Portada Directorio Buscador Álbum Redacción Correo
La insignia
10 de febrero del 2003


Un pie en el horizonte

Motivos para la paz mundial


__Especial__
EEUU en guerra
José Marzo
La insignia. España, febrero del 2003.



Me han contado el caso del niño que, golpeado regularmente por su padre, finalmente lo denunció con el asesoramiento y apoyo de una institución dedicada a la atención al menor. Durante el juicio se demostró que semanas antes de la denuncia el niño no había recibido el regalo esperado por aprobar sus asignaturas, pues en realidad había suspendido una: el regalo que nunca llegó era una bicicleta para el verano. Interiorizado por el niño el maltrato físico sistemático, que consideraba un hecho "normal", fue la decepción por no disponer de la bicicleta lo que finalmente lo llevó a denunciar a su padre por tantos golpes, amenazas y castigos. El niño no era quizá un modelo de lealtad, pero tampoco tenía por qué serlo. Era una víctima, y quiero creer que los tribunales finalmente condenaron al padre por la violencia que había convertido a su hijo en un niño mezquino y rencoroso.

Esta semana hemos asistido en España al desconcertante espectáculo de litros de tinta de calamar derramadas sobre un grupo de cineastas que, durante la gala de entrega de los premios Goya, ejercieron sus libertades públicas para expresar su oposición a la guerra contra Irak. Han sido acusados de oportunismo y de dejarse arrastrar por la rabieta ante el descenso de taquilla del cine español; el diario sensacionalista La Razón incluso ha recordado en portada que estos mismos cineastas son los "subvencionados y popularizados" por el partido en el gobierno. Desde este inconsciente reconocimiento de que la popularidad de un artista se gesta en buena medida en despachos que no entienden de talento hasta afirmar que de un artista "popularizado" se exige sumisión, sólo hay un paso. A Javier Bardem le costará recuperar su imagen de actor campechano, después de que tantos periódicos nos hayan mostrado en primera su rostro descompuesto por la pasión política durante una manifestación contra la guerra. Si la popularidad se construye fotografiando el mejor perfil, también se puede destruir reproduciendo el otro, o no reproduciendo ninguno en absoluto. Claro que todos nos preguntamos ya si éstos son argumentos válidos para deslegitimar la plantada del mundo del cine y la de tantos artistas, escritores e intelectuales, así como la de ese más del 70 % de los españoles que se muestra contrario a la decisión del gobierno de embarcarnos en una guerra que no acabamos de entender.

¿Acaso somos todos niños resentidos por no disponer el próximo verano de nuestra bicicleta? Cuando hablamos de seres humanos, podemos dar por descontado que todos nuestros gestos, acciones y, cómo no, pensamientos están atravesados por las emociones y los sentimientos, y que éstos impulsan en gran medida a aquéllos. Recuerdo un epigrama del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal: "Me contaron que estabas enamorada de otro/ y entonces me fui a mi cuarto/ y escribí ese artículo contra el gobierno/ por el que estoy preso". Aquel gobierno era el del dictador Somoza, y el despecho del enamorado no resta ni verdad ni validez a aquel artículo, pero infla de belleza el poema. Del mismo modo, algunos cineastas pueden sentirse despechados, algunos quizá sean oportunistas y mezquinos. Sin embargo, ni el oportunismo ni la mezquindad ni la hipocresía deslegitiman ninguna causa política; cuando se sobreponen a ella, deslegitiman a la persona. En este aspecto habrá quizá algunos casos, como el de los pocos que hoy estarían dispuestos a encabezar sonrientes una manifestación a favor del color negro y ayer cerraron negocios con el representante del color blanco.

La crítica de la contestación también tiene motivos que la razón ignora. Cuando un intelectual preeminente y con tribuna acusa a un artista de utilizar la suya por oportunismo y lo riega de ironías, podemos preguntarnos si su crítica obedecerá tanto a la razón como al recelo por ver el ascenso fulgurante y en su opinión inmerecido de una nueva estrella. Ahora la respuesta sería un "sí" rotundo, pues quien critica sin argumentos la contestación, deja al desnudo sus propios motivos. La personalización de la argumentación es el argumento de quien carece de argumentos. Guerrear o no guerrear, ésa es la cuestión. Porque ¿no estaremos olvidándonos de la guerra?

O pensemos en los supuestos motivos para la guerra. A principios de los noventa se atacó a Irak, un país gobernado por un autócrata que había invadido el país de otro autócrata en el marco de un proyecto expansionista por la fuerza de las armas. Incluso para los que entonces criticamos los usos militares del gendarme del norte por cuestiones humanitarias y por las veleidades de su imperialismo económico, se hacía difícil cuestionar la legitimidad de una acción respaldada internacionalmente que atajaba un acto bélico que, previamente, había roto la propia legalidad internacional. Ahora los hechos son distintos. Nadie lo ha expresado mejor ni con más autoridad que esos intelectuales iraquíes exiliados en España, disidentes de Sadam Husein, que no apoyan la guerra. Hay motivos para desear el derrocamiento del tirano, pero ninguno para pagar con el sufrimiento de los iraquíes el proyecto de expansión económica de Estados Unidos en la región.

Quiero conocer, quiero entender los motivos de esta carrera unilateral hacia la guerra, creer que Irak supone una amenaza real, y no meramente latente, contra la seguridad mundial y que no existen otros medios de acabar con el terrorismo de Al Qaeda. Porque el uso de la fuerza militar no es por sí mismo moralmente superior al terrorismo, sino tan sólo en la medida en que al primero lo legitima una decisión democrática. Del mismo modo que los ejércitos de Estados Unidos, Reino Unido o España disponen de legitimidad para preservar sus fronteras y sus instituciones, la pierden fuera de ellas si no se someten a otra institución democrática superior. Esa institución, aunque débil y necesitada de reformas, no es otra que Naciones Unidas. Toda guerra implica una suspensión del derecho, pero sin el beneplácito del derecho internacional, encender la mecha de una guerra es un crimen contra la humanidad.

Cuando Bush se sitúa más allá de las leyes internacionales y de la ONU que su propio país contribuyó a establecer, cuando Blair sugiere la posibilidad de utilizar armas atómicas, podemos concluir que algunos dirigentes occidentales han perdido, además de la memoria histórica, el norte de la paz y de la legalidad.

Ahora sí podríamos utilizar la personalización como argumento, teniendo en cuenta su responsabilidad como dirigentes, en la que se confunden persona y proyecto, porque su carrera hacia la deslegitimación de las instituciones internacionales se sobrepone a las obligaciones que sus naciones habían contraído con éstas y con sus pueblos. ¿Qué deja al desnudo su actitud, sino su creciente desprecio por el diálogo y la negociación? ¿Adónde van? El próximo sábado día 15 de febrero habrá en numerosas ciudades españolas manifestaciones contra la guerra, a favor de la paz.

¿Motivos para la paz mundial?

Ninguno: la paz se basta a sí misma. Aunque lo proclamen personas resentidas u orgullosas, guapas o feas



Portada | Iberoamérica | Internacional | Derechos Humanos | Cultura | Ecología | Economía | Sociedad | Ciencia y tecnología | Directorio | Redacción