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| 13 de febrero del 2003 |
Ciberoamérica. México, febrero del 2003.
La decisión del presidente de gobierno español, José María Aznar, de apoyar totalmente el proyecto de guerra de la administración Bush, se está convirtiendo en un dolor de cabeza que puede ser factor importante en las elecciones autonómicas y municipales de esta primavera e incluso en las elecciones generales de 2004 en las que por el Partido Popular no irá a la contienda con Aznar como candidato, sino con el sucesor que él elija.
De entre las poblaciones de la Unión Europea, la que más se opone a la guerra preventiva en Irak es la española, con un 74 por ciento de rechazo absoluto a toda acción bélica, según una encuesta de Gallup International. En contraposición, los alemanes se oponen rotundamente en un 50 por ciento y los franceses en 60 por ciento. A la oposición rotunda siguen quienes apoyarían una acción sancionada por la ONU y sólo el 4 por ciento en España estaría de acuerdo con el presidente Aznar al apoyar una acción unilateral de los Estados Unidos. En otro apartado de la encuesta, sólo el 16 por ciento de los españoles considera que su país debería apoyar a la Unión Americana si se da el conflicto. Este alejamiento del gobierno de Aznar respecto de su electorado sigue en el tiempo, de manera muy cercana, a la cadena de errores que caracterizaron el manejo del desastre del buque petrolero Prestige, y que han puesto al borde del precipicio incluso a Manuel Fraga, Presidente de la Xunta de Galicia, animal político incombustible y único franquista que sobrevive en el cuadro político de alto nivel en España. En el caso de la guerra contra de Irak, la virulenta reacción mediática gubernamental a las protestas de la gente del cine que se hicieron escuchar durante la entrega de los premios Goya se hizo efectiva en acciones que a muchos españoles les traen amargos recuerdos: órdenes de que la radio oficial española no hable de Irak en sus emisiones regionales, centralizando toda opinión e información en las transmisiones que salen de Madrid y, sobre todo, la censura de la oficial Televisión Española, que entregó a las otras cadenas un primer resumen de la entrega de los Goya en el que no había referencia al "No a la guerra" que repitieron todos los presentadores y todos los galardonados. A esta reacción censora siguió una más preocupante el 5 de febrero, en la comparecencia de Aznar ante el Congreso. Ofendidos por la censura, actores, cantantes y otros miembros del mundo del espectáculo asistieron a la galería de la cámara legislativa a expresar su oposición a la guerra. Se vieron recibidos por un grupo de policías que los cachearon minuciosamente, de manera claramente ofensiva e intimidatoria, tomándose largos minutos con cada rostro célebre, al grado de que varios se perdieron casi toda la primera intervención de Aznar. Cuando el presidente de España volvió a la tribuna, y ante las protestas de la galería, la presidenta de la cámara ordenó que los desalojaran. Finalmente, el sábado 9, durante un acto del Partido Popular en el que Aznar hablaba cobijado por sus correligionarios de derecha, un joven lo increpó desde las butacas con gritos antibélicos. De poco sirvió que Aznar explicara después que en España, por ser un país libre, alguien podía gritar ese tipo de cosas, lo que sería imposible en Irak, y sirvió de poco pues las cámaras mostraron el lado brusco de los asistentes al acto, quienes agredieron de inmediato al joven, afortunadamente causándole poco daño puesto que estaba rodeado sobre todo de personas muy mayores. Los hechos aislados del caso del Prestige podrían ser poco importantes. Entre ellos está el error de llevar a mar adentro al buque, así como la indolencia política que hizo que pasaran semanas antes de que Aznar visitara Galicia. Estuvieron el intento de ocultar en los medios la gravedad de la contaminación que sigue afectando a las costas de Galicia, Asturias, Cantabria, el País Vasco y el occidente de Francia, y la acusación de malos manejos económicos por parte de la plataforma arcoiris gallega Nunca máis. Se vio también la lentitud con la que se llamó al ejército una vez que los voluntarios ya estaban a cargo de la limpieza de las playas y la negativa a recibir ayuda internacional, rechazando incluso el obsequio de barreras antiderrames de alta tecnología. Unidos en un plazo de dos meses, estos acontecimientos vinieron a poner al gobierno de Aznar contra las cuerdas. La decisión de Bush de atacar a Irak con el apoyo de Tony Blair fue vista, quizá, desde el Palacio de la Moncloa donde despacha Aznar, como una excelente oportunidad de pasar página del desagradable incidente del Prestige y demostrar su capacidad de liderazgo junto a quienes han