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La insignia
8 de julio del 2003


El otro fundamentalismo


__Especial__
La segunda Intifada
Luis Méndez Asensio
Agencia de Información Solidaria (AIS).
España, junio del 2003.


Las autoridades israelíes han reconocido explícitamente que calibraron en su momento la posibilidad de acabar con la vida de Yaser Arafat. "Asesinato selectivo" es el eufemismo del que echan mano algunos Estados democráticos para disfrazar un homicidio sin paliativos que, para más bochorno, cuenta con el aval de las máximas instancias aunque se prepare en un garaje y se ejecute clandestinamente. En los últimos meses el Gobierno de Tel Aviv ha llevado a cabo varios de estos asesinatos programados desde las alturas del poder legalmente constituido. Y ha conseguido así eliminar a otros tantos dirigentes de organizaciones islamistas que promueven a tambor batiente los atentados suicidas en cualquier barrio atestado de judíos. El objetivo de Ariel Sharon es el de intentar decapitar a los movimientos fundamentalistas palestinos, llámense Hamás, Yihad o Al Aqsa, preferiblemente a golpe de bomba o de misil. Esta terapia radical que en circunstancias menos endiabladas podría contribuir al desmadejamiento del adversario, sumada a las represalias militares, está generando entre los palestinos auténticos batallones de resentidos obsesionados con la idea de machacar al opresor sin reparar en gastos humanos.

Ha sido el Jefe del Estado Mayor del Ejército hebreo, el general Moshe Yaalon, el encargado de revelar lo que era un secreto a voces en los mentideros de Tel Aviv: la intención del Gobierno de Sharon de acogotar a los palestinos mediante la ejecución de Arafat, al que los israelíes consideran cómplice de los atentados terroristas facturados por sus compatriotas más extremos. Según el general Yaalon el operativo contra el emblemático dirigente de la Autoridad Nacional Palestina se frustró no por falta de ganas sino por las presiones ejercidas desde Washington para que el Gobierno de Sharon desistiera de sus planes, habida cuenta de que el asesinato sólo podía contribuir a envenenar más los ánimos. El mero hecho de que el equipo del derechista Likud sopesara la conveniencia de tumbar a Arafat, reviste una gravedad extraordinaria porque no sólo pone en evidencia el desprecio rampante de Tel Aviv hacia cualquier despunte de legitimidad en Ramala, sino porque es la constatación visible de que los líderes judíos están dispuestos a especializarse en el lenguaje de las trincheras así se torne irreversible el deterioro del medio ambiente.

Todo ello con el agravante de que el resto de las estanterías que integran la relación bilateral están excedidas de peso, entre ellas la famosa "Hoja de Ruta" que supedita la reanudación del proceso de paz y la creación de un Estado palestino al surgimiento de nuevas instituciones y dirigentes en Gaza y Cisjordania capaces de garantizar la seguridad en la zona. En otras palabras, que estén en condiciones de meter en cintura a la docena de grupos radicales islámicos que apuestan por los atentados indiscriminados como puntal de su estrategia, casos de Hamás y Yihad Islámica que son las organizaciones que promueven más activamente la lucha popular (Intifada) y que, tras mucho recelar, han propuesto una tregua de tres meses que la cerrazón de Sharon y los asesinatos selectivos en su contra podrían desbaratar.

Exigir a un Gobierno tan precario como el palestino, que carece de atributos soberanos y de Estado en el que sustentarse, reformas de tal calado si quiere acceder a la mayoría de edad, es un perverso ejercicio de sometimiento encaminado más a justificar futuras intransigencias israelíes que a la necesaria y urgente reivindicación de las autoridades palestinas como interlocutores fiables. Las exigencias impuestas por Sharon contrastan escandalosamente con la dejación de funciones del Gobierno hebreo que relega una vez más sus obligaciones prioritarias: parar la atomización del territorio palestino, retirarse de las zonas ocupadas militarmente y detener la construcción de nuevos asentamientos de colonos judíos más allá de sus fronteras.

Lamentablemente, el instinto revanchista y la falta de voluntad política que se les presupone a los palestinos se cultivan con el mismo primor en los despachos de Tel Aviv.



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