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| 1 de junio del 2003 |
Virginia Giussani
El amigo Raúl Zibechi nos brindó una excelente oportunidad en su nota de ayer (Sudamérica: Una oportunidad histórica), para comenzar a reflexionar juntos sobre algunas cuestiones que, seguramente, van más allá de una disquisición semántica; más bien apuntan a redefinir ciertos conceptos trascendentales. En una parte de su artículo, refiriéndose a la situación política de Brasil y Argentina, decía: "En los sesenta, ambos países fueron sacudidos por dictaduras antipopulares."
No pude evitar detenerme varias veces sobre este concepto que verdaderamente me sorprendió. ¿Qué significa una dictadura antipopular?. Entre las cosas que debemos resignificar en esta nueva era de transición no sólo es la terminología sino, y fundamentalmente, los conceptos que envuelven a esa terminología. Quizás convenga separar los términos y tratar de descifrar qué significa "dictadura" y qué significa "popular" o "antipopular". Para el primer caso convendría acordar qué se entiende por dictadura. ¿Es acaso sólo un gobierno producto de un golpe de estado? Es decir, un gobierno militar que llega al poder a partir de la fuerza y no del voto popular. O en cambio, más allá de las circunstancias legales por las cuales haya obtenido el poder su carácter de dictadura lo da el hecho de ser intrínsecamente autoritario. En lo personal me inclino por esta segunda definición, puede llegar a ser tan dictatorial un gobierno elegido por el voto popular, como un gobierno de facto, porque ambos generan el mismo efecto: el cercenamiento de las libertades individuales. Tenemos en la historia mundial sobrados ejemplos de una cosa y otra. Hitler fue elegido por el voto de la gente y se transformó en el más sanguinario dictador de la historia de la humanidad. Del mismo modo que en Latinoamérica la dictadura se caracterizó por los gobiernos militares, sin embargo ambos modelos tendían al sojuzgamiento del ser humano. De manera que la definición de "dictadura" creo que está más ligada a su carácter autoritario y excluyente, que a la metodología por la cual llega al poder. El segundo término interesante para redefinir es el de "popular" o "antipopular". ¿Acaso la legitimidad de un gobierno no se discute si es elegido a partir del voto popular? También éste concepto puede arrastrarnos a justificar lo injustificable. Si aceptamos esta definición tendríamos que terminar aceptando, y justificando, los hornos crematorios del nazismo o los gulag en la Unión Soviética de Stalin, porque durante años tuvieron un asombroso apoyo popular. El caso contrario podemos sintetizarlo en el golpe de estado instaurado en Argentina a partir de 1976. Fue un gobierno de facto que se adjudicó el poder a partir de la fuerza; sin embargo gran parte de la ciudadanía lo recibió con alivio e inclusive algunos partidos importantes que se autodefinían como democráticos vieron en los militares la única salida a la crisis institucional. Tuvieron que pasar ocho años de espanto para tomar conciencia del estrago causado por ese gobierno. Sin ir más lejos, el delirio puesto en marcha a nivel institucional y ciudadano cuando se invadió las islas Malvinas es un claro ejemplo de que a veces los pueblos también se equivocan. En definitiva, así como tenemos que reinventar nuevas formas de convivencia social a partir de la experiencia vivida en el sangriento siglo XX, también tenemos que atrevernos a llamar a las cosas por su nombre. Una dictadura nunca puede ser justificable, se presente con el traje que se presente, como tampoco el carácter de "popular" puede otorgarle legitimidad a ninguna barbarie humana. |
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