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La insignia
3 de junio del 2003


Lo que se ve venir


Sergio Ramírez
La Insignia. Nicaragua, junio del 2003.


El concepto tradicional de soberanía en el que se basan los estados latinoamericanos, que implica el dominio de un territorio determinado en que se asienta la nación, empieza a ser remecido por elementos muy diversos, y no pocos de ellos viciosos, entre los que hay que poner a la cabeza el poder del narcotráfico internacional. Digo empieza, porque por el camino que vamos, los avances de semejante metástasis, invasiva de todo el tejido social y político, no sabemos hasta dónde van a llegar. Y mientras menos pueda defenderse un estado frente a esta clase de ataques, por su pobreza y su debilidad, más rápido habrá de progresar esa enfermedad malévola.

Nicaragua es un país central a la región centroamericana, y por tanto su posición geográfica, de cara a ambos mares, fue motivo de enconos estratégicos a lo largo de la historia, para los viejos y nuevos poderes coloniales. Hemos vivido en dos costas distantes entre sí en todo sentido, y la costa del caribe ha sido vista siempre desde el pacífico de manera tan lejana que seguimos llamándola costa atlántica, como si nuestros reducidos confines fueran a dar al mar de los Sargazos. De la costa del Caribe sólo nos acordamos en el Pacífico cuando surgen problemas que no queda más remedio que enfrentar, pero con un sentido de molestia.

En realidad, se trata de dos culturas, una afrocaribe e indígena, la otra indoespañola, aunque por aparte bastante caribe también, que el mestizaje de que tanto nos preciamos no ha sabido conjugar a lo largo de siglos de incomunicación. Desde Managua la actitud hacia "la costa" ha sido siempre de cierta arrogancia colonial, como si enfrentar las responsabilidades nacionales que tienen que ver con el Caribe, fuera sólo un enojoso asunto de órdenes administrativas que dictadas desde aquí deben cumplirse allá.

Ahora "la costa" está en el centro de la atención pública por un hecho que muchos tomarán como pasajero en los medios de comunicación, pero que no lo es: el narcotráfico. Al tiempo que estallaba el escándalo de las acusaciones contra oficiales de policía en Bluefields, supuestamente involucrados con los carteles de la droga, los alcaldes de los municipios caribeños se han quejado, casi todos, de que aquel territorio, que si bastante despoblado representa sin embargo buena parte del territorio nacional, se encuentra indefenso frente al creciente poder de los capos que ahora lo utilizan como puente del tráfico de cocaína desde Colombia hacia México y los Estados Unidos.

Indefenso es una buena palabra. No sólo el extenso y desolado territorio selvático y de sabanas de la larga e irregular costa caribe, con decenas de bocas fluviales, ensenadas y cayos, muy propia para operaciones clandestinas, puertos y aeropuertos secretos para trasegar cargamentos, sino el país entero, que empobrecido por la corrupción y por largos años de desastres de todo tipo, no tiene los recursos necesarios para hacer frente a una amenaza semejante, que pone en riesgo la seguridad toda de Nicaragua, y del resto de Centroamérica, y que hace palidecer aquellos viejos conceptos de soberanía nacional.

El narcotráfico habrá empezado a sobornar policías, a comprar jueces y jurados, pero todavía no ejerce en Nicaragua todo el poder disolvente de que es capaz. Un poder que en términos financieros sería muchas veces mayor que el del propio estado nicaragüense, y que el de toda su economía, tantas veces como quisieran los barones que manejan el meganegocio de la droga; todavía no estamos en la lista mayor de los países donde se lava dinero proveniente de esas arcas inagotables, pero no veo lejano el día en que habremos de entrar en ella. Antes, Nicaragua sólo servía para repostar combustible a los "cigarros", las embarcaciones rápidas que llevan la droga hacia el norte: ahora, ya la costa del caribe se está convirtiendo en la pieza esencial de toda una operación en escala mayor, y eso se siente en el aire enviciado que empezamos a respirar.

Los narcos han elegido un territorio ideal para sus intereses, lejano y ajeno a los centros de poder del gobierno en el pacífico, y totalmente desprotegido, sólo hay que leer las informaciones que dan cuenta de la donación que el gobierno de Estados Unidos ha hecho al gobierno de un guardacostas Dabur, de segunda mano, recibida con gran pompa oficial, y el único con que ahora cuenta el país en la costa del Caribe, para darse cuenta de la dramática pobreza de medios para vigilar el litoral.

Las circunstancias históricas de incomunicación y aislamiento, que no se han atenuado, la pobreza y el abandono de los territorios del Caribe, y las frustraciones de sus habitantes, abren la oscura perspectiva de que los carteles de la droga empiecen pronto a alentar movimientos armados que les permitirían la protección de sus zonas de operaciones, tal como ahora ocurre en Colombia tanto de parte de la guerrilla como de los paramilitares. Pero en Nicaragua, estos movimientos armados serían separatistas.

No se trata de una falsa alarma, sino de una lectura fácil que ofrece la realidad a la luz de los antecedentes de la historia. Cuando el poder colonial inglés disputaba a la corona española el dominio de esos mismos territorios, creó un reinado mosco, con un soberano coronado en la catedral de Kingston, en Jamaica, y ese soberano estampaba su firma en las concesiones de explotación de maderas preciosas a los mismos ingleses.

¿Y qué haría Nicaragua, un país desangrado y empobrecido hasta la médula, para afrontar una guerra de secesión del territorio nacional en la costa del Caribe, si los alzados en armas estarían financiados por los infinitos recursos de los carteles de la droga? Esta es una buena pregunta no sólo para Nicaragua, sino también para los países centroamericanos, para los del caribe, y aún para los de toda América Latina, porque indica que los viejos conceptos de soberanía e integridad territorial nacional, tienen nuevos y poderosos enemigos, nada menos que los señores del delito a escala planetaria, en tiempos de aciaga posmodernidad.
Masatepe, junio 2003.



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