien se atreviera a contradecirlo podía terminar, se decía, en un campo de concentración. Lo paradójico es que los nacional socialistas articularon ese andamiaje teórico para crear una Alemania gigante que, en busca de espacio, vital para el monstruo que crecía expandiéndose, debería dominar enteramente el mundo para tener sitio donde desarrollar sus tentáculos. Como señaló Foucault, en nombre de la expansión de la vida, el soberano mandaba al matadero al propio pueblo y a los pueblos vecinos. Schmitt, fue jurisconsulto, sutil y cultísimo. No está clara su amistad con Heidegger. Compadre del escritor Ernst Jünger -Tempestades de acero-, premio Europa de Literatura, longevo como él, máxima autoridad de París durante la ocupación nazi. Supieron ambos atravesar inmunes casi todo el siglo XX. Expresan personalmente la crisis del humanismo occidental: cómo gente de tamaña sensibilidad formó parte de un régimen genocida que costó a la humanidad cincuenta millones de vidas. Schmitt le dibujó a Hitler la visión constitucional que le permitió acceder al poder. Figuraba al Estado con un Jefe todopoderoso. Era el Leviatán, que Hobbes ilustraba como un monstruo marino, tenía forma de gigante: un hombre magno compuesto en su interior de innumerables pequeños hombres, amontonados unos sobre otros. En una mano blandía la espada, en la otra, un báculo episcopal. Protegía una ciudad bucólica de seres temerosos que percibía al enemigo como inevitable. Modelo feudal en que la soberanía era absorbida por quien brindaba seguridad y la protección se pagaba con sumisión. Quizá nuestras circunstancias confirmen la aseveración hegeliana de que la historia se cumple primero como tragedia y luego como farsa. Así, se fraguó el reciclado constitucional que permitió, tranquilamente, consumar la entrega de los recursos de la nación y perpetuar el sometimiento. Lo que se usa para potenciar, también sirve para despotenciar. Claro, todo se hizo incorporando al texto constitucional una retórica elevada en pro del constitucionalismo social. Ahí se nota mezcladas las voces de Alfonsín y Menem (¿Nosiglia, Manzano, Barrionuevo, Kohan, Corach, Bauza, Matzkin, etc.? En fin, el Pacto de Olivos). Es fácil saber quiénes fueron los beneficiarios, basta consultar los nombres detrás de la concentración de las riquezas, lo que se designa como la ruta del dinero. Pero, ¿el sitio del pensamiento libre, dónde debe estar? ¿Un hombre decente de moral media, el señor que viaja en subterráneo leyendo el diario y suele ceder su asiento a las damas mayores, qué debe pensar, a quién creerle? Los gobernantes corruptos, de antes y de ahora, ¿no se pasean por las pantallas de los televisores, ejerciendo su máscara de sonrisas, ampulosos, cada vez más reaccionarios, apenas chamuscados por algún escrache casual o el pensamiento insultante de los damnificados que los reconocen por la calle? ¿No se los ve, alegres e impunes, en sus ropajes brillosos, gozando sus tesoros? Como si los pilotos estadounidenses, luego de arrojar las bombas de Hiroshima y Nagasaki, envueltos en trajes transparentes de astronautas que los preservaran de las radiaciones imperantes, caminaran por entre los restos de las ciudades destruidas, saludando con la mano enguantada a japonesitos sobrevivientes que, entusiasmados, los aplauden a su paso (las secuelas nucleares, depositadas en las deformaciones de sus hijos por venir, entraran, en todo caso, dentro de los nuevos cánones de belleza y armonía). ¿Qué filosofía, qué creencias, cuántas tolerancias, respaldaron el liquidamiento? Son las mismas que mantienen, todavía, a pesar de todo, el encumbramiento de los victimarios. |
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