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La insignia
15 de febrero del 2003


El honor de Europa


__Especial__
EEUU en guerra
Rossana Rossanda
Il Manifesto. Italia, febrero del 2003.

Traducción para La Insignia: Izaskun Fuentes Milani



¿Es posible una Europa? No digo «otra Europa» como querrían los contrarios a la globalización, sino una Europa con una fisonomía propia, aquella en la que pensaban los europeístas del siglo pasado, reprendiéndonos a los de izquierdas por no quererla lo suficiente, por miedo a que alguno de los derechos conquistados en algunos países se decolorasen en la mediedad de la Unión.

Estábamos equivocados, pero parece que hoy tampoco a ellos les quedan palabras. Ni siquiera ante un acoso que viene de un gobierno estadounidense que no podría ser más de derechas ni más impresentable desde el punto de vista moral y cultural, y que llegó al poder por un puñado de votos reñidísimos. Pero ni una antiestadounidense notoria como quien suscribe diría nunca que los Estados Unidos sean eso, que no puedan hablar en otro idioma distinto del de George W. Bush (el juego se acabó, digan lo que digan las inspecciones de la ONU) ni sin el cinismo de Donald Rumsfeld. Éste último asegura que Irak será derrotado en poco tiempo, porque el ataque formal a sus fronteras (el informal ya ha comenzado) empezará con un lanzamiento de miles de bombas sobre los iraquíes a los que se dispone a liberar. Los dirigentes estadounidenses actuales tienen alma de sheriff, y también la certeza, que ya se demostró desafortunada en otras situaciones, de que Dios está con ellos. Pero no se debe a toda esa nación, ni siquiera a la mitad, el documento sobre la nueva estrategia que, modestia aparte, nuestra publicación ha sido la única en leer y hacer público desde los primeros días, y que teoriza sobre lo que debería escapar a todo análisis teórico: la guerra preventiva, en el lugar y el momento que le parezca bien a los Estados Unidos. Y que hoy los dirige, a ellos y a sus aliados, a un área tan compleja e inquietante, y tan imposible de controlar mediante la fuerza, como Oriente Medio. Allí, al humillar los fundamentalismos reavivados tras la guerra del Golfo, los fortalecerá y, si es cierto lo que se dice veladamente de Al Qaeda, causará una oleada de terrorismo.

¿No correspondería a Europa, que conoce el Islam desde hace siglos, contrarrestar esta elección peligrosa y miope, hablando a la mitad de los Estados Unidos que no ha votado a Bush mientras lo frena en sus aventuras? En realidad, Europa debería haber intervenido hace tiempo en la crisis del laicismo islámico, desactivar el fanatismo, actuar en favor de la democratización de esos países en lugar de usarlos uno contra otro, hoy con Saddam y mañana contra Saddam, sentando las bases para la solución del conflicto entre Israel y Palestina. La falta de un análisis y de una política autónoma de Europa ha sido evidente. Pero más vale tarde que nunca: podría hablar ahora. Resulta tan evidente que el parlamento de Bruselas, que no es exactamente de derechas, se ha expresado con un voto contra la guerra, y Prodi lo ha aplaudido en la Comisión: finalmente tenemos una línea de política exterior.

Pero no. Los comentaristas han corrido en auxilio del fundamentalismo tejano echando una mano a nuestro primer ministro, y acusan a Francia y Alemania de resquebrajar una unidad europea que no conciben más que como farolillo de cola del Pentágono. Ezio Mauro, generalmente equilibrado, los denuncia con alarma; L'Espresso nos garantiza que la «parte pensante» de la Iglesia no es contraria a la guerra preventiva; Mario Pirani, más inquieto, nos exhorta a comprender la psicología estadounidense después del ataque a las dos torres; Ferrara y el joven Sofri invocan sin bromear que a fin de cuentas la democracia se exporta con bayonetas, y así sucesivamente. Europa pierde una vez más la ocasión de demostrar que no es sólo una moneda y un mercado. Se cobija, izquierda incluida, bajo las alas del Consejo de seguridad, en lugar de hacer valer su peso y su autoridad en él. No debería ser necesaria una nueva masacre seguida de quién sabe cuántas muertes para que los políticos y comentaristas europeos recuperaran un mínimo de independencia en sus opiniones y se volviera a percibir en el ámbito del poder esa razón que arrastra a las plazas a la gran mayoría de los ciudadanos del continente. O tendremos que parafrasear la vieja frase de Slataper: «el honor de Europa está por los suelos».



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