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| 12 de febrero del 2003 |
Marcelo Colussi
Si observamos con espíritu crítico apenas una hora cualquier medio masivo de comunicación audiovisual, lo menos que podemos preguntarnos es: ¿nos toman por estúpidos?
No hay duda de que desde principio del siglo XX, cada vez en un grado más creciente y hoy por hoy ya como tendencia irreversible, el fenómeno de las sociedades masificadas ha llegado para quedarse; la cultura mediática es la piedra de toque fundamental que las asegura. Las grandes concentraciones urbanas que fue creando la industrialización moderna, la uniformidad en criterios de consumo que impuso ese proceso, la manipulación colectiva que se desprendió de ello, todos esos fenómenos articulados fueron construyendo la sociedad contemporánea asentada en la masificación como criterio fundacional. La globalización de fines del XX está llevando esta directriz a niveles inconcebibles en otros momentos históricos. La capacidad técnica de los mass media es una llave fundamental en esta arquitectura; sin ellos no se podría haber llegado a este punto (que es, todo pareciera indicarlo, de no retorno). Quizá no es pertinente plantearse la calidad ética de esta masificación de la sociedad humana; evidentemente a los seres humanos nos sale con mucha facilidad esta posibilidad de tornarnos "masa". El hecho de constatar cómo se vende la Coca-Cola, o cómo un partido de fútbol tiene los más altos índices de audiencia televisiva - para decirlo con ejemplos banales, pero incontrastables - lo demuestran. En sí mismo, todo esto no es ni "bueno" ni "malo"; es, simplemente, una arista -siempre muy a la mano- de la condición humana. La cuestión se plantea cuando esto deviene instrumento al servicio de cualquier factor de poder. ¿Cómo hacer la pregunta: "somos tan estúpidos que nos dejamos manejar por las lucecitas fascinantes ofrecidas por los medios de comunicación", o "somos tan abominables que, como especie, nos podemos permitir manejar masas inmensas de gente para ponerlas a nuestro servicio"? Es obvio que la primera posibilidad es infinitamente más común a la mayoría de la población global que la segunda; en esta última encajan sólo algunas minorías. De todos modos podría formularse una tercera pregunta: "¿los seres humanos somos una combinación de las anteriores posibilidades?" Definitivamente: sí. Los espejos de colores con que los conquistadores españoles hipnotizaron a los pueblos americanos no son algo nuevo en la historia. El siglo XX ha llevado esta posibilidad a niveles inauditos: los medios gráficos han conseguido "maravillas" en este arte del engaño, de la seducción, de la sugestión. Todo indica que en este "oficio" no hay límites. "En la sociedad tecnotrónica el rumbo lo marcará la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón" (Zbigniew Brzezinsky, asesor del ex presidente estadounidense Ronald Reagan y factotum de los Documentos de Santa Fe). Luego de leer esta declaración -hecha sin la menor vergüenza, por cierto- no nos cabe otra alternativa que concluir: sí, en tanto masa, efectivamente nos agarran de estúpidos. Para corroborarlo baste encender el televisor: ahí están los comerciales más infames, el actual llamado a la guerra, la prédica interminable de la inoperancia del Estado y la eficiencia de la empresa privada, la apología del individualismo, el pop barato …. Reconozcamos que podemos ser estúpidos, pero no es para tanto, La lucha por un mundo un poco mejor que el contemporáneo se muestra titánica, cierto. Pero por algún lado hay que hacer algo; creo que intentar desmitificar las "verdades" mediáticas puede ser un buen aporte. |
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