| Portada | Directorio | Buscador | Álbum | Redacción | Correo |
|
|
|
| 16 de febrero del 2003 |
La Insignia. España, 16 de febrero.
A las seis menos cinco de la tarde salí de Fuencarral y llegué a la Gran Vía, cortada a la altura de la Red de San Luis. De frente y a la izquierda, miles de personas descendían hacia la marcha que debía recorrer un itinerario tan conocido para los manifestantes de esta ciudad como para los propios turistas: Paseo del Prado, Cibeles, Alcalá, Sol. Hay pocos trayectos tan bellos -o a mí me lo parece- y pocas circunstancias tan dignas.
En mi memoria de esas calles habitan muchos recuerdos parecidos. Entre los más abrumadores, sin duda, la tristeza de una noche en la que perdimos algo más que el referéndum de la OTAN y la enorme alegría de aquella huelga general que fue una fiesta en todo el país. Hay hechos que desbordan su significado político, en el sentido más habitual -que no el más correcto- del término, y nos avasallan, dejan huella. Madrid es adicta a ellos. Una y otra vez, resiste. Una y otra vez, sorprende. Ama como odia: abiertamente. Según los organizadores de la manifestación contra la guerra, más de dos millones de personas colapsaron el centro de la capital. Exceptuados acontecimientos excepcionales, como la reacción ciudadana contra el intento de golpe de Estado del 23-F, cualquiera que conozca bien esta ciudad sabe que raramente despierta por cuestiones internas, salvo que tengan un valor tan plural y ejemplar que las haga de todos. A veces, es un error; casi siempre es un acierto. Pero intenten imaginar dos millones de personas, agolpadas entre las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche, sin poder avanzar, clavadas casi en el sitio, en un acto que debía ser marcha y terminó concentración. Imaginen los rostros, las banderas, el no a la guerra constante, la rabia y la emoción de contemplar, un día más, que no han conseguido separarnos. Y después, si quieren, escriban su propia crónica. Yo tengo la mía: la de un pueblo que levanta la voz cuando debe hacerlo. No sé si el inquilino de La Moncloa se dará por aludido. Probablemente, no. Por el poniente de Madrid, desde el antiguo Alcázar hasta el Palacio Real, pasando por el Pardo, han desfilado muchos incompetentes, algún genocida y unos cuantos de los que cuesta recordar el nombre. Poca cosa, siglos, algo que sólo llama la atención a recién llegados como Estados Unidos y a perros viejos que no han salido del viejo imperialismo, como la camada de Blair. Más importante que el tiempo y las banderías es la cultura; la que provoca que la mitad de la población de una ciudad salga a la calle, rompa el silencio y hable en voz alta. Aznar puede creer que es presidente de un gobierno, pero ya no es presidente de nada. Ahora está solo con sus medios de comunicación, su sostén financiero y las alharacas del poder. Menuda soledad -dirán-, pero interpreten bien: toda sociedad se basa en un contrato, uno que él ha roto y que está hecho añicos. Ya no es. Sólo la severa incompetencia de una izquierda política en estado terminal podría salvarle los trastos. Mientras tanto, me quedo con el día qué moría al fondo, entre Minerva y la Victoria alada del edificio de Metrópolis, hacia Sol. Por los millones de iraquíes cuya esperanza somos nosotros -tú y yo, seamos quienes seamos-, aquí o en Unter den Linden, qué más da. Ayer ganamos una batalla. Hay que mantener el pulso. |
|||