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La insignia
4 de febrero del 2003


Monólogo del mundo ante una calavera


__Especial__
EEUU en guerra
Mario Roberto Morales
Siglo Veintiuno. Guatemala, febrero del 2003.



El discurso sobre el estado de la nación que Bush recién ofreció fue, por un lado, un cuento de hadas acerca del improbable futuro luminoso de la menguada economía estadounidense y, por el otro, una bravuconada sin precedentes que le hizo ver al mundo que la guerra personal de su equipo de gobierno contra Irak, se realizará a pesar de todas las voluntades nacionales, las leyes del derecho internacional y la más elemental lógica política. También estuvo salpicado de retórica caritativa en lo referido a la propagación del sida en África, y por el silencio absoluto acerca de América Latina.

Ese discurso provocó una peligrosísima división de la Unión Europea en torno al apoyo al demencial voluntarismo de los ventrílocuos de Bush, poniendo en peligro la difícil unidad política del continente, que ya ha protagonizado, entre otras, las dos guerras más grandes en la historia de la humanidad. Esta división la desencadena el equipo de Bush solamente unas semanas después de que Corea del Norte desafiara a Estados Unidos con sus armas nucleares, y casi al mismo tiempo de que, en Davos, la intelligentsia neoliberal del planeta se mostrara desconcertada ante el descalabro de su recetario fundamentalista de mercado, con el cual quiso someter la democracia a los mandatos de las transnacionales. También, al tiempo en que, en Porto Alegre, el foro Social Mundial consolidaba y afinaba sus propuestas para una globalización con reglas políticas y participativas, en detrimento de los planes neoliberales de dominación económica corporativa, y cuando Ariel Sharon asume de nuevo el gobierno israelí y los palestinos se aprestan para una nueva ola de ataques suicidas.

En un mundo en el que se ha bipolarizado el criterio sobre la globalización entre Davos (el Norte millonario) y Porto Alegre (el Sur depauperado), y en el que los "Estados maleantes" deciden suicidarse junto con el resto de la humanidad con tal de acabar con Estados Unidos, el discurso sobre el estado de la nación que ofreció Bush es una declaratoria de guerra mundial. Una guerra en la que se desatarían demonios nacionalistas que dormitan en Europa, el Medio Oriente y todo el mundo árabe, y que haría prender los polvorines africano y asiático, que ya estallan aquí y allá con explosiones por el momento reducidas, como en Costa de Marfil y entre Tailandia y Camboya. Lo mismo puede decirse de la caldera latinoamericana, de la que Venezuela y Argentina, cada una en su especificidad, son sólo dos pequeñas muestras a las que puede agregarse la movilización de masas en México en contra del TLC, y la de Bolivia en relación al cultivo de la hoja de coca.

La terquedad de apropiarse del petróleo iraquí ha enloquecido al equipo bushista y a los cruzados del fundamentalismo cristiano que lo apoyan. La actitud pro belicista de los gobiernos de España e Italia y el divisionismo que introducen en la Unión Europea al alinearse con la Inglaterra de Blair, es verdaderamente lamentable porque niegan con ello el largo proceso que ha llevado a la consolidación del mercado que se perfila como la alternativa económica a la que los países del Sur pueden acceder mediante una democratización de las reglas de la globalización.

Sin duda, el dogma neoliberal retrocede ante alternativas pacíficas y democráticas como las que se articulan en Porto Alegre, y a la vez provoca reacciones suicidas como las de las satrapías de Corea del Norte e Irak, que no tienen nada que perder ante un ataque estadounidense. Por su parte, Palestina y el mundo árabe ven crecer el arraigado "antiamericanismo" fanático que llevó al ataque del 11 de septiembre y a sus réplicas. La ultraderecha republicana se ha abierto ya demasiados frentes como para que su terquedad de acudir a todos no sea vista como locura.

Es necesario pronunciarse para que la lucha entre el fundamentalismo neoliberal ultraderechista y las alternativas democráticas para una globalización participativa, regida por normas políticas y no sólo por las leyes del Mercado, se realice de manera pacífica. Para ello hay que empezar por parar la guerra en Irak sin que eso signifique apoyar a Sadam, evitando así que el mundo siga fascinado frente a su espejo abismal, monologando enloquecido como Hamlet ante la fría mudez de la conocida calavera.



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