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| 24 de julio del 2003 |
A la altura de las circunstancias
Jesús Gómez
Una de las pocas cosas dignas que ha hecho el Partido Nacionalista Vasco a lo largo de su historia ha sido empezar a admitir, recientemente y de manera cada vez más clara, que su objetivo es la secesión. Jamás le interesaron los grados posibles de autogobierno, ni la autonomía, ni el federalismo, y por supuesto la democracia y los derechos civiles le son tan ajenos a tal fin como la redistribución de la riqueza y la disminución de las desigualdades entre las comunidades españolas. Parece una perogrullada; sin embargo, parte de la izquierda política ha tardado varias décadas en entenderlo y todavía hoy se resiste a asumirlo y a actuar en consecuencia.
Entre los borradores de «reforma de estatuto» en los que anda embarrado el lehendakari Ibarretxe, ayer se deslizó un globo sonda que mereció la condena del Partido Socialista, del Partido Popular y de varios dirigentes de Izquierda Unida con Francisco Frutos, secretario general del Partido Comunista de España, a la cabeza. Poco a poco se va comprendiendo que no nos encontramos ante el juego de un grupito de simpáticos señoritos decididos a tensar la cuerda, sino ante una amenaza directa al Estado que exige de una reacción consensuada y contundente. En la locura transitoria que ha sufrido, la izquierda política había traicionado su propia cultura federalista y unitaria, la tradición republicana; en la obsesión por vivir de códigos derivados del franquismo, ha estado ciega ante un proceso que resultaba evidente para cualquiera que contemplara España sin prejuicios. Con ello ha dañado su propia base, le ha concedido la hegemonía a la derecha y ha permitido que discutamos sobre banderas cuando los elementos centrales de los nacionalismos en nuestro país son, naturalmente, el privilegio y la desigualdad. Detrás de la patética reinvención del pasado, de la construcción de identidades contrapuestas y excluyentes e incluso de las campañas de terror no hay otra cosa que la obsesión de un puñado de familias que vivieron a costa de la pobreza y el subdesarrollo histórico del resto de los españoles y que viven ahora del chantaje al Estado. La izquierda ha cometido muchos y graves errores en su análisis del nacionalismo. Eso es especialmente cierto, para nuestra desgracia, en el movimiento comunista y en sus organizaciones herederas como Izquierda Unida, que mantiene un vergonzoso pacto de gobierno con el PNV en el País Vasco. En parte, se creía que el progresivo aumento de la descentralización y la implantación de un sistema federal formal o de facto (el Estado autonómico lo es) anularía el problema; como indicaba al principio, no podía anularlo: los nacionalismos vasco y catalán, contrariamente a lo que afirman sus propagandistas, no son hijos de la carencia y la opresión sino de la riqueza y del privilegio. Y en parte, se pensaba que la tensión generada por ellos serviría para equilibrar la tendencia contraria de una derecha estatal que en bastantes aspectos sigue sin asumir la pluralidad de España. No son las únicas razones, en absoluto, ni las más lamentables; pero bastan para entender por qué se han planteado soluciones absurdas desde la izquierda durante tantos años. Hasta se ha llegado a proponer, en el colmo de las estupideces, un «Estado federal asimétrico», o dicho de otro modo, un Estado donde unos paguen más impuestos que otros, donde unos tengan menos derechos que otros por el simple hecho de no haber nacido bajo la banderita feudal adecuada. La propuesta es aún más interesante si se tiene en cuenta que eso es, precisamente, el actual Estado autonómico; pero se trata de un detalle menor. ¿Podría explicar Izquierda Unida, por ejemplo, por qué gobierna con la derecha independentista en Euskadi y colabora, por tanto, en la ruptura del Estado y en el aumento de los privilegios de una de las comunidades más favorecidas? Los ciudadanos se lo agradecerían. ¿Podría explicar, al hilo de la pregunta anterior, por qué aumenta la desigualdad entre las comunidades españolas y qué propuestas tiene para detener e invertir ese proceso? Y qué decir del Partido Socialista, a medio camino entre la tercera vía y la vía muerta; en su caso hay tantas preguntas que apenas se distingue del Partido Popular. Afirma el todavía presidente del gobierno que necesitamos una segunda transición; por tal, José María Aznar entiende la congelación del Estado autonómico y la destrucción final del Estado social y de derecho. España, un país claramente progresista, se encuentra atrapado entre derechas a cual más reaccionarias por la notable incompetencia del Partido Socialista y de Izquierda Unida. ¿Qué hacer? Lo que no se ha hecho antes: En cuanto a la distribución territorial del Estado, la izquierda debe plantear un Estado federal unitario con el mayor grado de autogobierno posible a partir de los derechos civiles y no de los irracionales y predemocráticos derechos «históricos» del antiguo régimen. En cuanto a la ofensiva neoliberal, la izquierda debe exigir el cumplimiento de la Constitución en todos los aspectos relativos al derecho a la educación, al trabajo, a la vivienda, a una existencia digna. Se trata de recuperar, sencillamente, la razón que se dejó en el largo sueño. Y eso pasa, entre nosotros, por recobrar dos tradiciones muy relacionadas: la republicana y la eurocomunista. Ninguno de esos objetivos es irrealizable. Tenemos tiempo y un país capaz de dar ejemplos tan dignos y solidarios como las recientes movilizaciones contra la guerra de Irak. ¿Estarán PSOE e Izquierda Unida a la altura de las circunstancias? |
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