sido sus aliados europeos: Blair y Berlusconi, que con Bush forman la triple "B" de la guerra decidida. En este caso, Aznar se posicionaba en el bando que ganará la nueva guerra, sin asomo de duda, y esperaba que el PSOE le pagara el apoyo que el PP dio a Felipe González cuando éste se sumó a la coalición de Bush padre en la anterior guerra del Golfo Pérsico. No esperaba que el PSOE se opusiera, y menos aún esperaba que lo hiciera el 74 por ciento del electorado, es decir, de muchos que hace tres años votaron a favor del actual presidente de gobierno. Finalmente, un espacio tan tradicionalmente apolítico, cuando no exquisitamente conservador, como el mundo de la moda, se convirtió en plataforma antibélica durante la famosa Pasarela Gaudí de Barcelona, donde diseñadores y modelos hicieron patente su rechazo a la guerra mientras el público se ocupaba de recibir a la ministra de Educación y cultura, Pilar del Castillo, con una sonora rechifla. Ante lo ocurrido, la próxima Pasarela Cibeles de Madrid, la más importante del calendario de moda española, se convierte en tema de preocupación para el gobierno. En este ambiente, están pasando bastante desapercibidas entre la población acciones electorales como la intensa campaña publicitaria del gobierno para difundir los aumentos en las pensiones, campaña que busca influir en una importante población de la tercera edad. Un gobierno que obtuvo la reelección hace menos de tres años con una mayoría absoluta que le ha permitido introducir sin oposición gran cantidad de reformas legislativas, se ha visto reducido a una posición defensiva en pocos meses. Ciertamente, las reformas en las áreas de extranjería, educación y trabajo dispararon importantes movilizaciones, pero hasta ahora la capacidad del gobierno para desactivarlas o desaparecerlas en los medios de comunicación había sido muy efectiva. Incluso la huelga general del 20 de junio de 2002, exitosa sin duda en cuanto a capacidad de convocatoria y que efectivamente paralizó a España, pudo ser presentada por Aznar como "un fracaso" de los sindicatos convocantes, con una ofensiva mediática que superó con mucho a la que pudieron ofrecer los sindicatos, en gran medida debido a las claras tendencias de la mayoría de los diarios y televisoras españoles y a la falta de opciones ante ellos. Incluso desde la oposición, Aznar se veía fuerte. El dejo siniestro que no ha podido eliminar de su imagen pública lo ha mantenido con una calificación menor que la de su opositor Rodríguez Zapatero. Pero cuando las encuestas salían del espacio de lo personal y se ocupaban del partidista, el PP seguía por encima del PSOE, y hasta fines de 2002 no había nada que indicara que el partido de Felipe González pudiera volver al gobierno en 2004. En cierta medida, además, Aznar ha tratado de cubrir, con su silencio, al delfín. Consciente o inconscientemente se ha posicionado al frente de todas las batallas, o le ha encargado dar la cara a miembros de su gabinete que no tienen ninguna oportunidad de sucederlo. De hecho, en la protección que de los escándalos han gozado Rodrigo Rato, ministro de Economía, y Mariano Rajoy, vicepresidente Primero de gobierno, se fundan quienes consideran que estos dos son los lógicos finalistas. El PP decidió dejar en Aznar la decisión del nombramiento del sucesor, y Aznar parece decidido a manejarla para maximizar las posibilidades de triunfo de su partido. En el caso del Prestige, es lógico apostar a que se haya desactivado para las elecciones de 2004, aunque probablemente tendrá efectos claros en el norte de España en las elecciones autonómicas y municipales de este año. Pero el caso de la guerra en Irak muy probablemente no será olvidado tan fácilmente. En este tema se han sentido involucrados de manera muy personal los españoles de la calle, que no están actuando como meros espectadores. Una medida del costo político que puede tener para Aznar su sumisión a Bush, expresada en el hecho de que los cazas F-1 estadounidenses ya han estado utilizando las bases de la OTAN que tiene España sin que exista un mandato de la organización atlántica, será la manifestación del 15 de febrero. Para este sábado se han convocado manifestaciones en numerosos países. En su conjunto serán un mensaje que probablemente caerá en oídos sordos en Washington. Pero cada una de ellas tendrá además una lectura política interior para cada uno de los países europeos, para los gobernantes que se debaten entre aceptar lo que parece inevitable o bien buscar opciones que pueden atraerles, como a Alemania, la furia insultante de los altos funcionarios estadounidenses. En España, las manifestaciones pueden confirmar el súbito naufragio del adalid de la nueva derecha española. |
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