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La insignia
21 de febrero del 2003


¿Hacia un nuevo mapa de Oriente Medio? (I)


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Adrián Mac Liman
La Insignia. España, febrero del 2003.



Regresar a tierras de Oriente después de una larga ausencia me procura una gran satisfacción a la vez que honda preocupación. En efecto, los cambios producidos en la región tras en 11-S son profundos, inquietantes. Presa de la psicosis prebélica, la sociedad oriental espera, con su habitual fatalismo, el desenlace de la crisis iraquí; Un desenlace que, según la mayoría de los analistas árabes, implica la casi inevitable opción armada.

Sin embargo, los árabes perciben el conflicto de una manera muy distinta. Sus motivaciones nada tienen que ver con la argumentación a favor o en contra de la guerra esgrimida por la etnocéntrica opinión pública de los países industrializados. Para los iraquíes, saudíes, kuwaitíes o bahrainíes, el orgullo de la "nación árabe" constituye un elemento clave. Y la guerra, en el caso de producirse, no quedaría circunscrita a la derrota de las huestes de Saddam Hussein, sino que sería una bofetada para el Islam en su conjunto.

Los gobernantes de Riad, Kuwait City o Doha temen, por su parte, que la intervención militar acabe desembocando en el desmembramiento de Irak y en la creación de varias provincias autónomas administradas por etnias diferentes, lo que supondría el premier paso hacia la posible y más que probable redefinición del mapa de Oriente Medio. Porque los proyectos de división territorial de Irak se han convertido en un secreto a voces. Desde finales de 2002, varias fundaciones estadounidenses, entre las que figura la Rand Corporation, principal asesora del Departamento de Estado, contemplan con frialdad la posibilidad de modificar el mapa de la región. Y ello, no sólo en función de intereses estratégicos a corto plazo, es decir, propiciando la caída de Sadam Hussein, sino también (¡y ante todo!) teniendo en cuenta los intereses económicos y energéticos permanentes de Estados Unidos.

"El mapa del futuro Oriente Medio prevé la creación de un imperio petrolero controlado por chiítas iraquíes, iraníes y saudíes", confesaba en el silencio de la noche de Amman un afamado politólogo jordano.

¿Un imperio petrolero? Lo cierto es que en el forcejeo que opone Washington a Bagdad se juega algo más que la mera permanencia en el poder de un tirano. Los analistas saudíes temen que el desmembramiento de Irak provocaría inevitablemente un "efecto domino" en los países vecinos. Para prevenir el mal, los wahabitas insisten en la necesidad de preservar la estructura castrense de Bagdad, único nexo de unión entre las distintas etnias iraquíes, encomendando al ejército el papel de árbitro de la vida nacional. Se trata de una opción "kemalista", susceptible de emular el ejemplo de los militares turcos, garantes de la estabilidad de su país desde la segunda década del siglo XX. Porque la creación de un protectorado dirigido por un militar estadounidense (se habla ya del general Tomy Franks) equivaldría a una declaración de guerra contra la nación árabe en su conjunto.



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